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Los equilibristas

Cógete de mi mano que el trapecio es traicionero, y con la edad el riesgo cada vez es mayor. Y no precisamente por la caída, sino por la carga que puede precipitarse contigo.

Ahora que en verano baja el número de personas desempleadas notablemente en Andalucía y en Cádiz, hay quien puede ver la realidad teñida de color de rosa. Es el pecado que tiene ser amante del paraíso eterno, que puede privarte de ver el infierno incluso aunque llegue a quemarte los pies.

Andalucía no es un lugar color de rosa, aunque una rosa y un puño gobiernen esta tierra desde hace más de 30 años. Aquí no vivimos todo el día en la playa, ni estamos las 24 horas de un día sí y otro también en un bar, de tapitas. No, aquí se intenta cada vez que amanece salir adelante, aunque haya días en los que fallen las fuerzas e incluso te den ganas de dejarlo todo y tomar un billete a ninguna parte.

Tampoco Cádiz vive todo el día de fiesta, aunque a veces dos coloretes pintados en la cara sirvan para olvidar las penas y ganar unos euros; aunque en ocasiones ponerse un traje de flamenca y bailar sevillanas en la Feria del Caballo de Jerez, por ejemplo, sirvan para intentar olvidar las penas… y trabajar, aunque sea en precario.

No, aquí no somos felices con el desempleo o la ayuda de turno. No, aquí no morimos por levantarnos cada día sin tener un trabajo al que acudir. No, aquí no somos unos vagos que viven a costa de catalanes ni madrileños, aunque nos tengan entretenidos en trámites y cursitos porque quienes nos mandan sean incapaces de hacer las cosas como se merece esta tierra.

Puede ser que visitar esta región y esta provincia únicamente en verano y ver sus playas, sus chiringuitos y un entorno natural único pueda conducir al error de considerar que esto es un paraíso, que lo es, sin duda, pero al que le faltan muchas cosas para no ser por momentos el infierno o, cuanto menos, el purgatorio.

Sí, porque son muchas las personas que aquí tienen que purgar sus penas por no encontrar un trabajo digno con el que salir adelante. Sí, porque a pesar del Flower Power con el que se arropa el mundo del emprendimiento, a veces éste se convierte en un callejón sin salida, confeccionado para tener entretenida a la juventud, a gente sin cargas, que puede permitirse el lujo de jugar a ser empresario a pesar de que aquí la propia idiosincrasia de nuestra gente sea una traba tan grande como lo es nuestra Administración. Aquí parece que da vergüenza apostar realmente por nuestra gente. Será que da más caché decir que trabajas con gente de la capital.

Aquí en Cádiz somos tan especiales que para demostrar que somos los reyes del mambo nos disfrazamos de Risto Mejide en un tribunal para faltar el respeto a gente que intenta buscarse la vida. Y lo grave es que lo haga gente que en parte tiene el futuro de nuestros jóvenes en sus manos. Así se sienten importantes. Es lo que tiene ser incapaz de ver lo que hay detrás de las cosas, más allá de los fuegos artificiales.

Por estos lares somos tan como somos que si algún día fuéramos conscientes del peso que tiene Andalucía en el conjunto del país igual las cosas cambiarían. Pero para eso hacen falta ganas y que no haya techos de cristal puestos por profesionales de la política.

Y no, no soy un derrotista, sino todo lo contrario. Simplemente me duelen muchas de las cosas que tenemos que tragarnos quienes nos resistimos a hacer las maletas.

Cógete de mi mano que el trapecio es traicionero, y a pesar de que puedas ser un gran equilibrista, siempre encontrarás a alguien por aquí que quiera aprovecharse de tu situación, que en lugar de alegrarse por que te vayan las cosas bien sienta satisfacción de todas y cada una de las veces en las que te caes.

Suerte a los equilibristas. Y a los que no lo son, también, porque no podemos ser como ellos. DIARIO Bahía de Cádiz