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Angustia a la pata coja

CARTA AL DIRECTOR enviada por: Addis González Quintana, de La Línea

Soy una persona corriente, salgo temprano a mi trabajo, el recorrido hasta la estación de autobuses me toma unos 28 minutos andando, cada paso que doy es una combinación de coordinación entre mi pierna derecha, el pie izquierdo y el bastón, con cada paso consigo una pequeña meta, le gano una batalla a una enfermedad degenerativa llamada sudeck.

Es complicado conciliar una vida normal tras un coctel explosivo de pastillas para aliviar dolores, antiflamatorios, más pastillas para los dolores, ansiolíticos, antidepresivos y más calmantes; todo esto para conseguir 28 minutos hasta la estación de autobuses y poder llegar a mi trabajo, todo este esfuerzo para tener una vida normal.

El sudeck ha afectado a mi pierna izquierda, la ha convertido en un miembro casi inservible, que me causa dolores, inflamación y que cada día siento como si fuera apagándose, sin fuerza y sin control de ella. Sin embargo, he decidido que una pierna no me puede detener y debo luchar por tener la vida que antes tuve.

He aprendido a soportar el dolor y a ser consciente de mi limitación, y me ha dado cuenta que las barreras arquitectónicas están presentes en montones de rincones. Ir a mi trabajo en una odisea, Los autobuses del trayecto La Línea de La concepción – Algeciras están adaptados a medias, cuentan con una rampa de acceso para sillas de ruedas y cuatro asientos destinados a personas con discapacidad, mayores o embarazadas, dichos asientos se ubican delante, la subida al autobús es complicada, hago malabares con el bastón, la barandilla y el apoyo de la puerta, es complicado. La bajada del autobús se vuelve un tanto difícil, debería bajar por la puerta trasera, atravesando un estrecho pasillo y llegando una puerta más amplia donde no tengo apoyo suficiente, los escalones son elevados, por lo que solicito siempre que me permitan bajar por la puerta delantera.

Por lógica no debe existir problema ya que los asientos destinados a personas con discapacidad se encuentran en la parte delantera justo al lado de la entrada. Los conductores de la única empresa que existe con ésta ruta son atentos y me ayudan en la medida de lo posible; pero, en un par de ocasiones me he topado con un caballero al que le estorba que solicite bajar por delante y suele soltar algún comentario insultante, a lo que he ido ignorando.

El pasado jueves no sólo le bastó con insultar, sino que me impedía bajar por el lugar que es más adecuado a mis necesidades de movilidad y a lo que le sumo un empujón, nada grave debo aclarar. Ciertamente fue un momento de estrés, impotencia y angustia.

Me fui directo a la Policía a poner la denuncia, y al día siguiente a la oficina de la empresa para poner la reclamación, hasta aquí la historia, salvo que en la oficina insinuaron de forma “sutil” que lo mejor sería que no salga de casa, o que utilice una silla de ruedas para evitar que me pasen estas cosas.
Es entonces cuando hago reflexión sobre la vida de las personas que tenemos movilidad reducida, nos enfrentamos a diario con escalones, escaleras, rampas de acceso imposibles, aceras estrechas y vamos constantemente luchando para tener un poco de normalidad. Puedo comprender que los vehículos públicos realmente adaptados suponen un gasto elevado para las empresas, pero nos merecemos tener acceso a cualquier medio de transporte público.

No me había sentido tan limitada hasta que aquellos señores de la empresa de transporte me dijeron que el problema lo tengo yo, cuando para un conductor de autobús me ofendió por pedir un poco de ayuda, me hicieron sentir que estorbaba, cuando lo único que quería es tener una vida normal. Y ahora cuando tengo que coger el autobús noto la respiración acelerarse, me comienzan a sudar las manos y siento como se oprime mi pecho, aún se me salen las lágrimas cuando pienso en aquel momento que pasé.

Y pienso en dónde se queda la justicia, la humanidad o la empatía, no quiero que me miren con lástima por ir con mi bastón, no busco un trato diferente, simplemente quiero tener derecho a lo cotidiano y sí por casualidad necesito un poco de ayuda, que no me hagan sentir como a un estorbo.
Vivir a la pata coja, es complejo y doloroso. Mañana es otro día, mañana volveré al trabajo y sé que el sudor de las manos, la presión en el pecho, toda esa incertidumbre por no saber si me tocará toparme con aquel caballero que me agredió. Mañana tocará respirar profundamente y seguir adelante con temor. DIARIO Bahía de Cádiz

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