
Quien alguna vez viaja a Marruecos siempre
quiere volver. Este país, siempre tan próximo y tan lejano al mismo tiempo.
Nos cautivan sus gentes, sus paisajes, sus ciudades, sus costumbres. Cuesta
comprender cómo dos países vecinos hemos vivido separados no sólo por dos
mares y dos continentes, sino por dos murallas invisibles que nos mantienen
separados pese a la globalización de nuestros días.
Yo conocía Marruecos, sobre todo Rabat y
Marraquech, dos ciudades bien distintas, pero no sabía sino por referencias
personales de las ciudades del norte cuya silueta se puede contemplar desde
Tarifa cuando los días son claros. Claudia había venido de Chile y le atraía
la idea de adentrarse en Tánger, Tetuán o Asilah. Al final, optamos por la
primera ciudad.
En efecto, como se ha escrito alguna vez, el
viaje a Tánger comienza ya en Tarifa. De Tarifa conservaba una imagen confusa
que en nada se asemejaba a este municipio que ha sabido conservar su imagen
blanca de pueblo andaluz, de calles estrechas y blanqueadas, de antiguos
corrales que hoy son pubs de copas al aire libre para vivir la noche junto al
mar. Sorprende el ambiente apacible de quienes visitan el lugar, los
restaurantes acogedores y variados, los locales diversos donde poder charlar
con un vaso en la mano.
Cuando el turista deja atrás Algeciras buscando
Tarifa, pronto las aspas de los molinos que cortan el viento le anuncian a lo
lejos la presencia de otro continente, algunos puntos blancos donde se ubica
Tánger. Cruzar el Estrecho en barco es un viaje breve y agradable, donde los
cetáceos acompañan a los navíos en su trayecto diario.
Tánger no es Marraquech. La proximidad de Tánger a las costas españolas hacen
de esta ciudad un surtido de extrañas combinaciones. Frente al puerto, se
abren ya los bares. A sus puertas los hombres beben té con hierbabuena y fuman
en pipa. Más arriba, a la derecha de las terrazas, comienza la medina. A
diferencia de Marraquech no es un laberinto peligroso, pronto, perdiéndote y
buscando la tienda que perdiste dos calles más abajo, acabas encontrando la
salida. Pero Claudia quiere volver por aquellas pantuflas que vio ayer en una
esquina como ésta pero que no es ésta. Al final, como es obvio, las encontró,
pero la experiencia nos permitió husmear por todas sus callejuelas hasta que
dio con unas pantuflas llamativas que eran la envidia de las demás compañeras
yanquis de excursión.
El turista siempre encuentra Tánger abarrotado
de gente, como ocurre en muchos pueblos andaluces, parece que la gente vive en
la calle. Algunas mujeres pasean cubiertas con velo y largos vestidos pero
otras visten vaqueros ceñidos y zapatos de tacón que anuncian cuerpos
portentosos. Los chavales juegan al balón en plena calle. El fútbol ha
invadido la ciudad. Por la noche, frente a la playa, donde la multitud se
concentra para beber o pasear, una enorme pantalla que muestra a los jugadores
del Real Madrid y del Barcelona es el objetivo que mantiene expectantes las
miradas de muchos jóvenes que no encuentran en el lugar divertimento.
En las terrazas frente al mar no sirven alcohol
a los turistas, pero en sus plantas bajas, soportando la música monocorde de
la música del país, el camarero informa a Caludia que tienen de todo, aunque
todo se resume en whisky y ginebra. Para nosotros, es suficiente. Con un gin
tonic logramos apagar la sed de la noche.
El tráfico es un caos. Sospecho que es una
peculiaridad propia del país. Las vías hay que cruzarlas al puro azar, entre
atascos de vehículos y la multitud que se desparrama por doquier. A Claudia le
impresionaron las pastelerías, más por su contenido que por su estética. Como
ha escrito Pablo Aranda, sorprende de esta ciudad que un anciano que no sabe
leer hable tres idiomas: árabe, español y francés.
A Claudia le fascinó el Gran Zoco: sus puestos
de mercado, los colores de las especias, sus olores, las enormes farmacias que
ofrecen fórmulas mágicas para cualquier enfermedad del cuerpo o del alma. Las
calles encajadas unas a otros como si todas fueran la misma repetida, como si
no fuera posible salir del laberinto sino por el estrecho pasadizo por el que
accediste. A Claudia los moros la llaman por su nombre, le ofrecen joyas y
perfumes a precios desorbitados, pero a ella le gusta regatear más que a los
propios comerciantes.
Uno vuelve cansado de su monótona música
oriental, de su decoración recargada, de sus vestuarios anacrónicos para los
tiempos que atravesamos, del combinado de vodka con naranja que sólo sabe a
naranja. Es lo que Claudia no perdona: que el sabor de la naranja le dejara un
sabor tan empalagoso en la boca. Por eso sabe que volveremos, aunque sólo sea
para beber vodka con hielo por la noche en una terraza junto a la playa
mientras la música autóctona nos impide hablar de nosotros mismos.
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