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Chantajes emocionales


Septiembre es un nuevo periodo de exámenes en la universidad. Comienza también una época de intentos de chantajes emocionales con los profesores, sobre todo con los que impartimos clase en el último curso de un grado o licenciatura. Me imagino que algo parecido –o peor- ocurrirá en las enseñanzas medias.

En la universidad no debe entrar todo el mundo pero hasta ahora ha sido rentable políticamente. Abrir universidades públicas no suele responder a razones científicas sino políticas: si pongo una universidad en cada lugar poblado o relativamente poblado me puedo ganar el voto de los alumnos y de sus familiares. La democracia se ha convertido en un cálculo de votos y dar concesiones a los segmentos más numerosos, a los que luego traicionan si los que mandan lo mandan; es un negocio, en el fondo, de manera similar a lo que hacen las industrias farmacéuticas: si la enfermedad afecta a muchos y hay dividendos a la vista, buscamos remedio, adelante. Los demás, que se jodan con sus dolencias. Y si interviene el estado eso es inadmisible, competencia desleal en una economía libre de mercado que es falsa.

Aún así, en España todavía estamos bien en esto de universidades de calidad (aunque mal planificados) porque en Estados Unidos y en América Latina existen universidades o similares casi como aquí academias de esto o de lo otro. La mayoría de universidades de por allá son universidades “patito” como las llaman en Latinoamérica, es decir, centros donde incluso algunos políticos han llegado a comprar sus títulos como en la Edad Moderna vendía la Iglesia obispados a las familias adineradas para engordar sus arcas (las de la Iglesia, me refiero).

Sobre todo en septiembre, alumnos que no deberían estar en la universidad y que han pasado olímpicamente de esforzarse por aprobar la asignatura que le impartes, se sientan frente al profesor en las horas de revisión de exámenes y lloran y moquean como bebés y comienzan a lanzar argumentos emocionales sencillamente para que les regales el aprobado. Tampoco les importa corromperse y que les hagas agravios comparativos a sus compañeros, el chantajista te propone que le pongas otro examen fuera de los oficiales, que le encargues trabajos adicionales, todo con tal de llevarse el gato al agua. Te dice que es la última asignatura que le queda para terminar la carrera, que el suspenso le va a fastidiar un máster al que debe entrar con la carrera aprobada, que no puede gastarse más dinero en matrículas porque están muy caras…

En fin, actúa como lo ha hecho toda su vida frente a otras personas, comenzando por sus padres. Por ahora le había salido bien, puede que incluso hasta logre que su mamá o su papá llamen al profesor por teléfono o acudan con él o ella a la revisión de su examen para aumentar la presión sobre el docente. Parece como si fuera el profesor quien lo ha suspendido y en lugar de asumir sus responsabilidades como una persona madura y académica se convierte en una plañidera o en un niño que no ha conseguido que le compren la piruleta.

En no pocos centros privados, desde la dirección presionarán al profesor para que lo apruebe porque no ven al chantajista como tal sino como un cliente que ha pagado. El profesor resulta desautorizado con lo que eso conlleva con el paso de los años. Los políticos -sobre todo de la izquierda- también ven un cliente electoral en el chantajista mal estudiante y le otorgan facilidades mediante multitud de derechos y planes de estudios blanditos que se derivan asimismo de unos supuestos principios igualitarios y no discriminatorios de una falsa ética de izquierdas. La ética de izquierdas aplicada por quienes no han leído nada o casi nada sobre el tema.

La autoridad profesoral también sale malparada y al final acaban venciendo los pillos y los mediocres que además son listos y con su picaresca van acaparando puestos en la vida y el resultado es un país lleno de mediocres y de profesores que al final se deprimen y están deseando jubilarse y les dicen a los chantajistas mediocres: anda, niño, toma la piruleta y déjame en paz. Mientras, los buenos estudiantes, con sus notas brillantes y su saber, toman el camino de la emigración y enriquecen con su trabajo a otros países.

A la pequeña historia que acabo de narrar se le llama populismo y tiene nombres propios detrás: Felipe González, José María Aznar, José Luis Rodríguez Zapatero, Mariano Rajoy (que goza de la oportunidad de acabar con eso), Susana Díaz, Izquierda Unida… Y ahora quién sabe si Podemos o el nuevo dirigente del PSOE, ese señor que utiliza el concepto de populismo tan despectivamente para aplicárselo a Podemos, un tal Pedro Sánchez que a mí me parece un Zapatero corregido y aumentado. DIARIO Bahía de Cádiz

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7 Comentarios
  1. RamónG dice

    Sinceramente un artículo lamentable.

