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Puenteo sangriento


Miss Honduras ha caído en desgracia, la de estar en mal sitio a mal tiempo y con mal paso. Se las hacia muy felices la miss con su corona de la señorita Pepis y las largas galas que ahora le servirán de mortaja. Ya no es más que un número negro en una larga lista de mujeres asesinadas con violencia. Violencia les han dado -también- a los del escándalo del arzobispado de Granada, vía puenteo de plata, con telefonía papal.

Vergogna de clero que incumple la normativa más natural de proteger a los más débiles y no sacar partido de ellos. Es todo presunción, porque certeza absoluta solo la tienen los que han sido perjudicados, llámese profesor súper numerario del Opus en el norte, apesadumbrado y roto. No quiere que se sepa su nombre y es entendible, porque su vida sería un infierno como el de Aliena, la de “los pilares de la tierra”, que tampoco quiere que sepa nadie que ha sido brutalmente violada , porque encima parecería que fue culpa suya.

Seguramente la miss, si se hubiera salvado, alguien la criticaría por ir tan escotada o por ser tan hermosa, los de ISIS seguro que primero la violarían, luego la violarían y así hasta que le secaran las entrañas con integrismos y barbaridades. No es sino sangre la derramada en las sinagogas, sangre que arde, sangre que muere de inanición tras los muros que solo esconden rabia, dolor y miedo, en casas descarnadas.

Los políticos ellos sí, se frotan las manos y se alaban, en parlamentos de medio mundo sacando jugosa tajada, el pueblo solo llora y de pena, con resignación y lastima.

El escándalo de Granada ha estallado por una llamada, pero era de sobras conocido, eso dicen, era de sobras apalabrado, eso parece, pero nadie se fue a fiscalía o a Comisaria o a la guardia civil para que cesara y ha tenido que ser una víctima que sabiamente no quiere dar la cara, la que pliegue postulada con su verdad por cruz y sin bandera que le guarde. Porque cuando le peguen tiros de gracia a su honestidad para defenderse los acusados, en un juicio que lo habrá viéndose las caras, perderá la iglesia un tanto de credibilidad, pero aún tendrá sus incondicionales, porque sin duda las bajas, más caídas de esa batalla, no serán los encausados, sino a los que les causaron tanto daño.

A esos que con balas de plata, le segaron la vida como a la miss dejándolos tirados y rotos en mitad de una escombrera, tatuada con la mueca de sus manos, en sus núbiles caderas. Cerdos que fagocitan margaritas porque no pueden apreciar su belleza, margaritas desfloradas a lo bestia por unos bestias. Sin presunciones, sin legitimaciones, sin sotanas ni Babiecas, solo empujón que te vienen al paso, disparo certero en el alma y un inocente caído y laxo, porque le han arrebatado la esperanza. DIARIO Bahía de Cádiz

más opinión Ana Isabel Espinosa

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