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Haciendo
cabalas estoy, sobre cuales son las motivaciones, que a un Jefe de Estado
democrático le lleva a declarar la guerra a otra nación e involucrar en
ella, a todos sus ciudadanos y a cuantos otros países “amigos” tenga a mano.
Imagino, que tal determinación, antes habrá sido consultada en los diferentes
foros gubernamentales del país, para autorizar y aprobar tal actuación, por lo
que deduzco, no sea, su máximo dignatario, el único responsable de tal
determinación, sino todos aquellos que representan al pueblo, la nación entera.
Como
ocurriera con la invasión de Irak, basada en el mayor error de estos tiempos,
aún latente, según crónicas y reportajes que se nos transmiten, hasta la fecha,
no ha dejado de causar destrucción y víctimas diarias de decenas de
personas en ese país. Y es que este drama, no es para dejarlo de lado, pues aún,
para mayor fatalidad, después de descubierta la trama, nadie se han retractado
de sus errores, sino al revés, siguen machacando al país y eliminando
cualquier prueba que demuestre lo contrario. Los calumniadores tiraron la
piedra y escondieron la mano, ayudados por gente de igual catadura (calaña) que
la de ellos, crueles e inhumanos, ansiosos de poder y oro negro. Y no dejemos
escapar de esta acusación responsables también a culpables directos, esos otros
“aliados” que obraron por coerción o deliberadamente, apoyando tal empresa. Como
otra pifia cometida, fue la sentencia de Sadam Hussein, que nunca, debió haberse
llevado a cabo, ya que quien lo incriminaba era consciente de esta difamación,
al imputarle a un Jefe de Estado, acusaciones falaces que solo han conseguido
con ello elevarlo a la categoría de mártir.
Por eso detenerme quiero y a la vez
mostrar, lo que significa la calumnia: La más abominable de las
difamaciones que producen daños irreparables, no solo, porque tiende
a engañar y desacreditar a la persona, sino, por haber sido proyectada, con
dolo, para luego, extenderla como reguero de pólvora, por doquier, menoscabando
la dignidad de la persona difamada. Tras toda clase de calumnia, se esconde un
sujeto ruin y cobarde, de cualquier clase social, por regla general, ambicioso,
de naturaleza enfermiza y poco sana, que no siendo capaz, el mismo, de
enfrentarse a la persona que odia, lanza una mentira repugnante y insidiosa, que
menoscaba la dignidad del ofendido y lo desacredita ante los demás. Como he
dicho, una acusación tan falsa, como dispuesta a hacer el mayor daño
posible, casi siempre hecha por venganza o para obtener alguna clase
de beneficio, que de forma honrada, nunca hubiera conseguido.
Por desgracia unas veces, por error, otras
deliberadas, la historia nos relata algunos de estos casos, en los que,
populares hombres, tuvieron que penar culpas que no cometieron, llegando a ser
desposeídos, ellos y sus familias, de dignidad y bienes y tras quedar
arruinados, perdido hubieron su bienestar y paz. Algunos, más tarde, tuvieron
la ocasión de demostrar su inocencia, tras largos años de cautiverio, fueron
indultados públicamente, y su mal reparado. Pero no así ocurría con todos,
porque cuantos fueron los que nunca tuvieron esa oportunidad, llegando a ser
ejecutados o bien murieron en las mazmorras, tras años de cautiverios,
maltratados y denigrados. Pienso; que en su estado de ánimo, toda esperanza
quedaría perdida. Debieron haber tenido una vida y muerte de las más
atormentadas y angustiosas, esperando día tras día, alguien les anunciara su
inocencia. Por eso, la calumnia sea, la más abominable de las acusaciones
falsas.
Son astutas, como las zorras y más veloces que
el viento, las palabras injuriosas, que destrozan amor y honra. Un rescoldo que
se prende, una llama que se enciende de odio e ira y que se aviva dentro de
mentes perversas y dañinas. Cuando arrojan su ponzoña, sienten dentro de sí,
cierta distensión, como si un volcán escupiera tras la explosión, fuego lava y a
acto seguido, una vez calmado, quedase en silencio. Expresiones lancinantes, que
como jabalinas arrojadizas, se clavan en el corazón y hacen trizas, a gente
venerable y sencilla, que desearon sembrar paz y concordia. ¡Y a cambio, solo
recogieron espinas!
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