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 LAS CARTAS DE DON MANUEL

Soldaditos de plomo

 MANUEL RUBIO

 

El pasado día 12 de octubre, presenciamos el desfile de las diferentes fuerzas militares de éste país, que regularmente lo hacen por estas fechas en Madrid y que a mi particularmente y a mi familia  gusta verlos, por haber pertenecido, muchos miembros de la  familia, como  otros antepasados a los ejércitos de este país  que dejaron  constancia de su valor  por  actos heroicos, en las diferentes campañas, sostenidas contra los que se enfrentaron, cada uno,  dentro de  los cuerpos a los que pertenecieron. Hoy, por el hecho de que no hayan militares dentro de la familia, no por eso, nos hace sentirnos distanciados de ellos, porque su memoria, la conservamos con orgullo.

 

 Un cuerpo, bajo un solo mando, necesario para nuestro país y más en estas fechas en la que nuestra nación está constantemente en peligro. Quiera Dios, no tengamos que salir fuera de nuestras fronteras ni ser  atacados por aquellos que desean destruir nuestra unidad,. Y veamos todos los años desfilar a estas fuerzas junto a otras naciones, siempre en paz. ¡Por lo que pienso, que para un español,  pensar así, no sea ningún coñazo!

 

FOTO: MANUEL RUBIO

Por lo anteriormente expuesto y el hecho de que haya personas, que les guste conocer a los ejércitos de todas las épocas, no resulte raro, existan coleccionistas de soldaditos de plomo. Figuritas de plomo, de todos los colores, soldaditos enarbolando banderas y banderines, colocados, sobre un amplio tablón, emplazado en el centro de algún  gran salón de sus casas. Habiendo algunos de ellos a reunir el medio millar de figuritas, representativas de los mas variados ejércitos. 

 

Un extenso tablero, cubierto de arenilla, donde aparecen sobre él, divididos en facciones o bandos, hostiles, dos ejércitos en posición de combate, unos soldados a pie, otros de rodillas, y un poco más allá, un regimiento a caballo, con el sable levantado, que nos da la sensación de que la batalla haya comenzado. Fusileros, con uniformes de época, de distintas nacionalidades, española, napoleónica, inglesa y prusiana, apuntando sus armas. Todos, bien pertrechados y uniformados. En montículos distanciados, sendos generales, en litigio, a caballo, con sus respectivos cornetines. Uno de ellos, muestra a un soldado acercándose, a uno de sus generales, para entregarle un documento, haciéndonos pensar, se trate de un parte de guerra. Todos en perfecta formación, tal, el papá de Carlitos, hubo alineado días antes, de forma laboriosa e inteligente. Pero el pequeño Carlitos, a pesar de que se le haya prohibido, la entrada en esta recinto, por los múltiples desbarajustes que a menudo siempre causa en su colección, no se le permite la entrada, y sin embargo hoy, volverá a reincidir, una vez más, aprovechando que su papá, en ese momento  no está en casa, a hurtadillas se introduce en la habitación  prohibida, para que nadie lo vea entrar. Una vez ya dentro de ella, lo pasará a lo grande y a sus anchas. Vale la pena.

 

El silencio reinante en aquél habitáculo, junto al olor a añejo de su mobiliario y la de la purpurina y pintura, que desprenden aquellos muñequitos de plomo, a Carlitos le estimulará. Aún más, el hecho de encontrarse allí solo, sin que nadie le pueda llamar la atención, le hará sentirse mejor. Ya ha encendido la luz, un foco que ilumina aquél gran escenario o campo de batalla y tomado ha acomodo, en un asiento ante este gran tinglado, que ya su abuelo paterno, largo tiempo hace, comenzara a montar. De rodillas, encima de una silla y con la barbilla apoyada sobre el filo de la mesa, procura tener las dos manos aprisionándolas, para evitar con ello, - “ni siquiera por un momento”- tocar las figuritas, de aquella colección, mientras se regocija mirando de un lado para otro,  uno por uno, como si pasando revista estuviera, a todos, y fijamente examinándolos.

