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Cuando no es vivir

No sé si tienen perros. Yo sí. Me preocupo por ellos tanto que cuando llegan a una vida que ya no lo es, les acorto el sufrimiento llevándonoslo al veterinario para la última cita. Sé que con perros no escandaliza, con humanos sí. Nunca me metería en lo que piensan -o quieren- los demás para su propia vida, excepto si ello conllevara puñetearnos a los demás la nuestra.

Y no me refiero a dolencias de la ancianidad, ni a deterioro físico que conlleve cuidados de nuestros más mayores. Estaba hablando de la gente que parece levantarse por la mañana solo para ver a quién joroban, que me imagino que ya sabrán cada uno de ustedes de quienes hablo. A mí en concreto, ni me importa -ni molesta- con quien se acuesten ustedes, lo que hacen con su dinero o sus carencias o lo que piensan. Con que sean razonablemente buenos y amables, ya les aprecio.

Respecto a la muerte digna siempre me he posicionado, entre otras cosas porque no quiero eternizarme -y miren atentamente que hablo de mí- en esta vida, desperdigando mis epiteliales como grasilla de escamas seniles. No quiero morir desmemoriada y sola en un geriátrico, ni vagar sin rumbo fijo por soledades de tres por cuatro con cuadros tan avejentados como yo misma. Tampoco me gustaría que los que más quiero me cuiden -ni sufran mi deterioro- porque la vejez debe ser entonada como un canto épico en el que guerreas contra la naturaleza más elemental.

Nunca ha sido morir lo que me ha asustado, sino el cómo, porque ése es el más importante de los invitados no deseados al desenlace final. Tenemos ancianos que se nos multiplican, pero no nos sobran, por lo menos no a mí que firmaría porque mis casi nonagenarios progenitores vivieran muchísimos años más. Y no duden ni por un instante en que meto en el lote a mi madre que no me reconoce desde hace años, que hay que darle de comer en papilla porque no traga, que tiene una dependencia tan alta que a mi hija se le saltan las lágrimas cuando la ve, porque no querría de ninguna de las maneras que me faltara porque cada vez que enferma y da un traspiés físico me llena de tristeza, naciendo en mi un vacío anímico brutal. Pero quizás por verla a ella que nunca quiso -y así lo expresó- esta extenuación de vida  porque lo sufrió con mi abuela materna, siempre decidí que llegado el caso en mis propias carnes me buscaría un país donde ayudaran a tener una muerte digna.

Siempre pensé en viajar. De hecho a mi marido le ofrecí gentilmente que si nos pasaba a uno de los dos, el otro le acompañara en el camino, pero él declinó con rapidez porque quería tanto a la vida como a mí. No sabía él lo que era la vida sin amor o sin un  compañero entrañable, sin guiños mentales, ni sarcasmos que ríes durante años, o anécdotas que se convierten en historia familiar. El amor no entiende de ancianidades ni de desperdigarse por la vida sin darnos cuenta de que van pasando los años y nos hacemos viejos. Pero cuando te lo arrebatan, te haces tan consciente, tan temeroso, tan fugaz  que lo vislumbras todo quizás como un dios menor que sabe que está tan condenado -como nosotros mismos- a la mortalidad de verse morir.

Siempre he sido partidaria de bien morir elegido para nosotros mismos Ahora lo tengo. Aquí mismo. Pero no me tranquiliza y les voy a contar porqué. Los antecedentes familiares del Alzheimer de mi madre y de mi abuela materna (además del de tres de sus hermanas) me dicen que anda rondándome como abejorro en primavera, pudiéndome o no, picar según le vaya bien o no mi genética o las cuerdecillas de mi ADN. Eso  me joroba la última cruzada contra todos los dolores, los males y los dictámenes médicos futuros porque los paliativos y la total inopia y el estar hasta el moño y querer volar hacia el más allá está solucionado, pero… ¿y si es la mente la que sucumbe?

Porque somos carne de pensamientos entrecruzados, caminos de estrofas sin componer y lenguaje expansivo en calles y plazas, en tertulias de un solo miembro donde escribes y crees que te leen, con un corazón a prueba de balas anímicas y una dispersión de ideas que ni Loki podría concebir igual. Algunas veces me gustaría ser perro y tener un humano que me quisiera a morir. DIARIO Bahía de Cádiz

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