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 LAS CARTAS DE DON MANUEL

Sed risueños

 MANUEL RUBIO

 

 

FOTO: MANUEL RUBIO

Sed risueños si os sale del alma, porque mientras lo sintáis y con sinceridad lo hagáis,  la vida os será más propicia. Estar alegre, es  una manifestación deseable, que tiene la propiedad de contraer los músculos de la cara y arrugar la piel, dejando al descubierto labios y dientes Una señal de educación y cortesía, más dada en ciertas civilizaciones, y algunos pueblos.

 

Es una practica, que se adquiere, desde la infancia, cuando la madre, se muestra  por primera vez, ante su bebé, llena de gozo y sonriente, para después, ya dependiendo del carácter y temperamento del crío, éste, la  desarrolle  de  forma similar. Una mueca que aparece en  la cara, que indica, estar favorable o complaciente para alguien y produce a la vez cierto impacto en las personas con las que se asocia, más diría yo, como un suplemento del lenguaje, para solazar las relaciones con los demás, en ocasiones precisas. Hasta en momentos más críticos, se muestra este gesto, que  puede aliviar dolor e inquietudes de otros.

 

Hoy por desgracia, tanto se abusa de ella, en espectáculos públicos, televisión, y otras ceremonias, que  le hace pensar a uno, si estas inagotables sonrisas, hayan sido además de estudiadas, fijadas en la faz de quienes las manifiestan, mediante plastia  u otros procedimientos  de cirugía estética con el propósito de mostrar y transmitir una falsa sensación al espectador de alegría. Hay actores o presentadores que  finge tan bien, la sonrisa, con una falsa ingenuidad de la que carece y que es difícil de descubrir. Sin embargo, otras, a veces, tan escandalosas y esforzadísimas son, que se manifiestan con torrentes de carcajadas,  dejando en este caso al espectador con mal sabor de boca.

 

Risa sana poca hay, solo la de ese niño, chico o grande, que te agradece algo que le has entregado: cariño, amor, o pequeño regalo. O la de Marta Martínez con esa expresión tranquila y plácida que nos muestra en su foto en Opinion. Y no, siempre, la de ese clérigo o monja, que te sonríe, porque se lo enseñaron a practicar en el seminario, para demostradnos su paz con Dios o su serenidad de espíritu. Ni la sonrisa de ese mendigo, que sabe, le estas dando lo que te sobra por un acto de obligación cristiana. Ni la sonrisa sarcástica de ese  malévolo diablo, cuando va a realizar una fechoría. Ni la que se produce por envidia o mal fondo, por el hecho de haber sufrido alguien un tropiezo en la vida. Ni la del que, con lisonja quiere ganar la voluntad de otro. O como no, no faltaría más, la de esos políticos, que aparecen sonriendo para ganar votos etc. etc.

 

Aquí debería  cerrar esta exposición, mas, me queda una última,  lúgubre, pero real y tangible, la cual, no debo eludir: la de ese  moribundo, antes de dejar esta tierra, cuando una sonrisa, se le dibuja en la cara,  ante los que le asisten, porque los dolores han desparecido y el gran descanso eterno empieza a hacer acto de presencia en él. Una sonrisa que desaparece de su cara, cuando la paz y el silencio, ya han envuelto todo su ser, en su último suspiro, borrándose de ella, toda señal de vida. Culminando este acto,  serán las lágrimas y el llanto las que rompan el silencio de aquellas personas que lo quisieron. Y es que llorar como reír  puede ocurrir, en cualquier momento o circunstancia de la vida.  A llorar, nadie nos enseña, pero si cierto es, que a soportarlo si se educa, en muchas culturas, para trasladar las penas dentro de si mismo, manteniéndolas en un continuo silencio, que a veces ni el tiempo borra. Porque llorar se  inicia, el mismo día que se nace, y dura hasta que uno muere.

 

Y para que esta breve exposición que sobre la sonrisa he hecho, no acabe en hilaridad, aquí mismo, la corto sin el deseo, que por ello os entristezcáis.


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