DIARIO Bahía de Cádiz
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Al acecho


(El nombre utilizado es ficticio)

No mires a los ojos de la gente
me dan miedo, mienten siempre
no salgas a la calle cuando hay gente
¿y si no vuelves? ¿y si te pierdes?
escóndete en el cuarto de los huéspedes
con todo a oscuras no pueden verte
las calles se van llenando de gente
en mi escondite puedes quererme.(…)
Golpes Bajos

Mi amigo Manolo sufre manía persecutoria. Se lo ha diagnosticado su médico de cabecera, directamente. Pero también se lo diagnosticamos todos hace años.

Le aconsejé ir a un psicólogo, pero prefiere no hacerlo, no vaya a ser que también se le ponga en contra, y utilice toda la información que apunta en una libretita, para chantajearlo y hacerle la vida imposible.

Además, Manolo, es un agorero. Un agorero muy chungo. El otro día, mientras conversábamos sobre la belleza de nuestra ciudad, sus atardeceres, la Caleta y las caballas con piriñaca, cambió de tema radicalmente para hundirme en la miseria. Afirmó que todo era puro atrezzo, un escaparate, y que Cádiz se hundía, también en la miseria. Luego, sacó un bolígrafo y un papelito y me demostró mediante diabólicas estadísticas que no eran manías ni obsesiones suyas.

Intenté desviar su atención, y mostrarle el cielo, muy azul, con nubes dispersas dibujando preciosas y etéreas formas. No hubo manera. Me argumentó la teoría de los chemtrails, y que esas estelas que desprendían lejanos aviones, supuestamente por condensación de vapor de agua, eran, nada menos, que armas bioquímicas. Nos están fumigando con virus, bacterias malignas y drogas que nos incitan a comprar compulsivamente en El Corte Inglés (se ve que en Cádiz, y su Hipercor, no surten efecto las sustancias disuasorias) o a consumir comida basura en grandes cantidades para así enfermar de cáncer.

Manolo es capaz de convertir un día luminoso en una triste y gris experiencia. Él es así. No lo puede remediar.

Dice que él no es agorero, ni tiene ningún problema mental. Simplemente es una persona que está en el mundo, y es realista. Discrepo en silencio, mientras me habla de la actualidad que ha leído por la mañana en la prensa. Intento animar la conversación, y elevarle el estado de ánimo, diciéndole que conozco a una persona que puede echarle el cable, y darle un trabajo en Mallorca, pensando que a lo mejor, llevar casi dos años en paro, es la causa de tan agria actitud.

Pero Manolo no quiere ir a Baleares, porque según él allí, caen turistas ingleses borrachos de los balcones, y si no, se comen a la gente, presos de una droga que los convierte en zombies.

Me quedo sin recursos, ya del todo, después de que me cuente la experiencia de un amigo común, que ya ha regresado del Medio Oriente, después de permanecer allí un tiempo buscándose la vida como ingeniero aeronáutico, y luego, también, el negro relato de una amiga que también regresó de Alemania, después de unas prácticas mal remuneradas. No son buenos tiempos para emigrar.

No sé qué decirle a mi amigo. No sé qué ofrecerle, además de otra cerveza, para que cambie el semblante. Intento que no salga el tema de Gaza. Ya no le hablo de política, él y yo, no podemos. Procuro no preguntarle el motivo que le llevó a cerrar sus cuentas en las redes sociales, tampoco.

Para Manolo la realidad está al acecho. Y no le gusta la gente. Lo llaman misantropía. Yo prefiero llamar a este “trastorno”, lucidez.

Pero la lucidez no es un valor en alza, más bien, todo lo contrario, y a veces es preferible dejarse llevar por la corriente, hipnotizados por la peor droga que existe: el individualismo feroz (esto sí corroe de verdad, no solo el cuerpo, sino el espíritu hasta volatilizar completamente, y del todo, cualquier rastro de auténtica existencia).

No sé qué aportarle a mi amigo, ni cómo tirar de él.

Ya sé:

– Manolo, ¿nos vamos de viaje a la vieja Europa?
– Charo, no es muy buena idea, hace unos días derribaron un avión de pasajeros.

Nos sumergimos en un plácido silencio, derrotados. Nos sonreímos y pedimos otra cerveza.

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