Abrazos simbólicos

Los abrazos virtuales son una mierda, como el procesador de texto del Xaomin. Los acentos deben estar dónde importan y los abuelos con sus familias aunque sea con visitas restringidas.

En el geriátrico de mi madre han avisado de un positivo y las puertas del castillo han vuelto a cerrase cuando ya no estaban ni entreabiertas. Mi padre -que desluce sus 86 años con achaques a pares- la visitaba enfundado en una bata sanitaria, unos patucos, guantes y mascarilla, después de lavarse manos con hidrogel y mantenerse a dos metros de ella. Ella era poco más que una frágil silueta desmejorada y delgadísima de la mujer que fue y ya nunca volverá a ser.

Los enfermos de Alzheimer como mi madre -pero no solo ellos- necesitan el contacto humano, las visitas de los familiares, escuchar ruido en su entorno y sentirse requeridos porque si no se convierten en maniquíes de Merchán con silla de ruedas.

Es duro lo que les cuento. Lo sé porque lo he vivido en primera persona. Se nos han dado protocolos precisos, incluido el que consistía en que yo no podía ver a mi madre más que a través de una cristalera, porque solo pasaba un familiar designado para este corto tiempo que ha ido entre que terminó el encierro y se ha producido el contagio de una trabajadora. Siempre supe que entraría por el personal porque a los familiares nos acribillaban con medias para que no pasara el virus que finalmente ha trascendido sus muros.

Dicen que no hay contagios. Pero si se produce qué haremos, a quién clamaremos nuestra indignación y rabia, porque nosotros hemos cumplido, pero hay quien se salta las normas a la torera como la idiota que el otro día abronqué sin que se inmutara porque iba fumando por la calle expeliendo el humo como vil cabaretera de los años 50.

A los otros… los negacionistas, los que portan antorchas y los que creen que por jodernos con normas a los familiares ya el contagio no se va a producir, no se dan cuenta de que hay tantos idiotas como los zombis en las películas.

Estoy muy cabreada, muchísimo, porque en este confinamiento mi madre se ha convertido casi en estela funeraria. Ha adelgazado hasta pesar 48 kilos, ha mermado en capacidades sensoriales hasta ni poder hablar, ni abrir los ojos y me siento en el laberinto de Fauno con un previsible final nada agradable.

Pero lo peor de todo es que no puedes hacer absolutamente nada y encima tienes que escuchar que van a facilitar cartas para que los abuelos sientan el calor de un abrazo virtual cuando a mi madre lo que le hace falta es nuestra atención y cariño a remolques.

Es muy triste llegar al final, pero hay que hacerlo con la dignidad, cuidados y amor de los nuestros. Nunca hemos abandonado a mi madre. Mi padre la visitaba a diario, por la mañana y por la tarde. Le llevaba golosinas y hablaba con ella. Incluso ahora que está recluida -como durante el encierro- preguntamos por ella dos veces al día para recibir una aséptica respuesta que no complace a quienes deseamos mejoría y quizás un milagro.

No tengo nada en contra del personal, todo lo contario. Siempre han atendido bien a mi madre. Pero tengo mucho miedo y éste se desborda por túneles oscuros y siniestros dejándote amargor y rabia en la comisura de los labios, porque me pregunto cómo se ha contagiado esta trabajadora, cómo no lo han sabido hasta ahora en el centro y si ha contagiado a algún abuelo o se puede propagar el virus como ya ha pasado en otros geriátricos. Me pregunto si empezarán a desfilar féretros. Si será uno de ellos el de mi madre o el de algún otro abuelo con el que ya hemos hecho buenas migas a base de vernos en cada visita durante meses.

Entenderán mi desasosiego, entenderán mi dolor y entenderán mi furia, porque muero de impotencia por dentro cuando he llevado semana tras semana a mi padre desde su casa al geriátrico para que no se contagiara en los autobuses, para que a su vez no la contagiara a ella. Porque se ha puesto una bata protectora, una mascarilla, unos guantes y unos patucos y aun así no lo han dejado acercarse a ella, a menos de dos metros, como un vis a vis terminal en una sala llena de gente extraña. Y aun así tenemos un positivo y no sé hasta dónde llegaremos. DIARIO Bahía de Cádiz

Ana Isabel Espinosaopinión