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 EL RUIDO Y LAS NUECES

Las palabras más bellas

 ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

 (Periodista y Profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla)

lopezhidalgo@us.es

 

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

No sé si leemos mucho o nada, si somos adictos a esa convocatoria diaria en la que nos encontramos con nosotros mismos, con un libro o un periódico, buscando entre sus páginas los conocimientos anhelados o la vida ya vivida por otros en la que nos identificamos o nos confundimos. Acaso, como se ha escrito y se escribe desde que tengo uso de razón, apenas se lee. Desconozco las estadísticas y si éstas son ciertas. Es verdad que deberíamos leer más, pero acaso la vida también ha cambiado y nos repartimos el placer de la lectura entre el cine e Internet, entre la prensa diaria y los compromisos profesionales que nos embargan en otras lecturas menos confortables y diáfanas.

 

Siempre me gustó leer y encontré en ese hábito un modo de vivir, de encontrar a otros y encontrarme a mí mismo. Las mejores vacaciones son aquéllas en las que me pierdo por horas incontroladas frente a la lectura de un buen libro. Creo que leemos, pero este laberinto de la edición nos pierde en libros de segundo nivel, publicitados por la novedad. Pero aquellos otros libros inmensos de belleza, que llamamos clásicos, los dejamos inconscientes a un lado del mundo que esconden. Conozco a pocos lectores de Marcel Proust o de León Tolstoi, y sin embargo la lectura de En busca del tiempo perdido me devolvió en su día una paz olvidada y un gusto por la palabra escrita que siempre envidié no encontrar en otras obras tan renombradas.

 

Acostumbrado a leer obras menores, cuando entras en un tocho de las dimensiones de Guerra y paz, quedas fascinado por ese fluir continuo de vida que desborda los márgenes de las páginas. Sí es cierto que hay obras cumbres de la literatura de una brevedad enfermiza, pero también perfecta, como esa mujer delgada para que te sobran brazos y temes deslavazar con sólo apretarla. Tiene la lectura la vocación del alcohol, la perdición de la droga más sutil, el hábito insustituible del sueño más reconfortante. Puedes elegir entre uno y otro libro, pero también este tiempo de momentos fugaces nos aparta cada vez más de la literatura más pura y personal. También, como es cierto y como ha escrito el director de cine Manuel Huerga, no sólo leemos libros, sino que cada día más consultamos diccionarios y enciclopedias, pero también perdemos nuestro tiempo desmenuzando contratos y facturas, desembrollando manuales de autoayuda y folletos, invitaciones y estatutos, sin olvidar las recetas de cocina o los blogs o los foros o los chats.

 

Cada día estamos más dispersos en este mundo de la palabra escrita, porque el libro ya no es la única herramienta que nos descubre el mundo y que nos acerca a otros mundos insospechados y posibles. Pero sí es verdad que entre tanto ir y venir, se nos ha ido diluyendo el gusto por las palabras, por la belleza de las palabras, como se deduce de la convocatoria que hizo el 31 de marzo la Escuela de Escritores de Madrid en su página web para celebrar el Día del Libro. Casi 50.000 cibernautas han elegido el vocable más hermoso del español. Amor ha sido para ellos la palabra más bella, y le han seguido libertad, paz y vida. Pero ninguna de ellas es una palabra hermosa desde un punto de vista fonético. Los cibernautas han optado por el concepto, por el significado, pero no se han columpiado con la música de las palabras porque desconocen su música, y es posible que así sea porque no han perdido muchas horas encerrados con un solo juguete como es el libro, desmenuzando no ya sus historias sino la música de sus palabras y el entretejido de sus frases. Y por eso además han elegido palabras como esperanza, mamá, amistad, etcétera. Todas hermosas en su propio concepto, pero vulgares en su más íntima belleza cuando las pronuncias despojadas de su contexto, de su significado, cuando por sí solas viven en el ritmo único y rotundo de su esencia, como les ocurre a lapislázul, birlibirloque, ñiquiñaque, libélula, chilindrina o tantas otras palabras traviesas o duras de pronunciar o recordar pero redondas como una melodía o un golpe de voz.

 

Cuando leemos buscamos también esa sonoridad escondida en cada palabra, esa tela de araña que se construye con cada frase, y ahí descodificando el sentido oculto de las palabras también hallamos un mundo que no nos es ajeno, sino propio, que creíamos perdido en algún rincón ignoto de nosotros mismos, pero que descubrimos por el privilegio inerme de la lectura, un buceo necesario por el que descendemos a nosotros mismos, escrutando paisajes escarpados o lomas suaves como tardes de verano en las que nos sentamos con un libro abierto entre las manos sabiendo que entre sus páginas alguien ha escrito parte de nuestra propia vida.


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