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 EL RUIDO Y LAS NUECES

Ante el dolor de los demás

 ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

 (Periodista y Profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla)

 

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

La semana pasada fue la semana del horror. El horror vive ahora también en los países desarrollados, donde cualquier fin de semana nos sorprende a cualquiera bebiendo un gin tonic en un pub nocturno mientras una banda de jazz te rompe el corazón con sus lamentos insobornables. Las noches de fin de semana en Nueva Orleans ya no son las mismas. Las calles están anegadas con muertos flotando, testimonio sordo de un presente que ha sucumbido al desastre natural. En The Big Easy los funerales se celebraban con bandas de jazz, porque en Nueva Orleans la muerte siempre debió ser triste y feliz al mismo tiempo. Pero ahora no hay bandas de jazz, sino sólo militares evacuando una ciudad de película de una miseria real.

 

Se nos acercan los tifones y los huracanes son nombres sonoros y acogedores, y nos sorprenden con un zarpazo feroz en las retinas, con un suave empujón en el hombre que no te adormece y no te da respiro para poder entender en todas su dimensión esta avalancha indomable de la naturaleza. Los cadáveres se pudren en las calles. Son miles. Seres humanos que mueren de sed como animales. Cecile Radford, una mujer negra de 32 años, pide perdón: “Disculpe nuestro color”. Mark Phillis, otro superviviente del caos, también está seguro de que esto ha ocurrido por el color de su piel y por su condición económica.

 

Los desheredados de la tierra vuelven, una vez más, a ser los tristes protagonistas en estos trances. No tienen tiendas de campaña ni cobijo alguno donde guarecerse. Y los helicópteros están de campaña en Irak o en Afganistán abriendo el desorden en otro lugar del mundo dejado también de la mano de Dios. También en Irak la semana pasada la mano negra del destino dejó una hilera de muertos sin sentido. En el día sagrado musulmán, los chíies enterraron a las más de 1.000 víctimas mortales de la estampida en un puente de Bagdad. En los funerales, cuentan las crónicas que el dolor de los familiares de los fallecidos en la peregrinación a la mezquita de Kadimiya se mezclaba con la exigencia de responsabilidades por la tragedia. Una vez más, por esos designios que todos ignoramos, al menos 964 personas fueron contabilizadas como muertas  en la avalancha del puente sobre el río Tigres. El rumor extendido entre la multitud sobre la presencia de un terrorista suicida cargado con explosivos fue la causa más probable de la avalancha de los peregrinos chíies que perecieron asfixiados o aplastados o ahogados en el cauce del río, después de que las barandillas del puente cedieran el empuje del gentío.

           

Cuesta imaginar una calle alfombrada con muertos pisoteados, cuesta descubrir a nuestra vista una ciudad inundada en sólo unas cuantas horas, desaparecida de la faz de la tierra en ese plazo de tiempo en que una melodía de jazz te hincha los pulmones. Siempre caen estos seres anónimos que dejaron sin pagar los últimos plazos de la hipoteca, sin beber el último whisky en una esquina de Nueva Orleans o sin rezar los últimos salmos en una mezquita de Irak.

 

No son muertos, sino paisajes con muertos. No son muertos de una guerra, sino una parte del mundo puesta de golpe con sus propios muertos. No es un escenario inventado sino real, abierto de golpe como si la tierra se abriera en dos mitades desiguales, como siempre lo hace. Leyendo Diario del año de la peste, el lector no escapa a la descripción inteligente y minuciosa de Daniel Defoe de una ciudad encerrada en sí misma con la muerte en su corazón. Como tampoco escapa la Orán que Albert Camus describe en La peste. La literatura también está tejida con estos materiales. Antón Chéjov, por ejemplo, viajó a la isla de Sajalín para visitar una antigua colonización penitenciaria rusa del siglo XIX. El libro es en realidad el primer reportaje que se ha escrito sobre prisiones y muestra un paisaje desolador cuando describe la vida inhumana de aquellos pabellones. Tenía una respuesta para que aquella realidad trascendiera a nuestros días: “Lamento no ser un sentimental”.

 

Pero acaso haya sido Susan Sontag quien, con una prosa limpia y poderosa, haya sabido acercarnos más que nadie a deletrear el dolor de los demás en las fotografías de prensa o en las imágenes de televisión. Sontag no comparte ese principio de censura militar que evita que el lector o espectador pueda ver las imágenes del caos. Debemos permitir, ha escrito, que las imágenes nos persigan, aunque sólo se trate de muestras y no consigan apenas abarcar la mayor parte de la realidad a que se refieren, porque cumplen una función esencial. En su magistral obra Ante el dolor de los demás, deja constancia de este pensamiento: “La frustración de no poder hacer algo relativo a lo que muestran las imágenes quizá puede traducirse en la acusación de que es indecente contemplarlas o de que es indecente el modo en que se difunden: acompañadas, como bien podría ser el caso, de anuncios de emolientes, analgésicos o todoterrenos. Si pudiéramos hacer algo al respecto de lo que muestran las imágenes, tal vez estas cuestiones nos importarían mucho menos”.

 

Pero no. Volvemos a ver las imágenes metidas en bocadillos publicitarios en una semana cuyo broche era otro recuerdo del caos. Las madres de Beslán revivían la semana pasada la matanza de niños con la gran ausencia de Putin. Todo Beslán se volcó en el gimnasio de la escuela número uno, escenario de la tragedia que tuvo lugar hace un año, cuando un grupo de terroristas tomó a más mil rehenes en ese colegio. El infierno provocado entonces tuvo un balance que acabó en masacre: 331 muertos –de ellos, 186 niños- y más de 700 heridos. Las escenas desgarradoras de las madres llorando eran el anexo a otras masacres más recientes, como las de Irak y la Nueva Orleans.

 

Septiembre vino, como siempre, cambiando el ritmo de la vida. A algunos seres humanos, sin embargo, les ha cambiado la vida para siempre, si no les tocó perderla en cualquiera de estos giros forzosos que nos ofrece a su paso por cualquier parte. Ya no existe lugar seguro en el mundo, si es que alguna vez lo hubo. La muerte acecha en cada esquina mientras apuras el último vaso de gin tonic, y ya nadie hace sonar su saxo en las noches vacías y monocordes de septiembre.


 

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