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La trama mafiosa que ha
gobernado Marbella desde que Jesús Gil se dejó caer por aquellas tierras ha
dejado aturdidos a los ciudadanos del lugar y allende sus fronteras. Creíamos
haberlo visto casi todo ya, cuando, a la vista de los bienes confiscados,
sabemos sobremanera que nunca perderemos la capacidad de sorpresa ante lo que
los medios de comunicación nos muestran. Palacetes, fincas, centenares de
inmuebles, cuadros de maestros inmortales, antigüedades, animales disecados,
capillas decoradas con tallas antiguas, una cuadra de caballos de pura sangre,
un helipuerto, toros bravos, cientos de miles de euros en metálico, un tigre
enjaulado en la finca La Caridad, de San Pedro de Alcántara. Cuentas corrientes
en Singapur, Miami o Islas Caimán. Un capital valorado, en una primera
aproximación, en más de 2.400 millones de euros. Posiblemente mucho más.
No es ésta ya la descripción
de un escándalo, sino la escenificación de un esperpento a la que nos tenía
acostumbrados Ramón María de Valle-Inclán. Pero lo lamentable es que también
este escritor imitaba la realidad, y acaso sólo ficcionaba la realidad que
trasportaba tal cual al escenario. En el caso que nos ocupa, obviamente, la
realidad supera a toda ficción. Ya hay 23 detenidos. Algunos cuentan con
anécdotas que harán historia. La ex alcaldesa, Marisol Yagüe, por ejemplo,
pretendía pagar con dinero público un millón de euros por arreglos en su
vivienda particular, pese a que el Ayuntamiento está calificado en quiebra
técnica por el Tribunal de Cuentas. Juan Antonio Roca, asesor de Urbanismo del
Ayuntamiento marbellí, y presuntamente el cerebro de la banda, tiene un
currículum sin desperdicio. Sus influencias alcanzaban hasta a la Policía Local.
Disponía de nueve teléfonos, aunque cambiaba regularmente de número, desde los
que dirigía 120 sociedades instrumentales, y tenía su propia escolta. Su poder
era tal que pensaba cambiar a la alcaldesa después de Semana Santa.
Desgraciadamente, no es un culebrón televisado, sino la historia corrupta que
imaginábamos en un ayuntamiento contra el que la Junta de Andalucía había
presentado, desde el año 1995, 250 impugnaciones, pese a lo cual hasta el
momento no hay ni una sentencia firme.
El caso de Marbella, como ya
se ha escrito estos días, pasa por la disolución de la corporación municipal y
el nombramiento de una comisión gestora, pero también por el acuerdo entre los
grandes partidos para que estos hechos no vuelvan a repetirse y por que la
justicia desenrede lo antes posible esta madeja de despropósitos y de
corruptelas. El caso de Marbella abruma por la cantidad espectacular del botín
incautado, pero lamentablemente el caso de Marbella se repite en otros
ayuntamientos. Hace unos meses conocimos los devaneos de otra trama mafiosa en
el Ayuntamiento de Camas, en Sevilla. Bastará con hurgar un tanto en las
licencias urbanísticas de otros municipios para saber de buena tinta cuanto
intuimos de buena fe.
Lo pintoresco de estas
maldades es que la moraleja salpica a justos y a pecadores, de manera que los
ciudadanos de buena fe comienzan a dudar de todas las fuerzas políticas y de
todos los cargos públicos, y en este río revuelto abundan las cañas de
pescadores dispuestos a hacer su agosto aunque estemos inaugurando el mes de
abril. Marbella no es una isla, sino sólo un ejemplo, aunque desproporcionado,
de los manejos ocultos que mueven la especulación urbanística. Detrás de las
cortinas, los ciudadanos se las ven y se las desean para adquirir una vivienda
digna, para pagar una hipoteca de por vida, para mantener la esperanza intacta
después tanta granujería encubierta tras el cargo o el sillón públicos.
No bastará con endurecer y
agilizar la ley, habrá también que hacer propósitos de enmienda, habrá que
buscar mecanismos que hagan la gestión municipal más transparente, habrá que
buscar en los candidatos, además de una preparación idónea para el cargo que han
de asumir, una honradez a toda prueba, una integridad sin paliativos, una
dignidad que no se vea abocada a la indecencia a la primera proposición
embaucadora. Porque vale la pena mantener la fe en las instituciones
democráticas por las que todos estos años hemos luchado, aunque de vez en cuando
nos sorprenda vaciando nuestras arcas un gangster como salido del celuloide,
aunque, en verdad, su perfil se haya cocinado en las urnas.
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