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En México, a los pendientes, a los zarcillos, les
llaman aretes, aunque en la capital, México DF, una barbaridad de ciudad, los
“chilangos” (nombre despectivo con que el resto de los mexicanos conoce a sus
habitantes) también puede encontrarse la palabra “pendiente”. Aún así, lo normal
es que unos pendientes sean los asuntos que te quedan por resolver. Mi colega la
Dra. Sara Núñez de Prado, española que da clases en el Instituto Tecnológico de
Monterrey, Campus Guadalajara (Estado de Jalisco), desde hace cuatro años, se
acuerda de que nada más llegar le dijo a alguien que ella los pendientes los
compraba y la miraron de forma extraña, claro.
En Guadalajara, Jalisco, México, he visto soldados
y guardias pertrechados con metralletas y armas automáticas en las puertas de
los cajeros automáticos de los bancos, en las de los grandes almacenes, en los
mercados, en los restaurantes... Ya los vi también en Bogotá hace años y en
Cartagena de Indias en las puertas de los establecimientos donde venden
esmeraldas de todos los precios y tamaños. Da la impresión de que se avanza poco
aunque algo se avance. La mitad de los habitantes de México –datos oficiales-
vive en la pobreza o por debajo de ella, eso quiere decir que en cualquier parte
te puede saltar una sorpresa. Una vez me dijeron en Ciudad Juárez: la prensa de
ustedes siempre habla de los asesinatos de mujeres pero no dice que en el mismo
periodo de tiempo en que han asesinado oficialmente a casi cuatrocientas
mujeres, les han dado balaseras al doble de hombres por asuntos del
narcotráfico, sobre todo.
Me da la impresión de que la vida humana vale poco
en América Latina. En Occidente el “caso X” o el “caso Y” arrastran horas de
radio y TV y torrentes de tinta en los diarios y revistas, hasta que se descubre
al asesino o asesinos (o se olvida también) pero en América Latina los medios de
comunicación informan de que han “ejecutado” (esta palabra emplean para definir
un asesinato o varios) a una o diversas personas y si te he visto no me acuerdo,
supongo que la policía seguirá su trabajo pero el muerto al hoyo y el vivo al
bollo o a la tortilla de trigo o maíz y al frijol que es lo más asequible para
todo el mundo.
En Guadalajara, Jalisco, México, hay numerosas
tiendas de objetos católicos, es una ciudad de entre seis y diez millones de
habitantes con fama de conservadora aunque no todo es como aparenta ser. En
Guadalajara, Jalisco, México, la radio pide a la gente que done dinero para un
tal Israel que debe operarse de cadera y le cuesta la intervención 5.000 pesos o
sea, unos 400 euros, y no puede hacer frente a ese gasto. Pero yo estuve una
noche en el cumpleaños de una preciosa joven, Elena, en un coto de grandes
mansiones o condominios, vigilados por agentes armados y con presencia de
cámaras para captar matrículas y rostros, y Elena, que estaba resplandeciente,
llevaba dos aretes en sus orejas que llamaban la atención por su extremada
belleza, una belleza aún más grande si colocábamos esos dos objetos en el cuerpo
de una chica de 21 ó 22 años, máximo. Le pregunté a mi colega Núñez de Prado si
eran “buenos” o “malos” y me dijo que buenos, que les calculaba unos 6.000 euros
la pieza y que aunque no fueran auténticos era alta bisutería y eso también es
muy caro.
No quiero hacer eso que llaman demagogia pero con
uno de aquellos aretes podríamos operar a Israel numerosas veces y a decenas de
Israeles. De nuevo me pregunto qué origina estas situaciones. Hace veinte años
me hubiera contestado que los cochinos explotadores capitalistas pero eso ahora
es sólo una apariencia, una superficialidad, hay otros factores que no sé si
están por encima de nosotros pero que ahí están. Me pregunto qué pensarán de
esto (medio país pobre a pesar del petróleo y otras muchas riquezas) los que
pueden costearse aretes como los de Elena. Cómo podrán argumentar la coherencia
entre su catolicismo teórico y su plan de vida. Por qué ellos pueden hacerlo y
otros que se definen comunistas o socialistas tienen que medir mucho lo que
poseen. A fin de cuentas, ambos, unos por católicos, otros por ideología,
defienden a los pobres. Sin embargo, lo que yo sostengo es que a los pobres no
los defiende nadie a menos que se defiendan ellos o emerja alguien con carisma y
poder que lo haga pero lo haga de verdad, no con la palabrería hueca y
patriotera que he podido escuchar en México.
Dicen algunos políticos “progresistas” de México
que los mexicanos quieren tener el bienestar de los daneses pero que a la vez
quieren pagar impuestos como los africanos. Y eso no puede ser, es pura
contradicción, por supuesto. En América Latina a los segmentos poderosos les
cuesta pagar impuestos. Entonces, ¿para qué tanto catolicismo vacío? Mejor es
reconocer que los pobres nos importan un carajo y ya está, que, como dicen en
los EEUU, son un efecto de los que no se adaptan al sistema por débiles o por
vagos porque el sistema ofrece grandes oportunidades para todos. O mejor seguir
con la cantinela que me decía mi madre cuando era pequeño: “Niño, siempre ha
habido ricos y pobres y siempre los habrá”. Puede que tenga razón, por eso
inventamos la religión, la falsa religión insolidaria: para que alguien nos
justifique con palabras o permitiéndonos dar limosnas que los pobres necesitados
y los débiles nos importan un bledo porque así es la naturaleza de la especie a
la que pertenecemos, luchando siempre entre quien es y quien quisiera ser.
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