 

El gran espectáculo se le presenta ante su vista que le seduce y enardece, tanto, que  empieza, a sentir, el ruido de las armas y los gritos de guerra. Para él, es, que ya están todos en pie de guerra. De pronto, observa en uno de ellos, su fusil, no lo tiene bien encañonado hacia el enemigo y con el interés de que se halle en correcta posición, decide, romper su promesa de no tocarlos y corregir tal desatino, para cuando de nuevo “vuelva a disparar”, piensa él, esta vez de lleno, dé en el blanco. A continuación cavila, que si a este bando, se le suministrara un cañón, le facilitaría la victoria, así que, ni corto o perezoso, se lo sustrae a un Regimiento de Artillería que al parecer está en la retaguardia, lo emplaza detrás de los combatientes y con su boca y labios, rompe el silencio de aquella habitación, articulando un fuerte ¡Buum! Acaba de dispararlo y piensa que ha hecho una gran blanco en las líneas enemigas, para lo cual, tira al suelo, varios de los soldados enemigos. Ahora, ya quita y pone, soldaditos acá y allá, porque la guerra así lo requiere, al ir tomando ésta, un cariz bastante embarazoso.

 

Cuando más enfrascado está en todo ello, he aquí, que descubre, que a quienes les está ayudando, es a la facción enemiga y que en realidad, era a  la que tenía que proteger, la que enarbolaba la bandera de su país. Arrepentido por ello, no lo duda y para arreglar tal pifiada, con gran remordimiento comienza de nuevo, la escalada. Atareado estaba en ello, cuando sin querer, da un manotazo en la mesa y a consecuencia de ello, al suelo caen, otras pocas figuritas. Rápido, se baja de la silla y las devuelve “a sus posiciones” de combate, continuando de nuevo, su trabajo, pero esta vez, se halla dolorido y lleno de coraje, porque a aquellos a los que tuvo de su parte, creyendo eran de su bando, ahora, les tendrá que traicionar. Recapacita la criatura de nuevo, por unos instantes y sin dejar de tocarlos, ni saber que hacer con tal situación,  confuso y malhumorado, por el error causado, y el tanto daño, que ha hecho a su país, dícese para sí mismo: ¡Por culpa de esta pifia, a pique estuve de cargarme a mi gente! ¡Habré de arreglar este entuerto, así que lo mejor que podré hacer, es que cesen las hostilidades, durante algún tiempo! Para ello, manda sin dilación, a los generales, de ambos lados, que sus cornetines, toquen retirada y cesen las hostilidades. Uno a uno, heridos y muertos, los va incorporando, a sus correspondientes guarniciones. Ahora le sobran piezas y le falta sitio y a la ligera,  los pone a todos, donde él, cree a verlos visto antes. Para Carlitos el juego ha terminado y antes de que su padre vuelva y lo coja infraganti, hace mutis por la puerta, aquella por la misma que entró con la máxima discreción, no sin antes, haberse metido en cada uno de los bolsillos de su pantalón, por separado, a sus dos generales, para que no intenten de nuevo volver a las andanadas.

 

Apagando los focos del cuarto estaba, cuando oyó la voz de su madre, que le ordenaba se fuese a su cuarto y se acostara por ser ya tarde. Orden que da por buena, obedeciendo. Una vez solo en su alcoba, saca de sus bolsillos, a sus dos generales, y los introduce debajo de la almohada, no sin antes, haberles ordenado, no salieran de este lugar, bajo la amenaza de que si alguno lo hiciese, le (fusilaría) fundiría en una lata y haría con el perdigones, para que no volvieran a las andadas.

 

Por fin, el sueño le vence y cae dormido, y entre sueños, ve a sus dos generales hechos amigos, en una tribuna, presidiendo el desfile de sus soldados y una multitud de público, vitoreándoles, sin preocuparle, “quienes de ellos” fueron los vencedores y quienes los vencidos. En cuanto a los muertos, que dejara sobre la mesa, no les preocupa por el momento, ya resucitaran, se dice así mismo, porque sabe bien, que su papá después de regañarle, los pondrá de nuevo, en pie, como si aquí, nada hubiese pasado. DIARIO Bahía de Cádiz

 

¡Feliz noche tengas Carlitos! Que todas los pérdidas que se cometan en este mundo, así sean.


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