    Que un profesor de universidad pública ponga por escrito frases como “en la universidad no debe entrar todo el mundo” o “alumnos que no deberían estar en la universidad”, da que pensar sobre si los criterios de admisión de profesorado son los correctos. Un profesor de universidad es algo más que un orador que repite el mismo discurso en un aula año tras año. Un profesor de universidad pública ha de compartir los valores sobre los que se cimienta nuestro sistema de enseñanza pública y, dado que su trabajo le exige tratar con personas jóvenes, no vendría mal tampoco un mínimo de empatía. Usted deja patente que carece de ambos requisitos.

    Usted como personal docente, además de impartir su materia de la mejor manera posible le debe a sus alumnos, que aunque no se lo crea sí son en cierto modo sus clientes ya que para algo pagan sus tasas de matrícula contratando de este modo sus servicios, un mínimo de respeto. Este respeto lo pierde usted en este artículo a cada línea que escribe, con frases como “se sientan frente al profesor en las horas de revisión de exámenes y lloran y moquean como bebés” o “actúa como lo ha hecho toda su vida frente a otras personas, comenzando por sus padres”. ¿Quién es usted para hacer mofa sobre la reacción emocional de un alumno suyo en una tutoría o revisión de examen?. Sobre lo de presuponer la conducta que puedan tener fuera de las aulas o con sus familias, ya ni hablamos.

    Sus alumnos tendrán las vidas que tengan, algunas mejores y otras peores. Algunos de ellos puede que hayan pasado por situaciones personales que ni se imagine, y puede que entre todos los que no pueden contener el llanto en una revisión, o entre los que argumenten que sea la última asignatura que les queda para acabar, o que no entran en un master sin el título, puede que entre alguno de ellos haya alguno más pillo que efectivamente se lo esté inventando, pero ¿y qué?. Usted está en su derecho de no atender a cuestiones personales si no quiere, pero lo que es una vergüenza es que utilice todo eso como argumento para desacreditar a sus alumnos en este artículo.

    Este artículo me parece una falta de respeto hacia sus alumnos y hacia los valores sobre los que se rige el sistema de enseñanza pública, y el hecho de que esté escrito por un periodista y profesor de la Facultad Comunicación de Sevilla (a la que le hace flaco favor expresándose así), lo único que deja claro es que lo importante no es conocer las técnicas para comunicar algo, sino lo que se comunica.

    Ser periodista y profesor de comunicación ,no implica tener ideas dignas de transmitir. Lamentable.

    1. Eloy dice

      Totalmente de acuerdo! En este artículo fallan tanto el fondo como la forma.

      El alumno que ha suspendido ya sabe que ha suspendido, y el hecho de que vaya a exponerle al profesor la situación en la que se encuentra para ver si puede llegar a alguna solución frente a un suspenso que le puede estar limitando en otros aspectos de su vida, no es ni mucho menos de jeta ni de persona que evade sus responsabilidades. Es simplemente una persona adulta que habla con otra y le expone una situación para ver si se puede llegar a algún tipo de solución. Eso no es chantajear a nadie emocionalmente, es exponer una realidad.
      Por otro lado calificar de “chantajistas mediocres” a ese tipo de alumnos, es como bien dices toda una falta de respeto y de empatía.

      Señor Ramón Reig, las personas son más que un expediente académico. Lo que nos definen son nuestras acciones, y su acción en estas líneas ha sido descalificar sin mesura a todas aquellas personas que se encuentran o han encontrado en una situación como la que describe. Esta falta de respeto hacia los demás es lo que le ha definido a usted. Dígame ahora quien es el mediocre, el alumno que expone o el profesor que insulta.

