|

Hacia el noroeste de México, en plenas montañas
Tarahumaras, está Cerocahui, un pueblecito en medio de un valle, en el centro de
una corona de montes repletos de pinos jóvenes y esbeltos. A Cerocahui la rodean
además el verdor de la mies y el frescor del agua, arroyos por todas partes,
piedra caliza que alberga en su entraña un alma transparente y lúcida como para
nosotros quisiéramos muchos humanos. En el siglo XVII, los jesuitas, impulsados
por ese interés en que todo el mundo conocido pensara y sintiera como ellos (la
globalización no es nueva tampoco) asentaron aquí una misión. La gente se
convirtió al catolicismo pero a su manera. En una zona de cabañas turísticas que
hay por las montañas, cerca de Cerocahui, San Isidro se llama el lugar, sus
propietarios tenían sobre una mesa una imagen de Jesús de Nazaret, lo que
llamamos una imagen del “Corazón de Jesús”. Pero su mano derecha descansaba
sobre la parte superior un garrote basto de madera que estaba apoyado en su
pierna derecha, y en el centro del pecho se observaba un medallón. La imagen del
medallón era de un indio, un jefe indio. La madera, el bosque, son dioses de los
indios tarahuramas o rarámuris, de ambas formas se les conoce, que son los que
habitan por aquí, junto a los digamos mexicanos “occidentalizados”, mestizos. El
jefe indio es el poseedor de la sabiduría, al lado de los ancianos de la etnia.
Por mucha prédica encendida, por mucho miedo que quieras meterle a alguien en el
cuerpo, el resultado final es un Nazareno con la imagen de un indio en el pecho.
Nadie convence ni convencerá a nadie destrozándole sus raíces. Puede que lo
engañe, pero no lo ganará realmente para su causa.
He llegado a Cerocahui invitado por una de mis
doctorandas y su familia. Mi doctoranda, la profesora Rosalba Mancinas, nació
allí, en 1978. Entonces no había luz artificial. Rosalba no conoció la
televisión de pequeña. Cuando en España votábamos la Constitución que ahora nos
intenta alumbrar, cuando yo me tapaba la nariz para votarla porque aquello era
en realidad un apaño que lo mismo servía para un roto que para un descosido
(aunque aún es peor la europea que nos han querido colar), Rosalba era un bebé
en Cerocahui. Con nostalgia, a pesar de su juventud, me ha ido enseñando los
escenarios de su infancia, mientras su hijo, Andrei, buscaba un lugar adecuado
para bañarse en uno de los arroyos.
Existe algo, un sentimiento, unas historias
ocultas, que no aparecen a menudo en los medios de comunicación, como los
políticos o la gente de la farándula. Son los trabajos callados que hacemos en
los distintos niveles de la enseñanza, unos esfuerzos anónimos de profesores y
alumnos que no son comerciales, salvo que ocurra un suceso con resultado de
agresión grave, heridas o muerte. Una lástima, otro efecto perverso del mercado,
otra cuestión interesante que se pierde el ciudadano. En la universidad, quienes
la amamos y quienes la vivimos, hay una relación de cariño intenso, a veces de
amor, entre el director y el discípulo, entre doctor y doctorando. Uno tiene
claro que la familia te prolongará en el tiempo desde lo biológico, lo emocional
y lo mental; uno tiene claro que en la vida sólo existen dos o tres amigos
verdaderos. Y uno tiene claro que los discípulos académicos son los que van a
llevar tu pensamiento y tu trabajo más allá de tu existencia vital y lo van a
superar porque, como dijeron Confucio o Nietzsche, la misión de un discípulo es
superar al maestro. En la universidad existen muchos profesores mediocres que en
lugar de asimilar esto, les aprisiona la envidia de ver subir a sus “hijos
académicos”, pero eso para mí es un placer: ver a “mi gente” haciendo su trabajo
en algún medio de comunicación, en alguna universidad, cerca o lejos de mí. El
ser humano lo que desea es “durar”, afirma Jacques Attali. Rosalba llegará lejos
en su país, estoy seguro. Y yo la veré dentro de diez, quince años, la veré, y
me emocionaré, y diré: esa chica salió un día de una aldea llamada Cerocahui,
nos conocimos por el azar de la vida académica, trabajamos juntos, la ayudé en
lo que pude, los dos aprendimos de los dos, y ahora ella sigue adelante con esta
obra de arte, a veces bella, a veces recia y amarga, que es la vida, seguro que
me lleva aún en su mente, en sus acciones y en su corazón, como yo la llevo.
En San Isidro, un viejo habitante del lugar,
moreno, con su piel llena de horas bajo el sol, me decía que sentía temor por lo
que ocurría en las ciudades, que por donde estábamos ya sucedían, a veces, cosas
desagradables pero se alarmaban mucho con una sola que se diera, “mientras que
en la ciudad parece como si la gente estuviera anestesiada ante tanto mal”. Sí,
mientras que en la ciudad la gente muere sin sentido, mientras nos enojamos por
un simple incidente de tráfico, mientras una gran empresa absorbe a otra,
mientras vivimos en el frenesí de tener que sacar todos los días a la luz un
periódico, Cerocahui permanece en silencio, viendo pasar el tiempo, invitándonos
a dejar de ambicionar muchos asuntos estériles en nuestro mundo quemante, que
es, a fin de cuentas, la vida también, eso que a veces nos preguntamos si vale
la pena, eso que pasa mientras hacemos otras cosas, como decía John Lennon.
Cerocahui acuna su propia existencia y recibe un soplo de aire del Pacífico
mexicano, que ya se presiente cerca. Tendemos a mitificar estos lugares, como yo
he hecho ahora. Los seres humanos necesitamos nuestros penates, a fin de cuentas
he hecho lo mismo que los indios rarámuris vienen concretando desde hace siglos:
rendir culto a mis raíces. Todos procedemos de una brizna de cosmos que aquí en
la Tierra se tornó en piedra, en agua, en pez, en ardilla (como las que se
cruzan por los caminos de Cerocahui), en árbol, en bosque, en todo.
ARTÍCULOS ANTERIORES
|