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No sé nada

Que mi hija crezca en un mundo cambiante me da grima. Inquieta las noches que intento dormir, supongo que porque la conciencia machista está tan adherida a la propia piel como ella a los huesos.

La vida es difícil para todos y los sinvergüenzas andan sueltos. Los niños también están expuestos y sin embargo reparamos solo en las niñas perseguidas por el eterno mito de la fragilidad campante.

No conozco mujeres débiles. Todo lo contrario, fuertes como el acero galvanizado, pero cuando leo noticias de niñas abusadas en su propia casa o de padres que se convierten en amantes de la amiga de su hija adolescente, me repugna y mortifica porque cómo puedo enchufar algo de razonamiento en un cerebro que es poco más que corteza de chícharo.

La realidad se me presenta con niñas de 12 queriendo salir solas abriéndome las venas de la tranquilidad mental, con mi “yo” más rancio echando tranca a la puerta y dejándola dentro. Pero no solo a ella, sino a todos los que quiero, incluidos mis perros. Luego recapacitas, para que entre el “yo” moderno que cree que nada puede protegerlos más que su propio cerebro.

No porque haya bárbaros al otro lado de la acera tenemos que coartar nuestros sueños. No puede el ganado de dos patas hacernos temblar de miedo. No deberían poder al menos.

No hemos conseguido hacer un mundo en el que ellos sean felices por decreto, ni estén protegidos de todo mal, pero al menos démosles la apariencia de que sí hasta que les crezca la armadura del guerrero. Pero es difícil, no se lo niego. Muy complicado dejarles la puertas abiertas del infierno y saber que van a tragar fuego.

Porque la vida es laboriosa y cambiante y tiene dientes afilados que rasgan voluntades. Como la de la cría que creyó que era un juego de atrevimiento lo que un adulto decía, sentenciando el Tribunal por esos hechos (al padre de su amiga) a que la indemnice y pase por la cárcel. Pero la cárcel no repara momentos que puede que retuerzan la mente que creyó a pies juntillas lo que un abusador le contaba, porque las mentiras atontan y embeben el libre razonamiento.

Es machismo pensar que un niño puede estar más protegido por su género, porque el abuso  no hace distingos más que en el cuándo y el cómo.

Será la lluvia de otoño que me empapa el alma o que mis gemelos van dando pasos firmes a algo difuso y sorprendente que es su entrada en el mundo de los adultos. Mundo peligroso y arriesgado, de continuas luchas, con depredadores disfrazados y sonrisas disolutas. Nos duele el parirlos porque nos cambian la vida, regalándonoslas para que la vaciemos en ellos, en sus días.

Aprendemos a andar sus pasos a marchas forzadas, a estudiarnos sus libros, a querer cambiar sus sueños porque en nada se parecen a los nuestros, tan efímeros. Coordinados de cuerpos y almas, a pocos pasos de un familiar precipicio. DIARIO Bahía de Cádiz

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