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Una teoría del todo

El momento fue quizá ese en el que acababa de dar una cabezada sobre la arena. Nada nuevo, la inquietante quietud de los puntales de las cañas, los amigos que me acompañaban –más jóvenes, menos cansados, de todo en general- iban y venían, como sombras chinescas perfilándose en la orilla. La marea estaba bajando, nuestros lances depositaban las plomadas justo sobre las rocas en las que quedarían atrapados nuestros aparejos. Fue ese momento quizá en el que la desesperación del pescador lleva a considerarlo todo. Lo que no tiene que ver propiamente con la pesca, también.

Salimos hacia las veinte de la tarde, después de haber calculado preparativos y pleamar. La app que informa sobre la actividad de peces ya nos había jurado y perjurado que no contásemos con actividad de peces. Qué más da. Antes de las veinte yo había dormido una siesta ligera y pesadillesca. Y antes de eso comí unos filetes de sardina con pan de campo, regalo inesperado de otro colega que me encontró sentado en uno de los bares de siempre. Antes de comer había estado ligando inconscientemente con un tipo al que tal vez hubiera ahorrado mucho una declaración de heterosexualidad al inicio de una conversación que para mí era imposible que se resolviese con una invitación a dormir la siesta acompañado con un hombre. Pero antes de este desencuentro había pasado, entre la mañana y el mediodía, libando sin parar y pensando demasiado en una imposible teoría del todo, el dulce veneno que es el aguardiente de Alosno. Casi todo eso fue lo que ocurrió antes de salir a pescar a eso de las veinte horas.

Mientras tanto el Partido Popular se enfrentaba a su primer proceso de primarias. Se enfrentaba al propio proceso. Qué vulgaridad. Qué frívolo. Mientras tanto, ya saben, las pateras son para el verano. Al tiempo que volvía a pedir la enésima penúltima copita de Alosno, nuestro sistema solar, pasito a pasito, suave suavecito, jugaba a la maravilla para acabar, más o menos una semana después, coloreando la luna de un rojo indefinible y brumoso; a la vez que se nos permitía la observación de Marte, también rojo, como una estrella enorme y roja. Vimos Marte entonces como un astro cercano. No tanto quizá como lo contemplase en su momento nuestro astro en el gobierno, Pedro Duque, que como buen cuerpo celeste, al margen de la fuerza gravitacional propia de toda materia, nada o casi nada dice o hace que lo comprometa. Política de nuevo, y sin querer; otro tropiezo. Y es que, como decíamos, las pateras son para el verano.

Quién me iba a decir a mí que Mariano, el registrador de la propiedad más famoso del mundo mundial acabaría obteniendo plaza en la capital del Reino tras caer de pie en Santa Pola, tan cerca del mar, dejando de nuevo un puesto que hasta entonces había sido ocupado por una suplencia; quién me lo iba a decir a mí, en ese momento en que despertaba de mi cabezada sobre la arena una madrugada en la que la bajamar nos jodía los aparejos. A quién coño le importaba entonces, sin noticias de Podemos, sin una pieza aceptable que llevar en algún momento a los fogones. Y a todo esto, a quién coño le importa Nicaragua, donde, ahora que lo pienso, gente está matando a gente. Es esta torpeza mía, supongo.

Del agua apenas habíamos podido arrebatar piezas pequeñas que fueron debidamente devueltas al hogar tras el disgusto de la muerte de un anzuelo. Refrescaba. Ya éramos tres siluetas agitándonos en las orillas donde encallan las pateras que son para el verano. El enfrentamiento del proceso de primarias en el Partido Popular acabó en derrota para todos. No sabíamos –no queremos saber- que el eje del mal se hace fuerte tal y como nuestro sistema solar juega a la maravilla; en este caso nada de despacito, suave suavecito, sino más bien como las manadas que violan, fuerte fuertecito, al borde mismo de la impunidad. Es lo que tiene la pesca, la mayor parte del tiempo se reparte entre el trabajo minucioso y la contemplación relativamente nerviosa.

Insisto en ese despertar sobre la arena y lo que ocurrió después, que es lo que interesa. Si las pateras son para el verano, también, y vete tú a saber por qué, la relatividad es cosa del estío. Más cuando se trata de un año como el que vivimos, este verano tan fresquito. Tras agotarnos de desenganchar aparejos mis dos jóvenes amigos y yo nos sorprendimos juntos y hablando y buscando –pesca no, desde luego, o no al menos la pesca que esperábamos- lo que no sabíamos en los cielos.

Me sorprendí –movido quizá por lo infructuoso de nuestro empeño- tratando de explicar que Einstein no consiguió un carajo marino tras sus dos famosas teorías sobre la relatividad en los albores del siglo XX. Ya se podía observar en el cielo el mismo y rojo Marte que arengaba a las legiones romanas justo veinte siglos antes de lo de Einstein y que todos los medios se encargaron de cartografiar para el más común de los bípedos implumes este último viernes. La luna entonces todavía debía esperar un poco más su turno para el tinte.

Me sorprendí tratando de explicar que Einstein no tuvo mitocondrias de aceptar la evidencia matemática de la mecánica cuántica; y me sorprendí ante los oídos atentos de quienes no hacía mucho se habían pasado por el forro las clases de física; me sorprendí tratando de explicar que allá arriba, además de nuestro sistema solar, el resto del universo jugaba a la maravilla de un modo que no acabamos de entender porque las acertadas teorías de Einstein chocan con todas y cada una de las teorías de la ineludible existencia de una mecánica cuántica. Llegamos a la conclusión, después de mucho de darle a la sin hueso -yo más que ellos-, en la que se debate la física actual y en la que se dejó las pestañas Alberto el de la e igual a eme ce al cuadrado: se intuye una teoría del todo para la que nuestras matemáticas son insuficientes.

Poco antes del alba decidimos –sin éxito- mudarnos a otro pesquero cercano. Amaneció, gratis, como cada día, sabiendo que nuestros lances serían los últimos de otra jornada de pesca. Dejamos, pues, la orilla para las pateras, que son para el verano.

Días más tarde de aquella noche y también en la noche, una en la que un murciélago decidió apetecible mi apartamento por razones que sólo un murciélago puede entender, leí algo que todavía hoy conmueve mi espíritu y que apuntalan las variaciones de este modo mío de entender la filosofía personal de andar por casa y a la que por lo eufónico y lo semántico me ha dado por llamar Ubuntu.

“Harto de la política y las revoluciones, Humboldt se retiró al mundo de la ciencia. Y cuando recibió una carta de un representante del Gobierno mexicano que solicitaba su ayuda en unas negociaciones comerciales entre Europa y su país, su respuesta fue contundente. Su alejamiento de la política, escribió, no le permitía intervenir. A partir de entonces iba a dedicarse a la naturaleza y la ciencia y a la educación. Quería ayudar a la gente a liberar el poder del intelecto. Con el conocimiento llega al pensamiento, decía, y con el pensamiento, el poder”.

El extracto pertenece a La invención de la naturaleza de Andrea Wulf, una estupenda revisión de la vida y la obra de quien originó el concepto de naturaleza que hoy estamos abandonando, Alexander Von Humboldt.

Humboldt, tal vez, sí rozó con la yema de sus dedos, la teoría del todo que ni Einstein ni la mecánica cuántica ni, por supuesto, servidor en este artículo, somos capaces de imaginar.

Por cierto, erré, eran las bicicletas las que son para el verano. La proa de las pateras no entienden de estaciones. DIARIO Bahía de Cádiz

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