    2. Elena dice

      Uffff, ha sido leer esto y tener un flashback a mi situación de 2012.
      Ese año a mí me quedo una asignatura para acabar la carrera y sí que fuí a llorar al profesor, pero literal. Se me caían las lágrimas a chorros, y de teatro nada, pura ansiedad en formato líquido, y no hubo manera. La verdad es que mi examen estaba de cero, pero sólo me quedaba esa y no podía mas. No sé en otras universidades, pero en la mía al menos estaba la opción de compensar la asignatura. Yo es lo que hice al año siguiente porque no me veía ya con fuerzas de seguir estudiando. Ese año extra en la universidad para una asignatura fue nefasto. Sólo tenía una clase a la que ir y ni siquiera todos los días. No podía buscar trabajo porque aún no tenía el título, prácticas no me salían en ningún lado, tampoco podía hacer ningún master o curso por no tener aún el título. Vamos, basicamente estaba condenada a perder el tiempo. Me desmotivé muchísimo, y en lugar de ir a las clases, llevarlas al día y estudiar para garantizarme el aprobado entré en una depresión. Me pasaba los días metida en la cama y sin ganas de nada, que menos mal porque tampoco tenía dinero como para andar haciendo nada. Fue terrible, por suerte compensé y acabé la carrera sin necesidad de hacer más. De lo contrario puede que hubiese sido de esas personas que les queda una asignatura para acabar un título que nunca consiguen.
      Con esto lo que quiero decir es que dejar a una persona con una asignatura es una canallada, porque esa persona ya se sabe que va a acabar la carrera por vía académica o administrativa, y al final si alguien se ha sacado toda la carrera menos una ya te está demostrando que tiene las competencias y aptitudes necesarias para ejercer su profesión.
      Peor es la gente que copia en los exámenes o que se va un año de erasmus a que les regalen todo y les convaliden en formato 2×1. Vamos, que formas de aprovecharse un alumno tiene muchas, pero sin duda ir a pedir, diría clemencia, pero casi es sentido común, al profesor de su última asignatura no es una de ellas.

      1. yo_iba_para_actor_acabe_medico dice

        Mira, a mí este tema me toca la fibra. Yo conocí un chico que se suicidó por una situación similar. Bien es cierto que él de por sí tenía una situación complicada, pero en ocasiones hay gente que necesita un balón de aire, porque están al límite, y despreciar eso es simplemente inhumano. Es de psicópata. Desgraciadamente no toda la gente tiene el lujo de poder dedicarse 5 años a estudiar 4 horas al día con toda la calma. Hay gente que lucha por su presente día a día y que tiene situaciones muy muy complicadas. Les ves jóvenes, les ves guapos y te crees que tienen la vida resuelta, y muchos de ellos han vivido infiernos. Nunca sabes cuando alguien puede estar al borde del abismo personal y algunos profesores son auténticos desalmados. Les da igual todo, se limitan a poner y corregir exámenes sin reparar en nada más, y detrás de esos exámenes hay personas, y eso no es ignorable.
        Yo sinceramente porque la universidad ya me queda lejos, pero a día de hoy si tuviese que aconsejar a alguien le aconsejaría la universidad privada, porque ahí te ven como a una persona, entienden que el fin de tus estudios es que te puedas incorporar a un mercado laboral y tienen departamentos específicos que a gente con situaciones complicadas les pueden orientar. Básicamente no te abandonan y te ven como a un ser humano. Al final lo más caro es lo más barato, y más ahora con los precios de la universidad pública.

        En fin, una pena que haya gente que tenga una visión tan cerrada y que detrás de un examen sólo vea un número, cuando en realidad hay una persona con sus circunstancias. Ojala viviésemos en un mundo más humano.

        Dice el autor del artículo que los profesores se deprimen por la situación académica, y eso me hace pensar la vida tan privilegiada que debe tener para poder permitirse el lujo de deprimirse por eso. Lo mismo piensa que su lotería la comparten los jóvenes universitarios y que por eso si les queda su asignatura pues se joden y fuera, total sólo es un examen… No señor. A veces es un apuro económico, a veces es una losa encima de quien ya no puede más, a veces es perder oportunidades que marcan toda una vida. Por suerte, también a veces, hay profesores que ven todo el espectro de la situación y entienden que su excepción puede ser un balón de aire que salve una vida. A veces por suerte hay gente buena, pero sólo a veces…

      2. Anónimo dice

        Amén lo del Eramus! Eso sí que es un cachondeo y nadie dice nada

  2. Pedro dice

    Pues sí, yo también he sido estudiante y hace poco, y existen compañeros que no hacen ni el huevo, alardean de ello, y luego van a llorar a los despachos. Habrá casos y casos, pero hay casos que no merecen estar calentando bancas en la universidad, y casos a los que sólo les interesa aprobar como sea, llorando o haciendo trampas… y creo que este señor del artículo de lo que habla es de aprender y de madurar. Ir a implorar un aprobado sabiendo que no te lo mereces -y que no has hecho ni un mínimo esfuerzo por lograrlo-, es de poca vergüenza, y el malo no es el profesor, el malo eres tú. Y sí, el mundo se está desbordando de mediocres. Así nos va.

    1. Eloy dice

      En este artículo se habla muy claro sobre estudiantes de último curso o a los que les queda una única asignatura para aprobar; situación lo suficientemente particular como para no tratarla tan a la ligera como ha hecho el autor.

      Pedro, no sé que habrás estudiado tú, pero a mí no se me ocurre una carrera en la que puedas llegar al último curso a base de llorar en los despachos.

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