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Se remonta mi imaginación, hacia tiempos pasados,
buscando en ellos, lo que de positivo o bueno nos pudieran haber dejado, pueblos
y gentes, porque antaño como hogaño desafueros e inmoralidades se cometieron, al
igual que hoy, harto dolorosos, que produjeron daño. Cerebros beligerantes, que
cuando no buscaban la guerra, se jactaban con los más débiles. Una clase
campesina, que, por razones de seguridad, cerca de los castillos de sus
señores, forzada se veía, a vivir, por lo que, pagar altos tributos a éste,
debieron, para recibir a cambio, seguridad o protección Plebeyos, que solo
disponían como “suyo”, de una parcela pequeña de terreno y algún ganado.
Porque, como sabemos, aquellos hidalgos caballeros, al igual que sus reyes,
también eran señores y dueños de toda vida y hacienda…
Sería por el siglo XI, quizás, cuando naciera
esta profesión de Trovero o Trovador en Francia, o a finales de la edad media,
en este mismo país, para después pasar a continuación a otros reinados
limítrofes. Sus verdaderos mecenas, siempre serían los grandes señores feudales,
quienes, los contrataban para que compusieran a su agrado, versos y música, que
cantaran y encomiaran al valor, amor, u otras andanzas, por ellos realizadas,..
Fluiría de clase plebeya, este avispado artista,
siempre valorado por su inteligencia y creatividad, que más tarde, una vez, de
su compromiso, libre se veía, “perdía el hato” -como por entonces se
declaraba- y con su laúd u otro instrumento musical a cuestas, por campos,
castillos, o villas, se esfumaba, para contar cuanto oía y veía, en un andar
errante, de un lado para otro, bien a pie o cabalgando sobre bestia alguna que
hallara,.. . Un trovero de ayer, que se anticipó, al comentarista de hoy, con
sus noticias “frescas” transmitidas a través, de su melodiosa y estoica voz, a
un público muy condescendiente
Sus temas favoritos, a trovar serían entre las
más corrientes: Las vicisitudes de aquél caballero que… o la, de la de la
sirvienta o hija del, tabernero, barbero, herrero, molinero o tahonero. O la
de aquella otra, que cubriéndose el rostro con un pañuelo, su hogar abandonaba,
poniéndose a muchas leguas de distancia de su lugar de origen, para que no la
descubriesen, o como por entonces bien se decía, para que no la sacaran a la
vergüenza, escondiendo así su deshonra, que, muy posible, caballero u otro
malandrín, a ello, le hubiese obligado, como posiblemente, pagado, para escapar
a cualquier habladuría.
Y que a nadie, de esto se escandalice, porque lo
normal era entonces, que para no ser juzgadas estas “deshonradas vírgenes”,
lejos se desplazaran, aunque después, nuestro trovero o trovador, de contarlo,
se encargara otras mil veces.
Juglar, o trovador, ¡Copleros!
Poeta de un tiempo pasado,
Viajante, experto en senderos
y hostil a cualquier altercado.
Su morada: Vereda o camino,
por estar del cielo enamorado.
Su meta: Encontrar, un destino
donde su verbo, alto cante
los amoríos de un amante
Evocador y enamorado.
de la villa o aldea que le escucha.
y doncella que le seduce.
Viva, en castillo o bien casucha,
soltera o no, mas, fuera, dulce,
Y sí aparte, es rica y bella,
para él, mejor, que para ella
Sus armas, la guitarra o el laúd,
u otro instrumento de cuerda.
Su sonrisa ingenua, el escudo.
Y en sus citas, bien se recuerda,
nunca, faltó, un efusivo saludo
antes de salir huyendo del acoso,
de algún exaltado marido, celoso
¿Limosnero? ¡¡Qué va!. Sepa yo..!!
¡ Si. Apenas recibía exigua dádiva
por su misión amena y atractiva,
de ese público, harto plebeyo.!
Manuel Rubio
1 de enero de 1999
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