
La vocación del ex ministro de Defensa Federico
Trillo por la guerra es tan desbocada que no podía publicar un libro con otro
título que no fuera Memoria de entreguerras. Siendo titular del Departamento
de Defensa ya dio fe de esta insatisfecha inclinación. Para nuestra historia
más reciente, dejó dos anécdotas incuestionables y algunos hechos censurables.
Llamémoslas anécdotas por no denominarlas mofas o bromas de mal gusto. La
primera tuvo lugar el 16 de febrero de 2004. Una periodista de la Cadena SER
le preguntó ingenuamente por el paradero de la armas de destrucción masiva que
sirvió de argumento para invadir Irak. Sin más ni más, Trillo sacó un euro del
bolsillo, y respondió sin ningún respeto a los periodistas: “Llevo una semana
guardando el mismo euro para el que me preguntara por las armas de destrucción
masiva, pero como he sabido que empiezan a perder interés, se lo ha ganado
usted”. Después hizo rodar la moneda por la mesa en dirección a la periodista.
La segunda anécdota es aún más vergonzosa y, por
supuesto, nada propia de un ministro. El 21 de febrero de ese mismo año,
Trillo pronuncia en un hotel de Santa Pola un discurso ante 200 simpatizantes
y afiliados del PP. No pudo eludir el tema pesquero, porque se trataba del
acto apertura de su campaña electoral como candidato a diputado por Alicante.
Y dijo sin vaguedades y con humor difícil de catalogar: “A mí lo que me
hubiese gustado es ser ministro de Defensa hace ocho años, pero me hubiera
gustado sólo por una cosa, queridos santapoleros, para haber tomado la isla
(de Perejil) ocho años antes, y que nuestros pescadores hubieran pescado en
las aguas de Marruecos, caramba”.
Todos recordamos aún la operación para desalojar
del islote a los soldados marroquíes que vigilaban el lugar. Pero hay un hecho
que en su momento no se dio a conocer en toda su amplitud. La revista
Interviú, sin embargo, sí lo hizo. El 29 de noviembre de 2004 publicó fotos de
los seis soldados marroquíes que se encontraban en el silote de Perejil en
julio de 2002 y que fueron desarmados y detenidos por un equipo de Operaciones
Especiales del Ejército de Tierra español. La gravedad de los hechos es que
las fotos mostraban a los soldados marroquíes maniatados a la espalda,
sentados en el suelo y con la cabeza cubierta por una capucha que les impedía
la visión. La misma imagen que tantas veces vimos en las cáceles de Irak y en
Guantánamo.
Los marroquíes eran soldados normales y
corrientes que se entregaron rápidamente sin resistencia ante nuestra armada
invencible, excepto uno que se opuso ligeramente. Parece que los ejércitos
occidentales utilizan estos nuevos métodos sea cual sea el escenario y el tipo
de enemigo. El uso de capuchas por parte de los ejércitos es bastante
reciente. Hasta hace poco sólo la usaban determinados servicios de información
y policiales cuando aplicaban tortura física. Los israelíes extendieron su
aplicación para controlar a los civiles palestinos detenidos. Su uso en la
guerra de Irak ya se hizo habitual. En España, Trillo no quiso que los boinas
verdes se quedaran los últimos de la clase en la aplicación de estas
sofisticadas técnicas sobre todo en una operación compleja como la toma del
islote de Perejil.
Ahora Trillo, que nunca dejó de guerrear, vuelve
a la actualidad también con aspectos bélicos en un libro en el que vuelve
sobre la ocupación de Perejil para justificarse con esta frase: “Dentro de
España, la opinión pública demandaba una reacción inequívoca del Gobierno”. Y
fin. Pero el libro también trae la noticia que entonces sospechábamos y que él
corrobora de que el vicepresidente Rodrigo Rato se opuso de forma contundente
a la participación española en la guerra de Irak. Algo es algo, mangas verdes.
Trillo describe así el ambiente que se creó en aquella reunión del gabinete de
crisis en vísperas del comienzo de la guerra de Irak: “Explicó su posición
contraria en términos muy contundentes. Aznar, a su lado, lo escuchaba con la
vista al frente, respirando hondo. Cuando terminó, se volvió para darle las
gracias y me pareció ver en su mirada una tristeza infinita”.
Pero esa tristeza infinita no le impidió a Aznar
unirse a George Bush y a Tony Blair para desatar, al margen de las Naciones
Unidas, una guerra sin fin cuyas consecuencias aún hoy desconocemos. Aznar
apoyó la guerra sin escuchar a sus compañeros de partido ni a los ciudadanos
que tomaron las calles ni a países como Francia o Alemania que se opusieron al
conflicto. Sin embargo, esta práctica emprendida por Aznar tiene sus días
contados. La nueva ley de Defensa aprobada el pasado día 15 quiere poner coto
a esta trágica experiencia, porque corresponderá al Congreso autorizar
previamente la participación de las Fuerzas Armadas en misiones exteriores. Y
para tal fin, las condiciones a que estarán sometidas quedan claras:
resoluciones del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y conformidad con la
Carta de la ONU y el derecho internacional.
Claro que igual el PP, si alcanza el gobierno,
vuelve a modificar esta autorización previa, y de nuevo nos vemos cruzando el
Estrecho buscando piedras donde colocar banderas nacionales y donde encapuchar
a soldados asustados que ignoran la vocación militar y gallarda de nuestro ex
ministro Trillo. Porque de los atentados del 11-M no quiero hablar. Ya es
demasiado dolor y son demasiadas las imágenes que dan fe de un horror que
nunca, nunca, debió pintar aquel paisaje después de la batalla.
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