DIARIO Bahía de Cádiz
contando tu Bahía desde 2004

publicidad

El pingüino de Rodríguez de la Fuente

No sé si se acordarán de la serie ‘El hombre y la tierra’. Si se pasean por mercadillos lo mismo tienen la suerte de encontrarse con algún cuadernillo de campo de aquella época. Uno de los episodios trataba sobre un pingüino (perdónenme pero no recuerdo los apellidos) que habían rescatado siendo solo una cría. Les seguía –a los miembros del equipo- por heladeras como perro de casa. La especie a la que pertenecía tenía la peculiaridad de cascar con una piedra los huevos con los que se alimentaba, cargándola en el pico como si fuera una herramienta.

El pingüino adoptado los sorprendió un día haciéndolo sin que nadie se lo hubiera enseñado como si lo llevara impreso en el ADN. “La Sombra” siempre dijo que llevábamos cosas impresas en el ADN que salían como por arte de magia igual que las destrezas del pingüino. Ahora se sabe mucho más que entonces de los rodajes, de los animales que participaban y de los truquillos que usaban, pero sigo pensando que todos somos un poco pingüinos atesoradores de evocaciones que marcan nuestro ADN con una huella invisible que nos condiciona muchísimo más que el color de ojos o la boca carnosa.

Es una teoría chapucera y sesgada, ya ven que no me engaño, pero reconfortante porque si lo más importante para nuestro espíritu -eso que nos agrada o sirve para encauzarnos- perdurara dotándoselo a otros, lo mismo la muerte no sería tan real (ni tan determinante) como habíamos pensado. No, sé que me van a decir que para los creyentes nunca lo fue.

Pero la evolución científica, la lucha contra el cáncer y las enfermedades que nos socaban, me llama más que la posibilidad de un más allá. El puñetero pingüino partiendo ese huevo ajeno con la piedra tal y como hacían los de su especie por generaciones, me da esperanza de que los que nos dejaron pervivan en nosotros inoculándose en las generaciones futuras de las que ya formarían parte en el ADN.

Nadie moriría del todo porque estarían sus células, pero también sus vivencias, lo que enseñó o lo que dio de mejoría a su especie. ¿No me digan que eso no sería grande? Nadie habría muerto definitivamente porque los tendríamos presentes en códigos genéticos enrevesados que espaciar en andantes futuros. Es difícil de digerir, lo sé. Más cuando hay cambios políticos y el bolsillo implosiona, el trabajo no es lo que era y los niños nos vuelven locos. Pero sería grande, volverlos a ver. Oír sus voces, abrazar sus cuerpos, renacidos. Porque los amamos y se fueron demasiado pronto, casi sin despedirse.

Volver en otros ojos, otras manos, otros pies con código genético inesperado, rompedor de huevos ajenos en mitad de una playa rocosa y congelada a menos cien grados. Lo mismo es la morriña que no se cura ni con sol a raudales, ni se olvidan los amores sentidos que se te clavan en el alma y no entienden de cierres mortales, ni de tiempos, ni de olvidos. DIARIO Bahía de Cádiz

Deja una respuesta

Su dirección de correo electrónico no será publicada.