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Ríe, corre y
salta, la criatura, junto a un perro, que ladra fuera, mientras el gato con el
ovillo junto al fuego juega, a los pies de un cura y una anciana, que, en voz
alta, juntos rezan.
Recostados en la pared del pasillo
de su casa, cuatro críos, todos, menores de siete años, en silencio, se
encuentran, unos sentados, otros de pié, deseosos de jugar a algo, porque
aburridos se hallan en ese momento. Dos de ellos, para cambiar de postura, han
elegido una caja de cartón vacía y metido en ella, imaginándose que, van a
conducir un potente camión. Para ello, han bajado las tapas del envase dejando
solo ver sus cabezas, “ya una vez cerradas las puertas lo han arrancado”,
imitando el ruido de un motor, con toda la fuerza de sus gargantas, mientras el
más pequeño, como queriéndoles ayudar, les empuja por detrás, con ímpetu, para
que de una vez por todas empiece a “rodar”, pero no, no se mueve y ahí siguen en
la misma posición. La más pequeña algo más alejada del grupo, con cara sonriente
a la vez que se hurga la nariz, contempla aquella escena atenta, viendo como
sus tres hermanos se las están pasando pipas, pero no por eso, ella no deja de
decir que sus hermanos, son “mu blutos”, motivo por el que anda siempre algo
alejada de ellos.
Una casa con pocos juguetes, solo
los cuatro cachivaches que hay, están diseminados o destrozados en algún lugar
de la casa. Nunca apetecieron nada, eran felices con lo que poseían, que junto
con lo que hallaban por la casa, les proporcionaba la suficiente distracción y
si no, se lo inventaban. En aquél momento, era ese, el nuevo juguete, una
caja. La imaginación de todo niño, les hace ver, aquello que más le ilusiona;
cuantos, han puesto unas sillas tras las otras y sentados en ellas, se han
figurado que iban montados en un tren o si, lo que estos haciendo les
aburría, volverían a probar arrancar aquella caja de cartón y sobre sillas y
escaleras, treparían en busca de un cable de la luz, para suministrarle
corriente a esa caja de cartón que no terminaba de arrancar. Pero, gracias a que
siempre hubiera un ángel de la guarda, encargado de avisar a la madre, cuando
más libres se creían y menos lo esperaban, esta aparecía y de un tirón, los
rescataba de aquellas alturas, “evitando con ello, que terminaran de hacer la
conexión”.
Fallado el intento, pronto se
olvidarían del “fracaso” “y con la música a otra parte”, esta vez, elegirían
el zaguán de la puerta, donde se les permitía armar todo el ruido que
quisieran, al no haber vecinos que se quejaran, , formando pequeños guirigáis,
y aprovechando que era el día de Noche Buena, provistos de una zambomba, algún
cencerro o campana, la clásica botella de anís de Rute y una cuchara, formaron
así, su propia algarabía con estos improvisados instrumentos. Tras vociferar
durante un largo tiempo villancicos, una vez exhaustos, unos tras los otros
escaparían los cuatro, en veloz carrera hacia el jardín, en busca de otras
nuevas aventuras. Téngase en cuenta que la TV no existía, la radio los niños
apenas la oían, y el cine los había, que nunca habían pisado una sala de
proyección.
Así que los juguetes “buenos”, eran
sólo para el día de Reyes; para entonces, sus padres ya habían comprado, para
Manolin el mayor, una bicicleta con su bocina y todo, de segunda mano, que
antes, hubo mandado pintar, para que pareciera nueva, a Pepín, una caja de
herramientas de juguete, que no tardaron mucho en extraviarse, Para Gabriel, un
balón de reglamento o pelota y para Angelita, la niña, una muñeca de trapo con
mucho pelo y vestidos vistosos. Confetis, caramelos y toda clase de dulces,
adornarían aquella estancia, siempre llena de rayos de sol y alegría. Tanto
regalo, les desbordaba de júbilo a los cuatro, haciéndoles exclamar: ¡Mira
papá, mira mamá, lo que me han traído los reyes magos!, sin dejar de señalar con
toda la ingenuidad del mundo, aquellos regalos, que les parecía de allá del
cielo llovidos.
Aquél mismo año, un compañero de
clase, le reveló a Manolín quienes eran los Reyes Magos, y aunque le costó
llegar a creerlo, al final hubo de admitirlo, porque ya habían otros de su misma
edad, que también lo sabían y “para hacerse mayor”, debería aceptarlo. Llegado a
casa, no pudiendo aguantar más, tal secreto, se lo contaría a sus otros dos
hermanos, solamente a ellos, porque si se lo contaban a la pequeña, esta, iría
llorando a la madre y les diría lo muy malos que eran sus hermanos, diciéndole
que, los reyes, no existían. La verdad es que, a ninguno, les hizo mucha gracia
conocer tal secreto, y como preguntaría Gabrielito: ¿Y ahora que hacemos? A lo
que de inmediato le contestó el mayor, pues, si nos callamos nos seguirán
trayendo juguetes, porque si papá y mamá se enteran, nos pasará lo mismo que a
mi amigo Luigi, que solo le traen carbón, libretas, ropa y zapatos, por no haber
sabido callarse. Así que los tres, guardaron el secreto, durante algunos años
más, hasta el comienzo de una guerra, que trucó la paz de esta familia. Sería
para los cuatro, una experiencia difícil de soportar y no la última, porque
los años siguientes de guerra y escasez, romperían las barreras de una infancia
llena de bienestar, para convertirse en malas y nuevas experiencias, pesada
carga, difícil de asimilar. Una vez ya mayores, estos cuatro niños, seguro
estoy, que habrán recordado con nostalgia, en sucesivos días de navidad, con
pena, aquellos tiempos. Y hasta es posible, que aún no lo hayan tenido claro, si
los Reyes de Oriente, “siguen cargando sus camellos con juguetes procedentes de
las factorías del cielo.
En la actualidad, los dos que
sobreviven, ya bastante mayores, no olvidan los buenos ratos, que los cuatro,
pasaron juntos, ni pierden las esperanzas, de que, algún día, no muy tarde,
vuelvan a reencontrarse de nuevo los cuatro, para festejar, esta vez juntos,
las mejores navidades, que hayan podido pasar, pero con la peculiaridad, de que
esta vez, jugaran, con el mismo Niño Dios, allá en las alturas y juntos
ingeniaran nuevos y más divertidos juegos.
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