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FIT 2020. Emoción a flor de piel

CRÍTICA de 'Shock (El Cóndor y el Puma)', del Centro Dramático Nacional en colaboración con Check-in Producciones.

FOTO: FIT / Gerardo Sanz

CRÍTICA. Confieso no haber leído (parte) del libro The Shock Doctrine de Naomi Klein hasta ahora. En concreto, acabo de leer los primeros capítulos que se refieren a las experiencias del Dr. Ewen Cameron sobre la “conducción síquica”, las ideas ultraliberales de Milton Friedman y su laboratorio de ideas “laissez-faire”, y a la aplicación concreta de experiencias e ideas en una acción que sacudió al mundo: el golpe militar de Pinochet en Chile, que destrozó las reformas de Salvador Allende y terminó con su vida. La doctrina del shock y los golpes militares de Pinochet y Videla (este último no detallado en el libro de la activista canadiense) son los hilos conductores de Shock (El Cóndor y el Puma) representada en el Festival Iberoamericano de Teatro (FIT) de Cádiz, una producción del Centro Dramático Nacional que vino avalada por dos premios Max conseguidos este año (mejor dirección de escena y mejor diseño de espacio escénico).

La obra se divide en cuatro partes, elaboradas por los dramaturgos Albert Boronat, Juan Cavestany, Andrés Lima y Juan Mayorga. Sobre los textos, Albert Boronat y Andrés Lima elaboraron la dramaturgia, que centra la atención en su primera mitad en el libro de Naomi Klein y en el golpe militar de 1976 en Argentina en la tercera parte. Se cierra la obra de teatro con una hilarante revisión de la visita de Margaret Thatcher a Pinochet en su exilio londinense realizada en 1999.

La pieza dramática se inscribe en el concepto de teatro documental, engarzando videos, emisiones por radio y escritos con la narración escénica para conducir al espectador hacia la recepción del mensaje: el capitalismo salvaje se aprovecha de las desgracias -guerras, ataques terroristas, golpes de estado y desastres naturales- para implantarse o incrementar su capacidad de explotar a la humanidad.

Ciertamente es una dramaturgia basada en la emoción. “Solo la emoción puede llevarnos a la verdad” es el credo del dramaturgo y director de la obra, Andrés Lima. Y en la emoción se vive con intensidad la siempre dramática escena de los últimos momentos de Salvador Allende en el Palacio de la Moneda a punto de sucumbir a la acción golpista. ¿Quién no guarda aún lágrimas para el recuerdo de las víctimas de la represión en Chile dirigida por el dictador Pinochet y en la Argentina inventora de los desaparecidos en alta mar? ¿Quién no se emociona con la primera de las Abuelas de la Plaza de Mayo, a la que siguieron legión? ¿Quién no siente en sí mismo alguna de las 44 balas que impactaron en el cuerpo de Víctor Jara? Shock es una obra con la emoción a flor de piel y la emoción es su virtud esencial.

No le engaño: a pesar del fulgor con que se muestra y la magnífica impresión que dejaron partes de la función, en conjunto me pareció una obra que dilapida muchos recursos dramáticos y escénicos. Me explico: Shock desarrolla una dramaturgia con emoción intrínseca, por los temas abordados, pero es solo emocionante a ráfagas desde el punto de vista teatral; muy larga y sin ritmo ni tensión en muchos momentos. A mi criterio, obligados a dramatizar la “doctrina del shock”, las escenas iniciales no logran salvar la frialdad de un largo teatro de recuento de ideas y hechos: los experimentos sobre lavado de cerebro a instancia de la CIA, las medidas ultraliberales de Friedman y las conexiones personales y mediáticas para la puesta en marcha de esas teorías en los países donde la influencia de Estados Unidos era evidente. Gracias en parte al recurso de una plataforma circular en continuo movimiento sobre el que los actores se ubican continuamente, se reduce el estatismo de esta forma de teatro discursivo y testimonial. La duración pesa como una losa en el desarrollo de la obra. Prescindible, por ejemplo, resulta la escena del embajador de EEUU en Chile y la pantomima de su saludo a la bandera y en cierto modo la escena de Elvis Presley en su visita a Nixon aunque al menos esta nos proporcione uno de los momentos de mayor regocijo de la función.

Merece la pena destacar la actuación de Ernesto Alterio en conjunto -versatilidad de caracterización, improvisación y, sobre todo, su sorprendente acompañamiento al piano de “Freedom”, la inolvidable canción de George Michael que sirve de leit-motiv musical y declaración de intenciones-, pero en la mímesis de Elvis Presley es donde Alterio consigue mayor aclamación.

La espectacularidad de los números musicales, el meritorio cambio de papeles actorales, la riqueza de ambientes escénicos, el inteligente-necesario juego de luces para los cambios de caracterización de personajes, la escenificación de los últimos momentos de Allende y la divertida creación de Juan Mayorga -que evidentemente desentona en la textura mostrada por el resto de los textos- son otros de los muchos valores que acredita esta aclamada producción. DIARIO Bahía de Cádiz

FICHA DEL ESPECTÁCULO:

XXXV Festival Iberoamericano de Teatro de Cádiz

Shock (El Cóndor y el Puma). Texto: Albert Boronat, Juan Cavestany, Andrés Lima y Juan Mayorga. Dramaturgia: Albert Boronat y Andrés Lima. Dirección: Andrés Lima. Elenco: Ernesto Alterio, Ramón Barea, Natalia Hernández, María Morales, Paco Ochoa y Juan Vinuesa Escenografía y vestuario: Beatriz San Juan. Iluminación: Pedro Yagüe. Música y espacio sonoro: Jaume Manresa. Videocreación: Miquel Àngel Raió. Caracterización: Cécile Kretschmar.

Lugar y día: Gran Teatro Falla de Cádiz, 28 de octubre de 2020. Asistencia: Lleno (con medidas Covid).

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