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 CONTRACORRIENTE

Cerocahui

 RAMÓN REIG

(Periodista y Profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla)

ramonreig@us.es

 

RAMÓN REIG

Hacia el noroeste de México, en plenas montañas Tarahumaras, está Cerocahui, un pueblecito en medio de un valle, en el centro de una corona de montes repletos de pinos jóvenes y esbeltos. A Cerocahui la rodean además el verdor de la mies y el frescor del agua, arroyos por todas partes, piedra caliza que alberga en su entraña un alma transparente y lúcida como para nosotros quisiéramos muchos humanos. En el siglo XVII, los jesuitas, impulsados por ese interés en que todo el mundo conocido pensara y sintiera como ellos (la globalización no es nueva tampoco) asentaron aquí una misión. La gente se convirtió al catolicismo pero a su manera. En una zona de cabañas turísticas que hay por las montañas, cerca de Cerocahui, San Isidro se llama el lugar, sus propietarios tenían sobre una mesa una imagen de Jesús de Nazaret, lo que llamamos una imagen del “Corazón de Jesús”. Pero su mano derecha descansaba sobre la parte superior un garrote basto de madera que estaba apoyado en su pierna derecha, y en el centro del pecho se observaba un medallón. La imagen del medallón era de un indio, un jefe indio. La madera, el bosque, son dioses de los indios tarahuramas o rarámuris, de ambas formas se les conoce, que son los que habitan por aquí, junto a los digamos mexicanos “occidentalizados”, mestizos. El jefe indio es el poseedor de la sabiduría, al lado de los ancianos de la etnia. Por mucha prédica encendida, por mucho miedo que quieras meterle a alguien en el cuerpo, el resultado final es un Nazareno con la imagen de un indio en el pecho. Nadie convence ni convencerá a nadie destrozándole sus raíces. Puede que lo engañe, pero  no lo ganará realmente para su causa.

 

He llegado a Cerocahui invitado por una de mis doctorandas y su familia. Mi doctoranda, la profesora Rosalba Mancinas, nació allí, en 1978. Entonces no había luz artificial. Rosalba no conoció la televisión de pequeña. Cuando en España votábamos la Constitución que ahora nos intenta alumbrar, cuando yo me tapaba la nariz para votarla porque aquello era en realidad un apaño que lo mismo servía para un roto que para un descosido (aunque aún es peor la europea que nos han querido colar), Rosalba era un bebé en Cerocahui. Con nostalgia, a pesar de su juventud, me ha ido enseñando los escenarios de su infancia, mientras su hijo, Andrei, buscaba un lugar adecuado para bañarse en uno de los arroyos.

 

Existe algo, un sentimiento, unas historias ocultas, que no aparecen a menudo en los medios de comunicación, como los políticos o la gente de la farándula. Son los trabajos callados que hacemos en los distintos niveles de la enseñanza, unos esfuerzos anónimos de profesores y alumnos que no son comerciales, salvo que ocurra un suceso con resultado de agresión grave, heridas o muerte. Una lástima, otro efecto perverso del mercado, otra cuestión interesante que se pierde el ciudadano. En la universidad, quienes la amamos y quienes la vivimos, hay una relación de cariño intenso, a veces de amor, entre el director y el discípulo, entre doctor y doctorando. Uno tiene claro que la familia te prolongará en el tiempo desde lo biológico, lo emocional y lo mental; uno tiene claro que en la vida sólo existen dos o tres amigos verdaderos. Y uno tiene claro que los discípulos académicos son los que van a llevar tu pensamiento y tu trabajo más allá de tu existencia vital y lo van a superar porque, como dijeron Confucio o Nietzsche, la misión de un discípulo es superar al maestro. En la universidad existen muchos profesores mediocres que en lugar de asimilar esto, les aprisiona la envidia de ver subir a sus “hijos académicos”, pero eso para mí es un placer: ver a “mi gente” haciendo su trabajo en algún medio de comunicación, en alguna universidad, cerca o lejos de mí. El ser humano lo que desea es “durar”, afirma Jacques Attali. Rosalba llegará lejos en su país, estoy seguro. Y yo la veré dentro de diez, quince años, la veré, y me emocionaré, y diré: esa chica salió un día de una aldea llamada Cerocahui, nos conocimos por el azar de la vida académica, trabajamos juntos, la ayudé en lo que pude, los dos aprendimos de los dos, y ahora ella sigue adelante con esta obra de arte, a veces bella, a veces recia y amarga, que es la vida, seguro que me lleva aún en su mente, en sus acciones y en su corazón, como yo la llevo.

 

En San Isidro, un viejo habitante del lugar, moreno, con su piel llena de horas bajo el sol, me decía que sentía temor por lo que ocurría en las ciudades, que por donde estábamos ya sucedían, a veces, cosas desagradables pero se alarmaban mucho con una sola que se diera, “mientras que en la ciudad parece como si la gente estuviera anestesiada ante tanto mal”. Sí, mientras que en la ciudad la gente muere sin sentido, mientras nos enojamos por un simple incidente de tráfico, mientras una gran empresa absorbe a otra, mientras vivimos en el frenesí de tener que sacar todos los días a la luz un periódico, Cerocahui permanece en silencio, viendo pasar el tiempo, invitándonos a dejar de ambicionar muchos asuntos estériles en nuestro mundo quemante, que es, a fin de cuentas, la vida también, eso que a veces nos preguntamos si vale la pena, eso que pasa mientras hacemos otras cosas, como decía John Lennon. Cerocahui acuna su propia existencia y recibe un soplo de aire del Pacífico mexicano, que ya se presiente cerca. Tendemos a mitificar estos lugares, como yo he hecho ahora. Los seres humanos necesitamos nuestros penates, a fin de cuentas he hecho lo mismo que los indios rarámuris vienen concretando desde hace siglos: rendir culto a mis raíces. Todos procedemos de una brizna de cosmos que aquí en la Tierra se tornó en piedra, en agua, en pez, en ardilla (como las que se cruzan por los caminos de Cerocahui), en árbol, en bosque, en todo.


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