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Sin capa de guardar

Los súper héroes nunca se hacen viejos, porque la invisibilidad es un poder muy devaluado. Ellos tienen suerte (eso creemos) y se mueren en un asalto final con el villano de turno. Pero la épica no subsiste en la vida real, porque en ésta te ves con 100 años cabalgándote dos sinvergüenzas en tu miseria humana.

Todos vamos a devaluarnos sin remedio. Las epiteliales es lo que tienen… fecha de caducidad. Supongo que por eso atesoramos. Abuelitos extranjeros lo hacían… el pisito en Canarias, los ahorrillos en el banco. Luego llegaron ellos (una cubana y un alemán) y dieron al traste con todo. Con el futuro en una buena residencia y con una muerte digna. Los tenían encerrados en un chalet de Chiclana con una cama, una estufilla y una sonda nasogástrica. Mientras los abuelos se consumían, ellos dilapidaban los ahorros de toda una vida a su antojo.

Se cree que mataron a María Babes –de 101 años- después de falsear ante Notario la cesión de todas sus propiedades a manos de estos sinvergüenzas que traficaban con la dignidad de los ancianos.

La vida en un geriátrico no es maravilla, siempre se lo digo a ustedes. La ancianidad es basura, porque no te puedes a ti mismo y tu cuerpo se convierte en un lastre del que no puedes deshacerte porque finaliza el juego más entretenido.

Si no hay una enfermedad grave que te limite la duración, envejeces. Lo puedes hacer bien hasta cierta edad en autonomía e incluso soledad, pero luego decaes como todo en este Planeta consumido por el oxígeno y las vivencias. Es en ese momento cuando necesitas protección para no dar con tus huesos en un camastro amordazado, mientras todo lo tuyo vuela a las manos de los que se suponen que te cuidaban. No está mal pensado ahorrar para poder disfrutar de una ancianidad respetable, que te cuiden y te mimen cuando tú ya no puedes ni atarte los cordones. Pero qué difícil propósito es ése, tanto que nos ha llevado a suspirar por una muerte digna antes de desmembrarnos por piezas en un geriátrico como coche inservible en desguace.

Los ancianos vejados por la parejita de marras merecían vivir con el mismo respeto que cada uno de nosotros, pero en cambio solo fueron maniatados, despojados de sus bienes y maltratados como si fueran los peores villanos. Supongo que porque los súper héroes no envejecen para darse cuenta de que cuando lo haces la invisibilidad lo preside todo y por eso nadie repara en que estás ahí esperando una caricia, una ayuda o simplemente que te aten los cordones de los zapatos. Los geriátricos no son más que caminos nada tortuosos hacia una muerte cierta. No son bicoca que llevarse a la boca una tarde de verano con la playita de fondo. No son sueños que revivir a la luz de la candela. Sin embargo, sí son parches necesarios a los que deberíamos sacar brillo, ilustrar y convertir en ese fin digno, sin trabas, para los mayores que seremos algún día. La senilidad no es aventura maravillosa, sino que termina malamente como las películas de vaqueros porque la pistola más grande siempre la tiene la Muerte, incansable cazadora de bocones y tramposos. Llegaremos a ser viejos y necesitar, pero no para que nos torturen por nuestro dinero, ni para que nos secuestren para sacar beneficio.

Necesitamos la reglamentación necesaria para que todo salga como es debido sin tener que llegar a estas situaciones que nos revuelven las tripas.

¿Para qué puñetas queremos vivir cien años de desolación? ¿Para qué tener propiedades, ahorros y dinero en el banco solo para que estafadores nos despedacen vivos sin que muestren ni un atisbo de compasión? Créanme, nos volvemos invisibles. Tanto que ya algunos ni nos ven cuando pasamos por su lado. Ya lo noto. Podemos andar y caernos sin que nadie se dé cuenta y ya las hienas deletrean nuestro nombre, afilándose los dientes a nuestra visión. Nos queda muy poco para no poder atarnos los zapatos, solo es cuestión de días, de meses, de años. De gastar créditos en este juego que nos gusta tanto. DIARIO Bahía de Cádiz

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