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“La promesa que
movió a Sancho a servir a Don Quijote, fue la que éste, le prometiera que, si
ganaba alguna ínsula, le dejaría ser gobernador de ella”.
Que hubiera sido de Don Quijote de la
Mancha, el caballero de la triste figura, sin su escudero Sancho Panza, a quien
tantos consejos y promesas, le inculcó y prometió, a cambio de, sus servicios,
como escolta y ayudante de él. O las relaciones del ciego, gran maestro del
lazarillo, a quien tanto fustigó y sin cuya compañía ambos no se hubiesen
“beneficiado” mutuamente. Ayuda, asistencia o prestación de servicios demandados
por el ser humano, bien de forma voluntaria o retribuida y que sin ellos, la
mayoría de la humanidad, no podría haber llevado a cabo ciertos cometidos, con
éxito.
Servicios, que hacen cambiar la trayectoria de
la vida de una persona, tanto al que los presta, como al que los recibe y por
supuesto, con resultados y beneficios, muy heterogéneos, diferentes en provecho
y calidad en cada una de las partes. En el caso de Don Quijote, si no le hubiese
persuadido al bueno de Sancho Panza, su criado, para que le acompañase, no
hubiera culminado “con éxito”, algunas de sus aventuras y como consecuencia de
ello, hubiésemos contemplado, a nuestro hidalgo caballero, hablando consigo
mismo, y sin que sus correrías, hubiesen tenido la fuerza que amo y escudero,
juntos, le imprimieron, y dieron mientras cabalgaron.`por esos parajes de la
Mancha o Sierra Morena. Sin embargo, Sancho su escudero, tampoco hubiese tenido
la oportunidad “de haber sido ilustrado” por su señor, “acerca de los peligros
que correrían ambos cuando se enfrentaban a sus más fieros y tenebrosos
enemigos”, que los hallaban por doquier venta o camino que pisaban Y fue el
caso, que siendo Sancho, tan cerrado de mollera, (según el caballero nos
confesó, porque tenía la inteligencia de un ladrillo) nunca hubiese llegado a
ser, Don Sancho, gobernador de la ínsula Marataria, sin su señor.
“Sancho
en este pasaje, se muestra audaz y juicioso e impone una lección de cordura a
aquellos nobles ociosos y desalmados, a los que eligió Cervantes para satirizar
a la nobleza española”. No fue así para
Don Quijote, que una vez tachado de loco fuese enjaulado y devuelto a su casa,
acompañado por sus tres mejores amigos, el licenciado, el cura y el peluquero.
Aunque mala suerte también correría en otras ocasiones el desgraciado de Sancho
Panza, al que mantearan, palearon y se mofaron de él, con creces. Por lo que
nunca, por estas y otras cuitas, las relaciones entre ambos, dieron fruto
alguno y si muchos rompederos de cabeza, volviendo a sus hogares, con las bolsas
vacías y mucho que contar.
Aplicar estos episodios cervantinos, a todo
tiempo y lugar de nuestra sociedad, es lo que deseo, donde, unos, usan lanza y
yelmo de caballeros y otros por comodidad o falta de luces hacen el papel de
escuderos, para luego juntos recorrer caminos inhóspitos y a veces peligrosos y
poco gratos, donde el mayor enemigo del hombre, es él mismo, sus ambiciones e
intereses, ególatra ya de por sí y egoísta, por creerse el centro del mundo. Es
sumamente de importancia para el individuo, que halle una relación
interpersonal, para poder vencer los muchos obstáculos que se le pueda presentar
durante ese cabalgar sin tregua. El apoyo o ayuda de otros, siempre será de
interés por ambas lados, tal especificaba arriba. Y siempre nos será extraño,
porque sorprende, ver alguien, que de forma altruista o humanitaria, se ofrezca
a entregarse a su prójimo, sin recibir nada material a cambio, siendo estos
últimos, considerados, por no entenderse lo que les mueve a tomar tal postura,
como unos extraños jinetes solitarios, aislados del mundo. Mientras en la
humanidad batallarán sin descanso, unos cabalgando, otros a pie o en jumentos,
en busca de la panacea de oro, u otras gemas sobrenaturales, que al estar en su
poder, creen, les aliviará la fatiga y el ajetreo diario del camino. Serán altos
en el trayecto, los descansos en posadas en las que se alojen, o lugares, a
campo abierto, para reposo, cuando interrumpen su galopar sin tregua y
doloridos, darle desean, un descanso al cuerpo y al espíritu reconfortarlo con
la savia que éste le demande. Por lo que esas paradas, suelen ser de muy corta
duración, por temor a qué, alguien, les coja la delantera. Galopará el
“caballero” por tener una buena montura y tras él, o junto a él, su escudero,
siempre al trote borriquero, amparado por su caballero y que no, le impedirá a
éste último, se trague todo el polvo que tras sí va dejándole por el camino.
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