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Es mi criterio, que todo aquello surgido de la
naturaleza, no tiene color ni olor, hasta que el hombre lo detecta y define.
Desde que nacemos y a todo lo largo de la vida, los estímulos que percibimos,
van tomando en nuestra mente e imaginación una posición de espacio y tiempo
sobre lugares y cosas que hemos captado, quedando en mayor o menor grado,
impresas en nuestra memoria, según la influencia que hayan tenido estas
sensaciones.
Pero es notable e interesante conocer, como
olor, color y ruido a través de los tiempos se van permutando, sin variar
el orden y la disposición en que estaban, dejando siempre un vestigio del
pasado, a veces difícil de olvidar.
Estás tan sereno y de pronto, el plácido olor de
un perfume te trae a la memoria el recuerdo de un ser que has amado o tratado.
Si eres persona que ha vivido como yo, olores y colores del ayer también
advertirás que infunden cierta nostalgia de un pasado ya perdido. Y voy a citar
uno, para mi muy apreciado, y que en este momento me viene a la memoria, como
vulgarmente se dice, “como anillo al dedo”:
“Recuerdos de un cortijo de Granada. Hará ya
casi tres cuartos de siglo, sin luz eléctrica, alumbrado solo por candiles,
velas o carburos y la de una chimenea chispeante y humosa,
quemando trozos de maderas olorosas y sobre ellas, una gran marmita o perola de
cobre, con aceite de oliva verde, hirviendo, donde, haciéndose están, unas
patatas fritas y muy cerca, expectante, observando atenta y silenciosamente,
todo el clan familiar, siguiendo los movimientos de una gran espumadera que
mueve estos tubérculos, en espera de ser consumidos calientes con apetito.
Quizás, si hubo suerte, unos huevos recientemente puestos en cualquier lugar
del jardín por una hermosa gallina ponedora, se le añadirían a las “papas”, aun
más, si generosa se encuentra el ama de casa , descolgará del techo una de las
patas de jamón, que secando las tiene y les arrancará algunas lonchas, para
añadírselas también a la pitanza Y de postre, como no, leche frita, con miel
o un tazón grande de leche azucarado, con la miga mojada, de una hogaza de
pan, también sabroso, que con cuchara grande se comería. Añadamos a todo ello,
ruidos, olores y colores, de una pequeña bodeguita en uno de los rincones de la
casa, y la del tufillo que entra por una de sus ventanas procedente de las
cuadras y porquerizas. Escenarios todos, ya desaparecidos, pero que quedan
impresos en la memoria junto con ese gran calor familiar de alegría sana, que
siempre permanecieron latentes, alejados del ruido. Otra. El perro que ladra,
afuera, en un campo alumbrado por la luz de la luna. y el gran silencio de paz
que lo envuelve todo, sin miedo a ser asaltados, aunque si pensando, que,
cualquier gitanillo con la tripa vacía , dispuesto, pudiera estar, en sisar esa
gallina de la que hemos hecho referencia. Paz y sosiego también se respiraba,
y si leías el Ideal, el periódico del día, te irías directo a la columna de
sucesos, para conocer lo que en Granada estaba ocurriendo de especial: “Un
maestro y su alumna menor de edad que se escapan y se suicidan antes de ser
capturados por la Guardia Civil” noticia, que daría para hablar, por tiempo,
entre aquella gente sencilla Un periódico que tampoco le faltó el chiste o la
viñeta de Miranda.
Noticias gordas serían, las que, poco después,
sucedieran con al comienzo de la guerra civil, cuando se supo, que en un
cortijo, poco más arriba del nuestro situado, había sido arrestado un
poeta, Garcia Lorca, de una familia acomodada y conocida. Mientras en otro
pueblo cercano, ocurriendo estaba lo mismo con un maestro, también arrestado,
que junto a Federico correría la misma suerte. Estos fueron los prolegómenos de
una guerra que puso punto final, a una convivencia que transcurría en paz. de
olor y color y silencio. El ruido empezaría a sonar a partir de entonces, porque
personas valientes, como Federico, supieran mostrar con valentía las
injusticias que se cometían impunemente Por entonces, yo era un chavea, (como
por allí se suele decir) y no era consciente, del significado de la penuria en
la que vivían la mayoría de los trabajadores del campo.
Y cerrar quisiera esta carta con un soneto,
poesía de amor, a Granada, que compuse en esta misma capital, la pequeña patria
mía:
SUEÑOS DE UN PROFETA
Techo celeste que cubre Granada
Cielo azul, que oteo desde mi terraza,
el que cubre Puerta de Elvira y plaza,
Alambra, Albaicín y Sierra Nevada
Y todo esto no serviría de nada
si no contemplara sus tierras y raza,
como es la Vega y otras villas que abraza.
Tres culturas, en una ya plasmada.
Aires, que en mis pulmones, se acumulan
mientras mi olfato, en su fragancia se recrea,
soplo fresco, traído de allá, sus cumbres
y de los bosques y ríos que postulan
a una luna candente, que colorea
al Sacromonte, a su cante y costumbres
Estrambote:
Fue el sueño, realizado por un profeta
al que, tan preciada obra, se le encomendó
y a la que Alá, con gran sapiencia
refrendó,
como, sultana más bella y perfecta.
Manuel Rubio
26/09/01
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