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El pasado día 12 de octubre, presenciamos el desfile de las diferentes fuerzas
militares de éste país, que regularmente lo hacen por estas fechas en Madrid y
que a mi particularmente y a mi familia gusta verlos, por haber pertenecido,
muchos miembros de la familia, como otros antepasados a los ejércitos de este
país que dejaron constancia de su valor por actos heroicos, en las
diferentes campañas, sostenidas contra los que se enfrentaron, cada uno, dentro
de los cuerpos a los que pertenecieron. Hoy, por el hecho de que no hayan
militares dentro de la familia, no por eso, nos hace sentirnos distanciados de
ellos, porque su memoria, la conservamos con orgullo.
Un cuerpo, bajo un solo mando, necesario para nuestro país y más en estas
fechas en la que nuestra nación está constantemente en peligro. Quiera Dios, no
tengamos que salir fuera de nuestras fronteras ni ser atacados por aquellos que
desean destruir nuestra unidad,. Y veamos todos los años desfilar a estas
fuerzas junto a otras naciones, siempre en paz. ¡Por lo que pienso, que para un
español, pensar así, no sea ningún coñazo!
Por lo anteriormente expuesto y el
hecho de que haya personas, que les guste conocer a los ejércitos de todas las
épocas, no resulte raro, existan coleccionistas de soldaditos de plomo.
Figuritas de plomo, de todos los colores, soldaditos enarbolando banderas y
banderines, colocados, sobre un amplio tablón, emplazado en el centro de algún
gran salón de sus casas. Habiendo algunos de ellos a reunir el medio millar de
figuritas, representativas de los mas variados ejércitos.
Un extenso tablero, cubierto de
arenilla, donde aparecen sobre él, divididos en facciones o bandos, hostiles,
dos ejércitos en posición de combate, unos soldados a pie, otros de rodillas, y
un poco más allá, un regimiento a caballo, con el sable levantado, que nos da la
sensación de que la batalla haya comenzado. Fusileros, con uniformes de época,
de distintas nacionalidades, española, napoleónica, inglesa y prusiana,
apuntando sus armas. Todos, bien pertrechados y uniformados. En montículos
distanciados, sendos generales, en litigio, a caballo, con sus respectivos
cornetines. Uno de ellos, muestra a un soldado acercándose, a uno de sus
generales, para entregarle un documento, haciéndonos pensar, se trate de un
parte de guerra. Todos en perfecta formación, tal, el papá de Carlitos, hubo
alineado días antes, de forma laboriosa e inteligente. Pero el pequeño Carlitos,
a pesar de que se le haya prohibido, la entrada en esta recinto, por los
múltiples desbarajustes que a menudo siempre causa en su colección, no se le
permite la entrada, y sin embargo hoy, volverá a reincidir, una vez más,
aprovechando que su papá, en ese momento no está en casa, a hurtadillas se
introduce en la habitación prohibida, para que nadie lo vea entrar. Una vez ya
dentro de ella, lo pasará a lo grande y a sus anchas. Vale la pena.
El silencio reinante en aquél
habitáculo, junto al olor a añejo de su mobiliario y la de la purpurina y
pintura, que desprenden aquellos muñequitos de plomo, a Carlitos le estimulará.
Aún más, el hecho de encontrarse allí solo, sin que nadie le pueda llamar la
atención, le hará sentirse mejor. Ya ha encendido la luz, un foco que ilumina
aquél gran escenario o campo de batalla y tomado ha acomodo, en un asiento ante
este gran tinglado, que ya su abuelo paterno, largo tiempo hace, comenzara a
montar. De rodillas, encima de una silla y con la barbilla apoyada sobre el filo
de la mesa, procura tener las dos manos aprisionándolas, para evitar con ello, -
“ni siquiera por un momento”- tocar las figuritas, de aquella colección,
mientras se regocija mirando de un lado para otro, uno por uno, como si pasando
revista estuviera, a todos, y fijamente examinándolos.
