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 LAS CARTAS DE DON MANUEL

Astuta difamación

 MANUEL RUBIO

 

 

FOTO: MANUEL RUBIO

Haciendo cabalas estoy, sobre cuales son las motivaciones, que a un Jefe de Estado democrático le lleva a declarar la guerra a otra nación e involucrar en ella, a todos sus ciudadanos y a cuantos otros países “amigos” tenga a mano. Imagino, que tal determinación, antes habrá sido consultada en los diferentes foros gubernamentales del país, para autorizar y aprobar tal actuación, por lo que deduzco, no sea, su máximo dignatario, el único responsable de tal determinación, sino todos aquellos que representan al pueblo, la nación entera.

 

Como ocurriera con la invasión de Irak, basada en el mayor error de estos tiempos, aún latente, según crónicas y reportajes que se nos transmiten, hasta la fecha, no ha dejado de causar destrucción y víctimas diarias de decenas de personas en ese país. Y es que este drama, no es para dejarlo de lado, pues aún, para mayor fatalidad, después de descubierta la trama, nadie se han retractado de sus errores, sino al revés, siguen machacando al país y eliminando cualquier prueba que demuestre lo contrario. Los calumniadores tiraron la piedra y escondieron la mano, ayudados por gente de igual catadura (calaña) que la de ellos, crueles e inhumanos, ansiosos de poder y oro negro. Y no dejemos escapar de esta acusación responsables también a culpables directos, esos otros “aliados” que obraron por coerción o deliberadamente, apoyando tal empresa. Como otra pifia cometida, fue la sentencia de Sadam Hussein, que nunca, debió haberse llevado a cabo, ya que quien lo incriminaba era consciente de esta difamación, al imputarle a un Jefe de Estado, acusaciones falaces que solo han conseguido con ello  elevarlo a la categoría de mártir.

 

Por eso detenerme quiero y a la vez mostrar,  lo que significa  la calumnia: La más abominable de las difamaciones que  producen daños irreparables, no solo, porque tiende a engañar y desacreditar a la persona, sino, por haber sido proyectada, con dolo, para luego, extenderla como  reguero de pólvora, por doquier, menoscabando la dignidad de la persona difamada. Tras toda clase de calumnia,  se esconde  un sujeto ruin y cobarde, de cualquier clase social, por regla general, ambicioso, de naturaleza enfermiza y poco sana, que no siendo capaz, el mismo, de enfrentarse a la persona que odia, lanza una mentira repugnante y insidiosa, que menoscaba la dignidad del ofendido y lo desacredita ante los demás. Como he dicho, una acusación tan falsa, como dispuesta a hacer el mayor daño posible, casi siempre hecha  por venganza o para obtener alguna clase de beneficio, que de  forma honrada, nunca hubiera conseguido.

 

Por desgracia unas veces, por error, otras deliberadas, la historia nos relata algunos de estos casos, en los que, populares hombres, tuvieron que penar culpas que no cometieron, llegando a ser desposeídos, ellos y sus familias, de dignidad y bienes y tras quedar arruinados, perdido hubieron su bienestar y paz. Algunos, más tarde,  tuvieron la ocasión de demostrar su inocencia, tras largos años de cautiverio, fueron indultados públicamente, y su mal reparado. Pero no así ocurría con todos, porque cuantos fueron los que nunca tuvieron esa oportunidad, llegando a ser ejecutados o bien murieron en las mazmorras, tras años de cautiverios, maltratados y denigrados. Pienso; que en su estado de ánimo, toda esperanza quedaría perdida. Debieron haber tenido una vida y muerte de las más atormentadas y angustiosas, esperando día tras día, alguien les anunciara su inocencia. Por eso, la calumnia sea, la más abominable de las acusaciones falsas.

 

Son astutas, como las zorras y más veloces que  el viento,  las palabras injuriosas, que destrozan amor y honra. Un rescoldo que se prende, una llama que se enciende de odio e ira y que se aviva dentro de mentes perversas y dañinas. Cuando arrojan su ponzoña, sienten dentro de sí, cierta distensión, como si un volcán escupiera tras la explosión, fuego lava y a acto seguido, una vez calmado, quedase en silencio. Expresiones lancinantes, que como jabalinas arrojadizas, se clavan en el corazón y  hacen trizas, a gente venerable y sencilla, que desearon sembrar paz y concordia. ¡Y a cambio, solo recogieron espinas!


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