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A principios de diciembre entró en vigor lo que
conocemos como ley anti-botellón. Me gusta, ya era hora de que les dieran azotes
en el trasero a los niños y niñas esos, idiotas, mediáticos, pijos, prepotentes
e ignorantes, que no tienen huevos ni ovarios para enfrentarse a la vida y se
dedican a enguarrarlo todo con sus pinches botellas de cerveza, sus vómitos y
sus excrementos. A veces he mostrado comprensión por ellos pero se acabó, se
puede beber y disfrutar, pero sin joder al prójimo ni ensuciar la vía pública,
la res pública. Ahora, a ver si hay agallas para aplicar la ley y terminar con
estos papanatas mimados, porque, como los niños votan, son una especie de
lobby de poder sin más poder que su inmovilismo y su pasoteo. Su gran
aportación a la historia es el botellón, sus principios, el egocentrismo y el
chuleo, unos principios que ni saben defender porque en cuanto llegan los
guardias a impedirles que beban se cagan pero de miedo y se largan con viento
fresco. No tienen ni media hostia. Los niños, con quien mejor están, es con sus
padres y a estos que los aguanten sus padres.
En Francia, miles de jóvenes protestaron por los
precios de las viviendas y los contratos basura mientras que otros lo hacen por
las discriminaciones de que son objeto. Los nuestros no, tienen asegurada la
papa gracias a los papás, llegan a casa cuando ya es de día, se acuestan a
dormirla y cuando se levantan tienen la comidita preparada, se duchan, meten los
calzoncillos o las bragas en la lavadora y mami los lava. Luego, a comer, no hay
motivos para irse, los cuidan, no vayan a frustrarse y se suiciden. Como hay
precariedad laboral y carestía en la vivienda, ya tienen una excusa de peso para
seguir con el cuento unos años.
Si acaban la carrera y pueden agenciarse una beca
Erasmus, lo harán, el caso es seguir mareando la perdiz con tal de no mirar a la
cara a la vida y de no mirarse al espejo ellos mismos. Las becas Erasmus son una
excelente idea pero un excelente fracaso. Como muchas cosas que hacen los
políticos, consisten en que, en un momento dado, los políticos tuvieron la idea
de que había que darles mundo a los niños de la universidad para que fueran de
acá para allá en la Unión Europea. Pero no dotaron a la idea de presupuesto
suficiente. Entonces, un alumno llega a casa y le dice a sus progenitores que le
han concedido una beca para irse a una universidad de Inglaterra, Irlanda,
Francia, Italia, Alemania, etc. En teoría, es una buena noticia y un orgullo
hasta que se enteran de que la beca es de pitiminí, es una beca de la señorita
Pepis, porque cubre apenas un tercio de los gastos que el “afortunado” va a
tener en la ciudad donde esté la universidad de destino. El resto deben
aportarlo los papás, de esta forma estamos ante una discriminación evidente
porque se trata de una ayuda, no de un a beca, y esa ayuda es, sobre todo, para
los más adinerados porque los que no lo sean o lo sean poco, o renuncian o ahí
tienen ustedes a los padres apoquinando otra vez, con gran esfuerzo.
Desde el punto de vista académico, ni los
profesores de la universidad emisora ni los de la receptora sabemos en realidad
qué están haciendo los alumnos por esos mundos de Dios. Los buenos estudiantes
aprovechan la experiencia; los más, en absoluto, disfrutan de un recreo
turístico pagado y después les convalidan asignaturas. Así hace una carrera
hasta el que asó la manteca. En el fondo, nos están tomando el pelo a todos pero
los jóvenes son jóvenes y, por tanto, qué guay, irse por ahí a costa del erario
público y el paterno. ¿Qué aprenden idiomas? ¿Aprenden a valerse por sí mismos?
Menos da una piedra, pero eso se aprende en una academia, trabajando en la
ciudad de origen y luego en verano yéndose a gastarse el dinero en cursos
especiales, o trabajando en verano y estudiando.
Los capullos que van a emborracharse y a ensuciar
las rúas suelen ser los niños a los que se les da todo, menos un cosqui, desde
que vienen al mundo. Crecen en un entorno falso, con la ilusión de que todo les
debe ser concedido, de manera que no están acostumbrados a sudar la camiseta
para conseguir objetivos y menos objetivos altos y duros. A la menor
contrariedad se nos deprimen, miren por donde, toda la vida huyendo de que el
niño se nos deprima y se nos frustre y lo que estamos sembrando son deprimidos,
cobardes y gente antisocial e incluso violenta porque el cobarde reacciona con
la violencia y en grupo. A los seres humanos no se les puede quitar la ilusión
de cazar, la necesidad de explorar por uno mismo porque entonces mueren en vida.
Los niñatos de la botellona no tienen más que fachada pero cuando se escarba en
ellos se derrumban como una estatua de arena. Hay que sentir compasión por estos
desgraciados pero, como les falta humildad, al final cabrean hasta al más
tolerante. Y no, niños, no, en las calles no se bebe, en las calles no se
emborracha uno ni se mea. La calle es como esa habitación tan bonita –que no te
has hecho, te la han hecho- donde tienes tus carteles, tu PC y tu TV. La calle,
las plazas, son el resultado de cientos de años de historia. Las calles y las
plazas tienen un sentido porque reflejan la vida misma de nuestra cultura: lo
peripatético, el ágora griega, el foro romano, el zoco árabe, y no vais a llegar
vosotros con vuestra cabeza vacía, vuestros bolsillos llenos y vuestros coches
de papá y de la publicidad, a mancillarlo todo.
Alberti se meó en la pared de la Real Academia de
la Lengua pero Alberti se tenía ganada esa micción y aún está de actualidad si
uno piensa que existen académicos como Juan Luis Cebrián. Vosotros no sois ni
media suela del zapato de Alberti, ni un cuarto de pelo de sus greñas blancas,
vosotros sois nada y para mearse en la calle (una o dos veces, no más, incluso
Alberti) hay que hacer currículo y no dar por el culo, que es lo que hacéis con
los vecinos y la sociedad. Sólo deseo que se cumpla la ley, que ésa es otra,
porque en los papeles el mundo está arreglado desde hace siglos. Como no habéis
dejado de fastidiar por más que se os ha dicho, se os han aplicado medidas
drásticas, como a los niños pequeños, y ha habido que deciros: “Esto se hace así
porque a mí me sale de las narices”.
Espero ahora que no se nos suiciden los nenes de
pura frustración. ¿Mira que si se ponen a pensar y le exigen al Estado, con
firmeza, aquello a lo que tienen derecho? Pensándolo bien, ¿no hubiera sido
mejor dejarlos con la botella en plan estatuas primero y zombis después, como
hasta ahora, porque nuestras ciudades eran, por la noche y en determinados días
y lugares, las ciudades de los muertos vivientes? No pasa nada, luego se
levantan los otros muertos vivientes, los adultos, les limpian los mocos, les
cantan una nana, y a dormir, que viene el coco de la vida.
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