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Si sé,
por
qué,
existe cierto rechazo, en muchas personas, por las
fechas, nombres o lugares,
cuando llegada les es la hora de memorizarlos. Tan fastidiosos, les resulta, que
no llegan a precisar en ellos. Y es debido a que no valoran el orden
cronológico de los hechos acontecidos, solo, en cuanto más, tal sucedieron, y si
acaso, con un margen de tiempo adecuadamente holgado, para no atosigar su mente
en demasía. ¡Sin embargo, amárrense, les fastidia
la impuntualidad
en sus citas con los demás!
“Recuerdo a un compañero de trabajo, aparejador, que de mote le pusieron “Pepe
leches”, por eso de importarle todo, un pito. Un día, a petición suya, lo lleve,
en moto, para una cita, de trabajo, a la cual, como es natural, llegó también
tarde. Ya en la puerta, me suplicó le esperara, porque saldría enseguida. Yo
persona generosa, con todo aquél, que algo factible me pide, le correspondí,
esperándolo, no solo un rato, sino más de una hora, y cuando arrancando ya
estaba mi vehículo para marcharme, salió él, muy tranquilo, sin prisa alguna.
Indignado, le reproché, su falta de palabra y su forma de actuar. ¿Y sabéis lo
que me contestó, sin ninguna clase de excusas?: “Que no entendía como la gente
como yo, se “cabreaba tanto”, con esto de la puntualidad” y bla bla… Por
supuesto, fue la última vez, que volví a reunirme con él.
El
llamado reloj de arena, fue el primero que supo contabilizar, cuanto tiempo (o
arena) debería pasar de un recipiente a otro, para cocer un par de huevos.
“Porque cuando se excede el tiempo, dicho sea, se pasan, se le ponen a uno
duros” Y esto fue, lo que me ocurrió con Pepe leches
Si
hacemos uso del reloj, es para no llegar tarde a las citas, y cumplir los
compromisos con nuestros semejantes o trabajo, pero nunca, debe usarse para que
el tiempo nos imponga de forma tiránica unas obligaciones, haciendo con ello,
que él, rija nuestro destino, y nos frene libertades, de por sí, todas ellas
bastantes mermadas, ya las tenemos.
Si el
lenguaje del tiempo, se reduce a temprano, tarde, antes, ahora, después, al
medio día, o media noche, o en este o aquél momento. También, se le puede
ampliar su espacio, con las frases de principios de, a finales de etc. Estos
últimos conceptos, sin embargo, al ampliarse, no llegan a tener ese rigor tan
severo, como tal data, y por lo tanto, no precisan, tampoco complicar, en
demasía, las tareas de la memoria.
¿A que
es cierto, que muchas veces, hemos envidiado a esas otras culturas, que con
cierta parsimonia y filosofía, se toman sus obligaciones, sin andar de prisa
para llegar a algún lugar o cita. Una mentalidad y modo de vida, por el que
ellos pueden prescindir de ese “codiciado” reloj- pulsera, que saben, les
encadenara más, como esclavos al tiempo. - Razones tienen, y largas de exponer.
Por lo que prefieren ser libres de tal atadura que actualmente y con el avance
de la tecnología, atenaza al hombre civilizado, cada vez más, siempre presuroso
en toda ocasión, por llegar a un sitio determinado, por eso del que
tiempo es
oro.
Lo más
grave, es cuando se corre, sin saber dónde se va. Dicho sea, sin destino a lugar
alguno. Por que los hay, quienes corren y corren y luego se preguntan ¿A dónde
voy? Y mientras han estado corriendo, se les han pasado las mejores ocasiones.
Ahora ya no se puede enmendar la plana, llegado ha, el final del camino y lo
perdido, no se puede recuperar.
Antes o Después (soneto)
Empleada se haya la mente, curiosa,
en fijar fecha, u otra referencia,
¡Como si esto, de hecho, fuera la esencia,
de ese espacio, en el que acaeció tal cosa!.
¿Es, el tal momento, raíz imperiosa
para que, el hecho tenga preferencia,
o quizás, sea, una simple coincidencia
para que tal data, sea harto valiosa?.
Entre antes y el después, solo hay un tiempo,
De un cuando ocurrió, aquél o éste evento,
Un ayer y un hoy, continuo de vida
donde el acierto, como el contratiempo,
acción, que afecta al sentimiento,
se goza o se llora, y después, se olvida.
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