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No sé si leemos mucho o nada,
si somos adictos a esa convocatoria diaria en la que nos encontramos con
nosotros mismos, con un libro o un periódico, buscando entre sus páginas los
conocimientos anhelados o la vida ya vivida por otros en la que nos
identificamos o nos confundimos. Acaso, como se ha escrito y se escribe desde
que tengo uso de razón, apenas se lee. Desconozco las estadísticas y si éstas
son ciertas. Es verdad que deberíamos leer más, pero acaso la vida también ha
cambiado y nos repartimos el placer de la lectura entre el cine e Internet,
entre la prensa diaria y los compromisos profesionales que nos embargan en otras
lecturas menos confortables y diáfanas.
Siempre me gustó leer y
encontré en ese hábito un modo de vivir, de encontrar a otros y encontrarme a mí
mismo. Las mejores vacaciones son aquéllas en las que me pierdo por horas
incontroladas frente a la lectura de un buen libro. Creo que leemos, pero este
laberinto de la edición nos pierde en libros de segundo nivel, publicitados por
la novedad. Pero aquellos otros libros inmensos de belleza, que llamamos
clásicos, los dejamos inconscientes a un lado del mundo que esconden. Conozco a
pocos lectores de Marcel Proust o de León Tolstoi, y sin embargo la lectura de
En busca del tiempo perdido me devolvió en su día una paz olvidada y un
gusto por la palabra escrita que siempre envidié no encontrar en otras obras tan
renombradas.
Acostumbrado a leer obras
menores, cuando entras en un tocho de las dimensiones de Guerra y paz,
quedas fascinado por ese fluir continuo de vida que desborda los márgenes de las
páginas. Sí es cierto que hay obras cumbres de la literatura de una brevedad
enfermiza, pero también perfecta, como esa mujer delgada para que te sobran
brazos y temes deslavazar con sólo apretarla. Tiene la lectura la vocación del
alcohol, la perdición de la droga más sutil, el hábito insustituible del sueño
más reconfortante. Puedes elegir entre uno y otro libro, pero también este
tiempo de momentos fugaces nos aparta cada vez más de la literatura más pura y
personal. También, como es cierto y como ha escrito el director de cine Manuel
Huerga, no sólo leemos libros, sino que cada día más consultamos diccionarios y
enciclopedias, pero también perdemos nuestro tiempo
desmenuzando contratos y facturas, desembrollando manuales de autoayuda y
folletos, invitaciones y estatutos, sin olvidar las recetas de cocina o los
blogs o los foros o los chats.
Cada día estamos más
dispersos en este mundo de la palabra escrita, porque el libro ya no es la única
herramienta que nos descubre el mundo y que nos acerca a otros mundos
insospechados y posibles. Pero sí es verdad que entre tanto ir y venir, se nos
ha ido diluyendo el gusto por las palabras, por la belleza de las palabras, como
se deduce de la convocatoria que hizo el 31 de marzo la Escuela de Escritores de
Madrid en su página web para celebrar el Día del Libro. Casi 50.000 cibernautas
han elegido el vocable más hermoso del español. Amor ha sido para ellos la
palabra más bella, y le han seguido libertad, paz y vida. Pero ninguna de ellas
es una palabra hermosa desde un punto de vista fonético. Los cibernautas han
optado por el concepto, por el significado, pero no se han columpiado con la
música de las palabras porque desconocen su música, y es posible que así sea
porque no han perdido muchas horas encerrados con un solo juguete como es el
libro, desmenuzando no ya sus historias sino la música de sus palabras y el
entretejido de sus frases. Y por eso además han elegido palabras como esperanza,
mamá, amistad, etcétera. Todas hermosas en su propio concepto, pero vulgares en
su más íntima belleza cuando las pronuncias despojadas de su contexto, de su
significado, cuando por sí solas viven en el ritmo único y rotundo de su
esencia, como les ocurre a lapislázul, birlibirloque, ñiquiñaque, libélula,
chilindrina o tantas otras palabras traviesas o duras de pronunciar o recordar
pero redondas como una melodía o un golpe de voz.
Cuando leemos
buscamos también esa sonoridad escondida en cada palabra, esa tela de araña que
se construye con cada frase, y ahí descodificando el sentido oculto de las
palabras también hallamos un mundo que no nos es ajeno, sino propio, que
creíamos perdido en algún rincón ignoto de nosotros mismos, pero que descubrimos
por el privilegio inerme de la lectura, un buceo necesario por el que
descendemos a nosotros mismos, escrutando paisajes escarpados o lomas suaves
como tardes de verano en las que nos sentamos con un libro abierto entre las
manos sabiendo que entre sus páginas alguien ha escrito parte de nuestra propia
vida.
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