El gran espectáculo se le presenta
ante su vista que le seduce y enardece, tanto, que empieza, a sentir, el ruido
de las armas y los gritos de guerra. Para él, es, que ya están todos en pie de
guerra. De pronto, observa en uno de ellos, su fusil, no lo tiene bien
encañonado hacia el enemigo y con el interés de que se halle en correcta
posición, decide, romper su promesa de no tocarlos y corregir tal desatino, para
cuando de nuevo “vuelva a disparar”, piensa él, esta vez de lleno, dé en el
blanco. A continuación cavila, que si a este bando, se le suministrara un cañón,
le facilitaría la victoria, así que, ni corto o perezoso, se lo sustrae a un
Regimiento de Artillería que al parecer está en la retaguardia, lo emplaza
detrás de los combatientes y con su boca y labios, rompe el silencio de aquella
habitación, articulando un fuerte
¡Buum!
Acaba de dispararlo y piensa que ha hecho una gran blanco en las líneas
enemigas, para lo cual, tira al suelo, varios de los soldados enemigos. Ahora,
ya quita y pone, soldaditos acá y allá, porque la guerra así lo requiere, al ir
tomando ésta, un cariz bastante embarazoso.
Cuando más enfrascado está en todo
ello, he aquí, que descubre, que a quienes les está ayudando, es a la facción
enemiga y que en realidad, era a la que tenía que proteger, la que enarbolaba
la bandera de su país. Arrepentido por ello, no lo duda y para arreglar tal
pifiada, con gran remordimiento comienza de nuevo, la escalada. Atareado estaba
en ello, cuando sin querer, da un manotazo en la mesa y a consecuencia de ello,
al suelo caen, otras pocas figuritas. Rápido, se baja de la silla y las devuelve
“a sus posiciones” de combate, continuando de nuevo, su trabajo, pero esta vez,
se halla dolorido y lleno de coraje, porque a aquellos a los que tuvo de su
parte, creyendo eran de su bando, ahora, les tendrá que traicionar. Recapacita
la criatura de nuevo, por unos instantes y sin dejar de tocarlos, ni saber que
hacer con tal situación, confuso y malhumorado, por el error causado, y el
tanto daño, que ha hecho a su país, dícese para sí mismo: ¡Por culpa de esta
pifia, a pique estuve de cargarme a mi gente! ¡Habré de arreglar este entuerto,
así que lo mejor que podré hacer, es que cesen las hostilidades, durante algún
tiempo! Para ello, manda sin dilación, a los generales, de ambos lados, que sus
cornetines, toquen retirada y cesen las hostilidades. Uno a uno, heridos y
muertos, los va incorporando, a sus correspondientes guarniciones. Ahora le
sobran piezas y le falta sitio y a la ligera, los pone a todos, donde él, cree
a verlos visto antes. Para Carlitos el juego ha terminado y antes de que su
padre vuelva y lo coja infraganti, hace mutis por la puerta, aquella por la
misma que entró con la máxima discreción, no sin antes, haberse metido en cada
uno de los bolsillos de su pantalón, por separado, a sus dos generales, para que
no intenten de nuevo volver a las andanadas.
Apagando los focos del cuarto estaba,
cuando oyó la voz de su madre, que le ordenaba se fuese a su cuarto y se
acostara por ser ya tarde. Orden que da por buena, obedeciendo. Una vez solo en
su alcoba, saca de sus bolsillos, a sus dos generales, y los introduce debajo de
la almohada, no sin antes, haberles ordenado, no salieran de este lugar, bajo la
amenaza de que si alguno lo hiciese, le (fusilaría) fundiría en una lata y haría
con el perdigones, para que no volvieran a las andadas.
Por fin, el sueño le vence y cae
dormido, y entre sueños, ve a sus dos generales hechos amigos, en una tribuna,
presidiendo el desfile de sus soldados y una multitud de público, vitoreándoles,
sin preocuparle, “quienes de ellos” fueron los vencedores y quienes los
vencidos. En cuanto a los muertos, que dejara sobre la mesa, no les preocupa por
el momento, ya resucitaran, se dice así mismo, porque sabe bien, que su papá
después de regañarle, los pondrá de nuevo, en pie, como si aquí, nada hubiese
pasado. DIARIO Bahía
de Cádiz
¡Feliz noche tengas Carlitos! Que
todas los pérdidas que se cometan en este
mundo, así sean.
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