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 LAS CARTAS DE DON MANUEL

El color de las cosas

 MANUEL RUBIO

 

 

FOTO: MANUEL RUBIO

Es mi criterio, que todo aquello  surgido de la naturaleza, no tiene color ni olor, hasta que el hombre lo detecta y define.  Desde que nacemos y a todo lo largo de la vida,  los estímulos que percibimos, van tomando en nuestra mente e imaginación una posición de espacio y tiempo sobre lugares y cosas que hemos captado,  quedando en mayor o menor grado, impresas en nuestra memoria, según la influencia que hayan tenido estas sensaciones.

 

Pero es notable e interesante conocer, como olor,  color y ruido a través de los tiempos se van permutando, sin variar el orden y la disposición en que estaban, dejando siempre un vestigio del pasado, a veces difícil de olvidar.

 

Estás tan sereno y de pronto, el plácido olor de un perfume te trae a la memoria el recuerdo de un ser que has amado o tratado. Si eres persona que ha vivido como yo,  olores y colores del ayer también advertirás que infunden cierta nostalgia de un pasado ya  perdido. Y voy a citar uno, para mi muy apreciado, y que en este momento me viene a la memoria, como vulgarmente se dice, “como anillo al dedo”:

 

“Recuerdos de un cortijo de Granada. Hará ya casi tres cuartos de siglo, sin luz eléctrica, alumbrado solo por candiles, velas o carburos y la de una chimenea chispeante y humosa, quemando trozos de maderas olorosas y sobre ellas, una gran marmita o perola de cobre, con aceite de oliva verde, hirviendo, donde, haciéndose están, unas patatas fritas y muy cerca, expectante, observando atenta y silenciosamente, todo el clan familiar,  siguiendo los movimientos de una gran espumadera que mueve estos tubérculos, en espera de ser consumidos  calientes con apetito. Quizás, si hubo suerte, unos huevos recientemente puestos en cualquier lugar del jardín por una hermosa gallina ponedora,  se le añadirían a las “papas”, aun más, si generosa se encuentra el ama de casa , descolgará del techo una de las patas de jamón, que secando las tiene y les arrancará algunas lonchas, para añadírselas también a la pitanza Y de postre, como no, leche frita, con miel o un tazón grande de leche azucarado, con la miga mojada, de una hogaza de pan, también sabroso, que con cuchara grande se comería.  Añadamos a todo ello,  ruidos, olores y colores, de una pequeña bodeguita en uno de los rincones de la casa, y la del  tufillo que entra por una de sus ventanas procedente de  las cuadras y porquerizas. Escenarios  todos, ya desaparecidos, pero que quedan impresos en la memoria junto con ese gran  calor familiar de alegría sana, que siempre permanecieron latentes, alejados del ruido. Otra. El perro que ladra, afuera, en un campo alumbrado por la luz de la luna. y el gran silencio de paz que lo envuelve todo, sin miedo a ser asaltados, aunque si pensando, que, cualquier gitanillo con la tripa vacía , dispuesto, pudiera estar, en sisar esa gallina de la que hemos hecho referencia. Paz y sosiego también se respiraba, y si leías el Ideal, el periódico del día, te irías directo a la columna  de sucesos, para conocer lo que en Granada estaba ocurriendo de especial: “Un maestro y su alumna menor de edad  que se escapan y se suicidan antes de ser capturados  por la Guardia Civil” noticia, que daría  para hablar, por tiempo, entre aquella gente sencilla Un periódico que tampoco le faltó el chiste o la viñeta de Miranda.

 

Noticias gordas serían, las que, poco después, sucedieran con  al comienzo de la guerra civil, cuando se supo, que en un cortijo, poco más arriba del nuestro situado,  había sido arrestado un poeta, Garcia Lorca, de una familia acomodada y  conocida. Mientras  en otro pueblo cercano, ocurriendo estaba lo mismo con un maestro, también  arrestado,  que junto a Federico correría la misma suerte.  Estos fueron los prolegómenos de una  guerra  que puso punto final, a una  convivencia que transcurría en paz. de olor y color y silencio. El ruido empezaría a sonar a partir de entonces, porque personas valientes, como Federico,  supieran mostrar con valentía las injusticias que se cometían impunemente Por entonces, yo era un chavea, (como por allí se suele decir) y no era consciente, del significado de la  penuria en la que vivían la mayoría  de los  trabajadores del campo.

                                                                                                             

Y cerrar quisiera esta carta con un soneto,  poesía de amor, a Granada, que compuse en esta misma capital, la pequeña patria mía:

 

 

SUEÑOS DE UN PROFETA

 

Techo  celeste que cubre Granada

Cielo azul, que oteo desde mi terraza,

el que cubre Puerta de Elvira y plaza,

Alambra, Albaicín y Sierra Nevada

 

Y todo esto no serviría de nada

si no contemplara sus tierras y raza,

como es  la Vega y otras villas que abraza.

Tres culturas, en una ya plasmada.

 

 Aires, que en mis pulmones, se acumulan

mientras mi olfato, en su fragancia se recrea,

soplo fresco, traído de allá,  sus cumbres

 

y de  los bosques y ríos que postulan

a  una luna candente, que colorea

al Sacromonte, a su cante y costumbres

 

Estrambote:

Fue el sueño, realizado por un profeta

al que, tan preciada  obra, se le encomendó

y a la que Alá, con gran  sapiencia refrendó,

como,  sultana más bella y perfecta.

 

Manuel Rubio

26/09/01


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