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 CONTRACORRIENTE

La tortura publicitaria

 RAMÓN REIG

 (Periodista y Profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla)

ramonreig@us.es

 

RAMÓN REIG

El abuso de la publicidad en la televisión en abierto es no sólo evidente sino cuantificable. Todos los años hay sanciones por excesivo número de anuncios y por los contenidos de algunos de esos anuncios. También es evidente que bastantes de esos anuncios son mejores que los programas en sí pero, con todo, la gente es sometida a una tortura de ruidos y alegrías continuas y sin fin, a un mundo rosa falso hasta límites insospechados. Las pausas en las películas no son pausas, son aplazamientos. En el lado positivo está que tiene uno tiempo para una buena meada, recoger la mesa, fregar los platos, leer la prensa, ver papeles varios e incluso sacar al perro a que también deposite sus asuntos por la calle, que naturalmente, no recogeremos y el que venga detrás que huela, pise y arree. Decía una vez en una charla el experto en cine Román Gubern, que acababa de llegar de Brasil y que allí trataba de ver una película en la TV pero que no sabía si lo que contemplaba era una película interrumpida por anuncios o unos anuncios interrumpidos por una película. Desesperante.

 

En una ocasión estaba yo en un hotel de Mérida (Yucatán, México, donde los huracanes y los cancunes) y las películas, por la noche, eran interrumpidas cada cinco o diez minutos por una ristra enorme de espacios publicitarios (“consejos”, como les llaman ahora algunos colegas periodistas a que nos laven el coco –Channel-) que culminaban con un producto estilo Tele Tienda al que le dedicaban al menos veinte minutos. Aún me acuerdo del nombre: Fatoché. Pero no sé ni para qué servía, así soy de permeable a la publicidad. El maldito Fatoché, ojalá se lo hayan llevado los vientos al mismísimo carajo. Cuando volvía la peli había que memorizar por dónde íbamos aunque con identificar a los buenos y a los malos era suficiente, sabiendo además que al final lo iba a arreglar todo el guaperas, él solito. Bueno, ahora, con esto de la cuota y el mercado femenino, le unen a las guaperas o las ponen a ellas solas. Lo cierto es que alguien que en la realidad duraría menos que una saliva en una plancha, en la ficción repara todos los entuertos a hostias, claro, para eso es el cine: se hace lo que diga el productor, el empresario y el guionista para decirnos lo que queremos que nos digan: que como la vida es una caca el cine la vuelve del revés.

 

En el mundo de la prensa de sobra es sabido que el magnate Herst llegó a afirmar que las noticias eran esos textos que aparecían en los periódicos intercalados entre los anuncios. Hay que agradecerle su sinceridad, si el lector quiere comprobarlo hoy, no tiene más que ver las páginas donde se publicitan las películas en determinados días en El País. Todos los periódicos  de papel adelgazan en verano, diríase que quieren ponerse a la altura de la temporada para que no se les vean los michelines pero no, es porque la publicidad huye, ahí se demuestra que el periodismo no es un servicio público sino privado. ¿Es que no hay noticias? Mentira, es que no hay deseo de buscar noticias porque no hay espacio para ponerlas ni plantilla, puesto que el espacio depende de la publicidad. Además, el periodismo de hoy –en profunda crisis- está en su mayor parte sometido a los servicios de prensa de todo tipo y eso en verano disminuye porque quien elabora la mayor parte de la información no es el periodista sino los gabinetes y las agencias, esto ya se ha demostrado en varias tesis doctorales. Sin embargo, la gente sigue ahí, la noticia en potencia está ahí, la mayor parte de la población no se va de vacaciones pero los informativos y los periódicos aumentan sus chorradas y cada diario les da cancha a los escritores de su cuerda para que rellenen espacios con sus ocurrencias. Se han ido de vacaciones los protagonistas del poder que son en quienes piensan los medios cuando trabajan porque son los que alimentan y leen o ven a esos medios. De ahí que el periodismo ahora sea tan aburrido y tan poco transgresor aunque, aún así, yo sea de la opinión que hay que seguir leyendo los diarios de referencia porque no todo está perdido y precisamente en verano están hasta más interesantes.

 

Es sorprendente que todavía existan periodistas que afirmen que la publicidad otorga independencia a sus medios, es al revés, mientas más importante sea el medio más delimitado está por presiones no sólo publicitarias sino de todo tipo. Si este diario contratara una publicidad por un año mediante un acuerdo jugoso con alguna empresa, yo me tendría que meter la lengua, el ordenador en el que escribo y mis ideas por el culo, no podría escribir nada contra esa o esas empresas aunque una de mis fuentes me haya dicho algo muy jugoso sobre ellas, así es esto. A mediados del siglo XIX, un empresario y periodista francés, Gidardin, inventó su famosa fórmula: si incluyo publicidad en mis periódicos, toda la que pueda, podré abaratar el producto. Y así lo hizo, una magnífica operación empresarial que se cargó la libertad de expresión que, como madre, no hay más que una: la del profesional del periodismo sin presiones de ningún tipo. Ya presionaban sobre el periodismo en el siglo XIX los gobiernos y los distintos grupos de poder. Pues como éramos pocos, parió la abuela. El periódico sale a la calle con un precio de mercado falso, está subvencionado y el que paga manda.

 

Ahora la televisión en abierto nos hace reír más con el ingenio de los creativos publicitarios que con sus programas insulsos, algo de positivo tenemos. Y nos muestra a una señora que tiene un enorme problema: resulta que su hijo se ha ido de camping pero se ha dejado en casa el saco de dormir. Y ella, que es una mujer trabajadora y moderna, cargando todo el día con el jodido saco. Para colmo, por la tarde le da dolor de cabeza. Menos mal que tenía aspirina. Menudo problema, eso son problemas y no los de la gente que sufre huracanes en la isla Guadalupe, o matanzas en África o ésa a la que se le ahogan sus familiares pescadores en las costas de Cádiz, ese personal se queja de vicio, con lo que pesa un saco de dormir, por favor, cómo se va a comparar… Y me dicen que ocho de cada diez dentistas o no sé quiénes recomiendan un producto sobre los demás. Bien, entonces es evidente que el interés está en saber por qué no lo recomiendan los dos disidentes porque la minoría es la más ilustrada y la más preparada, hay que averiguar por qué esos dos se salen de la “masa” con toda valentía, recuerden aquella pintada de Mayo del 68: “Un millón de moscas no pueden equivocarse: coma mierda”. Anda que no nos queda mierda por comer…


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