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 EL RUIDO Y LAS NUECES

De la realidad y de la ficción

 ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

 (Periodista y Profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla)

lopezhidalgo@us.es

 

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

En la segunda mitad del siglo XIX, cuando el periodismo informativo comenzaba su andadura, los preceptistas no hablaban de literatura sino de bellas letras, retórica y poética, cualquier texto escrito, en principio, era literatura, hasta que su función estética delimitó claramente unos textos de otros. Pero tampoco entonces el límite entre ficción y no ficción quedaba tan claro como en nuestros días, ni siquiera lo público y lo privado eran campos abiertamente abarcables hasta que las revistas ilustradas incorporaron la fotografía y la entrevista de creación. El campo de la ficción, durante muchos años, sirvió para abrir fronteras entre el periodismo y la literatura, pero hoy ni siquiera esa diferenciación sirve para abarcar la naturaleza uno u otro escrito. La ficción, en cualquier caso, no sólo se practicó en periodismo y literatura. La capacidad del ser humano para inventar y mentir, como es obvio, es extiende a todas las ramas del saber humano.

 

De esta manera no nos debe sorprender que en el mundo de la jurisprudencia la ficción también haya sido panacea obligada para doblegar las pautas del derecho y los designios de la realidad. Por eso, cuando leemos que un abogado de Valencia ha aceptado un año y medio de prisión y una inhabilitación profesional de dos años por inventar una sentencia, sólo podemos sospechar que la invención no es recurso propio sólo de escritores, sino que en el mundo del derecho también puede ser susceptible de alterar la realidad.

 

El caso es que el tal letrado aceptó el encargo de la empresa Reformas Algemesí de plantear una demanda contra Cortés Rodríguez y Yácer por un impago de 84.141 euros. El abogado, cuyas iniciales rezan D. R. V., pidió en agosto de 1999 una provisión de fondos de 900 euros. Lógicamente, el cliente preguntó una y otra vez por la progresión del pleito. En 2001,  el abogado de nuestra historia le entregó, para aplacar su insistencia, una sentencia del Juzgado de Primera Instancia número cinco de Valencia que supuestamente atendía la reclamación del cliente y disponía que se procediera al embargo. No obstante, como en la mala literatura, el fallo judicial que contenía la sentencia era una invención La moraleja, también como en la mala literatura, es que el abogado no hizo ninguna gestión y el cliente perdió además la posibilidad de ejecutar ninguna acción.

 

Siempre me sorprendió cómo los escritores buscan en el periodismo la miel que no le ofrecen sus musas y cómo los periodistas buscan en la literatura esos recursos del lenguaje necesarios para contar una historia sin la frialdad propia de la noticia. La realidad, en cualquier caso, siempre nos ofrece acontecimientos tan sorprendentes que sólo porque sabemos que son ciertos alcanzamos a creérnoslos.

 

El pasado mes de enero la prensa mexicana publicó que en Nuevo León una madre fue arrestada por la Policía municipal acusada de maltrato a su hijo de seis años a quien, según el testimonio del menor y de algunos testigos, la madre sancionaba “hincándolo” en un hormiguero. Cuesta pensar, acomodados en el sofá, que una madre castigara a su hijo con mordeduras de hormigas. Sin embargo, de acuerdo con las primeras indagaciones, Beto –así llaman al niño- presentaba piquetes de hormiga en la cara, en los brazos y en la espalda.

 

Desde luego, hay amores que matan, y el de madre, al parecer, puede ser uno de ellos. La citada madre, Irma Serrano de nombre, de 34 años de edad, alcanzó a reconocer que en ocasiones reprendía a su hijo, pero siempre negó que lo hubiera colocado a la boca de un hormiguero para que sus amables habitantes lo acogieran a mordisco limpio. En una ocasión, la mujer dijo que las acusaciones en su contra provenían de una de sus hermanas, quien pretendía despojarla de su casa.

 

A estas alturas poco importa si son ciertos los hechos o no. De la misma manera que sorprende que un abogado tenga la suficiente imaginación para inventar una sentencia falsa. Entre la verdad y la falsificación se establece en ocasiones un velo apenas perceptible que nos lleva de un mundo irreal a otro inventado sin saber con certera dónde nace la verdad y dónde la verosimilitud nos induce a la confusión. A veces, quién lo diría, tampoco importa. Porque la imaginación nos ayuda a sobrellevar la realidad, y otras, la realidad nos es necesaria para no perder de vista el norte que nos conduce más allá de donde nuestros propios instintos nos conducían. Ése, después de todo, es el aliciente imprescindible de cualquier viaje. Aunque los mapas nos indiquen otra dirección.


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