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Ante todo, disculpen, si con mi retórica, no
consigo deleitar al lector, de un hecho recientemente ocurrido, y del cual creo
yo, fueron sus causas, las que expondré a continuación:
Corren vientos malsanos que apestan a podrido, y
respira nuestra sociedad, que se ve obligada a aislarse, para que este aire
viciado, no traspase el umbral de sus hogares.
Hoy mi argumento basarlo lo tengo en esa vorágine
de muerte y destrucción, que se desata amenazante, allá, donde en un solo
día, mueren hasta un centenar de personas, a la vez que acá, como si
fuera un eco, de lo que está ocurriendo, se muestra en centros de enseñanza, y
universidades tan fríamente. Cuna de nuevas generaciones éstas, de
intelectuales, que una vez han sido iniciados en la educación y enseñanza por
sus mayores y el ambiente que les ha rodeado, ingresan en estos centros y si
cierto es, que son para ellos, fuente de sabiduría y ciencia, dichas
instituciones, encierran riesgos, amenazantes como la cizaña de una filosofía de
la vida, errónea, donde una diosa se erige como panacea del bien estar y la
belleza, ofreciendo a cambio, una felicidad ficticia, llena de desengaños y que
nunca sacia a los que la consumen, exterminadora de cuantos buenos principios,
credos y convicciones, que los jóvenes pudiesen conservar, heredados de la
familia. Tanto es, que cuando salen al mundo exterior, una vez ya en la calle,
comprueban cual ha sido el producto aportado: Más crimen, droga, prostitución
y tantas otras malsanas actividades que apestan, porque la obra de esta diosa,
consiste en mostrarles una vida fácil, rutinaria, sin problemas, mientras
destruye el espíritu noble y religioso de las comunidades y armoniosa
connivencia, que si bien llegan a descubrir que les hastía, pronto les ofrecerá
otras alternativas o salidas similares, para que no desistan en ese intento por
su decadencia. Cuantas veces, caen en una depresión, por estas mismas causas, y
la suplen por alguna clase de droga, o bien, se aíslan de los demás, en la más
triste soledad, en un estado de abandono total, porque la vida, no les
satisface, o cuantos otros, han optado por envolverse en alguno de esos
movimiento contranaturales, inconformistas hacia las estructuras modernas de la
sociedad, llamados hyppy.
El último franco tirador, Cho, que así se llamaba,
según se comenta, estaba en tela de juicio por su comportamiento, sin que nadie,
estudiara o pusiese medios para ayudarle, quizás se hubiese evitado con ello,
todo el mal que hizo. Vengarse de la sociedad, a través de sus compañeros, las
personas más cercanas a él, disparando contra ellos, hasta que se suicida. ¿Qué
fue lo que le llevó a cometer tan violenta masacre? ¿El gusto de darle al
gatillo de su arma hasta que se lo impidieron las circunstancias? ¿O fue la
causa, otra? que por cierto, que para una policía tan bien preparada como es la
estadounidense, tardó demasiado, en abortar tal matanza, como tampoco sé, porque
regla de tres, se siguen vendiendo armas y municiones y enseñando a disparar a
los menores de edad.
O se ponen en estos y otros centros, medidas
preventivas para evitar próximos desastres o según estadísticas que se tienen
allá, probable es, que se vuelva a repetir escena tan desagradable. Se supone,
lo estudiaran a fondo, para evitar suceda de nuevo. Y no creamos que solo
ocurre, en un país libre y democrático como son los EEUU, porque aquí en
España, sin ir mas lejos, donde se dice que “andamos atrasados” diez o más
años, algo que me complace oír, no será por mucho tiempo, porque, su incidencia
en la sociedad de los pueblos Europeos, ya se detectan estos aires viciados, que
se incrementan de forma alarmante. Si no, observen los primeros síntomas que
se están dando en la edad escolar, aquí en España, en escalas quizás más
bajas dentro de las aulas y fuera de ellas, donde el “niño” se encara con el
profesor, le amenaza y arrea, arma camorra contra sus compañeros, o persigue a
los más débiles o féminas, destrozando mobiliario o pertenencias del colegio,
para terminar de rematar su trabajo, sin que nadie, le diga a este elemento
destructivo, que ya está bien, y que pare. Pero lo intolerante de este
comportamiento, es su ejemplo, ante aquellos sus compañeros, los más pacíficos,
que bajo estas perspectiva, empiezan a espabilarse, para evitar el acoso escolar
que sufren. Cuantas veces le habrán ido a sus padres diciéndoles;
¡Papá, me han pegado en el colegio!, y estos les
hayan dado como repuesta:
¡Pues coge tú y les arreas también! Y no me vengas
a mí llorando.
Profesoras/es que enferman y tienen que darse de
baja, otros que piden el traslado, porque no aguantan la tensión habida, casos
de niños, que dejan de estudiar o tienen que cambiar de colegio, perder el
curso, malas notas, o algún otro que se suicida. Y todo, porque no hay quien
controle tal desatino.
Verán ustedes, lo que ocurre, porque lo he vivido en los centros
de enseñanza y es que suele haber una gama, de infantes conflictivos, la
mayoría de las veces, fiel reflejo de lo que han respirado en sus hogares,
un aire de mala educación, preponderancia, y mal fondo, que no les permite, que
nadie, se les imponga, (ni sus mismos padres, a los que tampoco respetan). Ellos
tienen que llevar el liderazgo de la clase y el derecho a mofarse de sus
compañeros a los que también humillan cuando les place. El profesorado, culpable
también, hace la vista gorda y encubre en lo posible cuanto más mejor, acciones
en las que debía haber intervenido y para evitar con ello denuncias y manchar el
buen nombre del colegio” prefieren silenciarlo Yo me preguntaría: si el
absentismo escolar, o falta de interés por el estudio, no será también debido a
estos fallos. Y es que hasta que no suena la alarma, porque alguien, harto de
tanta presión, la pone en marcha y ha agarrado la primera arma defensiva que
encuentra a mano y le casca al socarrón de turno, hasta entonces, aquí no ha
pasado nada, “La vida del colegio ha transcurrido sin novedad, todo ha ido
bien”. Pero este hecho, acto seguido, tiene su repercusión en el causante del
daño, y sin enjuiciar bien los hechos, el infeliz, se ve obligado a cambiar de
centro o ser castigado severamente. Y es aquí, cuando el alumno pacífico,
antes de que ocurra todo este desaliño, hinchadas ya sus pelotas, toma decisión
de tal magnitud, porque ha traspasado el límite de aguante y antes de caer
en una fuerte depresión, ha preferido arrearle al socarrón de turno, que le hizo
la vida imposible. Por cierto, esta es una opinión o narración, mía personal, a
la cual doy fin, en este momento, pensando en que, por aquí, debí haberla
empezado, para terminar con ese triste suceso, que ha dejado huella, en todos
los ámbitos, no solamente universitario, sino de la gente pacífica, deseosa de
vivir en un mundo de armonía, de acorde con los principios fundamentales de la
vida humana: El bienestar común.
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