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Tergiversa, que algo queda


Cada quince días, en el XL Semanal sigo puntualmente y con admiración, a Carmen Posadas y sus Pequeñas Infamias, y hace unos meses leí un artículo muy acertado acerca de la chismología. Titulado “¿Por qué el pecado y no el pecador?”, se trata de una crítica a la sabiduría popular, no tan sabia en según qué circunstancias, refiriéndose concretamente a esa extraña lealtad que entraña toda confidencia, y que deja de ser una demostración de confianza y amistad, no se sabe en qué momento, para ser un campo abonado para las trolas, las difamaciones y dudas que se siembran sobre terceras personas que no están para defenderse.

Y es que estos temas me inquietan mucho últimamente, porque sí, soy amante de las palabras, pero si son éstas las armas más letales que existen cuando se convierten en cómplices de la envidia, los sentimientos más ruines, los impulsos más miserables y aliadas de los planes más sucios, entonces, servidora, prefiere el silencio absoluto. Así que cuando alguien viene a mí, para “abrirme su corazón” me echo a temblar, igual que cuando alguien comienza una conversación íntima, poniéndome a parir a otra persona, o dejándome claro que de mí se dice tal o cual barbaridad, pero que no me preocupe, que la gente es malvada…

Hablar del ausente, si el ausente es una persona que no nos cae bien (por norma general, solemos ser prejuiciosos y torpes), y alimentar la leyenda negra de alguien que no soportamos, es divertido, ¿verdad? Reconozcámoslo. Es humano, y rastrero. Y avanzar, ilustrarse, madurar, crecer, el proceso de llegar a ser personas íntegras, no contempla este tipo de divertimento. Mejor no sucumbir. Pero todos, en algún momento de la vida, hemos estado en un corrillo, en una conversación venenosa, y nos ha divertido no ser la víctima. El problema es cuando da la vuelta la cuestión, y somos nosotros el objetivo de la maledicencia, el rumor maligno, el chisme descarnado. ¿Ahora qué? Ahora, el sufrimiento, aunque lo neguemos, y todo nos resbale de cara al escaparate. Ahora sí vemos grave desequilibrar cualquier contexto, y jugar al telegrama, donde la información, al último jugador, llega completamente tergiversada.

Es muy cierto que los rumores, las difamaciones, las trolas inventadas sobre la marcha para sembrar dudas, que algo quedará (uno de los planes sibilinos más perfectos para hacer la vida imposible a alguien), siempre hacen daño, siempre dejan huella. ¿Por qué lo hacemos pues? ¿Y cómo, si decidimos no participar en la orgía de las lenguas sueltas, podemos abstraernos, estar a salvo, defendernos? La mala noticia es que no hay defensa. Mejor esperar, a que lo peor se olvide, o el tiempo demuestre cuán ridículo es todo.

Volviendo al artículo que mencionaba antes, Carmen Posadas habla de lo incómodo que resulta que alguien, en quien supuestamente confías, venga a decirte, con aspecto compungido e incluso enfadado (está claro que tiene más valor y credibilidad lo que ha oído, a no se sabe quién que mucho tiempo, incluso años de amistad, y hechos, que son amores) que se ha enterado de algo terrible que le han dicho, una injuria, algo gravísimo que supuestamente ha hecho o dicho. Un crimen sangriento. Y tú, sin enterarte (porque esa es otra, el estar ausente siempre, le da fantásticas alas al arte del chismorreo).

Con indignación, y el ánimo atónito, preguntas quién, cómo, dónde, y por qué. Y ahí está lo que realmente confunde y hiere: sigues sin enterarte de nada. Pero estás jodido.

Entonces una extraña sensación se apodera de lo racional, y llega la angustia: ¿por qué puñetas, con perdón, se protege tanto a la persona que difama, que inventa, que envenena? Es todo un misterio. Comparto la opinión de Posadas, y eso de que no se debe mencionar al pecador, aunque sí el pecado, me parece algo retorcido. Mejor cortarlo todo de raíz, y llegar al origen, para reordenarnos por dentro.

Los chismes, los malos entendidos, el ir esparciendo dudas, no ser lo suficientemente reflexivos, empáticos o dejar de lado los verdaderos valores, la verdadera confianza, la verdadera lealtad, destruye relaciones, frustra relaciones incipientes que podían haber desembocado en una bella amistad, ensucia la convivencia, entorpece el día a día, e incluso, créanme, puede destruir parejas.

Qué pocas veces vamos de frente. Qué pocas veces nos plantamos en el meollo, en el corazón del problema, vamos a buscar a los implicados en el bulo, y reventamos la burbuja. Normalmente, no interesa. Ahora, las redes sociales, la comunicación vía whatsapp, el no mirarnos a los ojos, propician el alud, la gran bola de nieve que aplasta todo a su paso, a los justos y a los pecadores.

En fin. Hoy es la primera columna del verano. Disfruten, amigos. Para dejarles una buena sensación, les diré: todo pasa y todo llega (esto lo no lo digo yo), y al fin y al cabo, quizás, y viéndole el lado positivo a la cuestión, todas estas coyunturas (más bien encrucijadas), son potentes filtros, que apartan de nosotros lo que no merece la pena. Y aquí la sabiduría popular sí que ha dado en el clavo: a palabras necias…

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