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 EL RUIDO Y LAS NUECES

El ADN y la Santísima Trinidad

 ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

 (Periodista y Profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla)

lopezhidalgo@us.es

 

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

Uno empieza a preocuparse cuando ve a los obispos de manifestación por las calles de Madrid y lee en la prensa que la Iglesia anda empeñada en poner las cosas en su sitio. O mejor dicho, en buscar un hueco para cada trasto. Sobre todo, si son trastos espirituales. Lo que no entiendo es por qué la han tomado con la LOE y no con la LOU. A fin de cuentas, sólo se trata de una vocal. Pero la Iglesia erre que erre. Lo de las consonantes está claro que le da igual. Lo que no le da lo mismo es lo que la vicepresidenta del Gobierno ha soltado por esa boquita cuando les ha advertido que deben abrocharse el cinturón –perdón, la sotana- y aprender a autogestionarse en materia económica. Yo entiendo que la Iglesia no ande preocupada por cuestiones económicas, porque lo que realmente les trae con el alma en vilo son las cuestiones espirituales.

 

Es por esa razón por la que el cardenal Javier Lozano Barragán, presidente del Consejo Pontificio para la Salud, ha asegurado con tranquilidad pasmosa lo que sigue: “En el ADN podemos encontrar la Santísima Trinidad”. Claro, tantos años buscando la respuesta a tan inquietante pregunta, cuando la respuesta estaba en nosotros mismos. La razón está más que clara: como los cristianos cuando van a misa beben la sangre de Cristo se meten en mitad del cuerpo trozos de la Santísima Trinidad. Pienso leyendo esta noticia si este buen cardenal no habrá relacionado sin querer el cuerpo plumífero del Espíritu Santo con la moda de las aves migratorias y las consecuencias de la gripe aviar.

 

Tan clarividente conclusión hizo pública en la apertura de una conferencia sobre el genoma humano organizada por el Vaticano, que ha reunido esta semana a 700 participantes de 81 países. El mencionado purpurado mexicano fue aún más explícito en su descubrimiento. En este sentido, explicó que la doble hélice del ADN “supone una oposición no excluyente de dos términos” que, para colmo, se complementan. Como al parecer el público no se enteraba mucho, añadió este representante de la Iglesia: “Si la oposición significa por una parte carencia y por otra posesión, la mejor oposición sería aquella en la que estos términos fuesen sólo relativos, y precisamente ésta es la vida trinitaria”.

 

Hasta el momento y que se sepa, el Papa no lo ha llamado a capítulo para exigirle explicaciones. Todo hace pensar con seguridad que este Papa siga la línea del anterior en aquello de que la Iglesia debe poner las cosas en su sitio. Ya se nos ha olvidado a todos pero el Papa polaco llegó a otra conclusión que en nada desmerece a la antes reseñada de la Santísima Trinidad. El ya fallecido cabeza de la Iglesia llegó a decir que el cielo existe. Hasta ahí todo hubiese ido bien si no hubiese remendado el descosido afirmando que desde luego lo que está claro es que el cielo no es un lugar físico y que desconoce dónde está. Desde luego, para tal viaje nos sobran alforjas. Así que aquello de que el cielo es una esfera aparentemente azul y diáfana que rodea la Tierra y en la que también aparentemente se mueven los astros, nada de nada.

 

Los jesuitas, que para nada querían dejar sólo al Papa en sus cuitas, y para así completar su teoría de cada cosa en su sitio, llegaron a afirmar también en su revista Civiltà Católica que el infierno también existe, que es una verdad de fe, pero que, al igual que el cielo, tampoco es un lugar. Ahora se entiende que, habiendo resuelto tiempo atrás estos grandes enigmas, se atrevieran ya con la Santísima Trinidad. El cardenal Barragán, consciente de que quienes le escuchaban habían contenido la respiración y corrían el peligro de no saber dónde se encontraban, se dirigió a ellos de nuevo a fin de atajar su teoría de cada cosa en su sitio. La vida, les dijo, es un movimiento orgánico de complementariedad mutua, en la que el ADN significa “capacidad primordial para ser y actuar, un movimiento que sirve para complementar, una necesidad, no una supremacía del más fuerte”. Y se quedó tan tranquilo.

 

Algunas fuentes dignas de toda solvencia aseguran, y no sin razones, que detrás de los controles de alcoholemia con que nos castiga la Guardia Civil todos los fines de semana, se esconde la Conferencia Episcopal, convencida ésta de que con estos controles no sólo encontrarán en nuestra sangre huellas espirituosas sino también espirituales. No es de extrañar, desde luego, porque con tanta ginebra de garrafa como venden ilegalmente en los chiringuitos nocturnos nos pueden volar las plumas antes de que cante el gallo. En fin, lo dicho, España hecha un pollo y los obispos por ahí de manifestación. Claro, después lograrán imponer la asignatura de Religión en los colegios y ahí es donde nuestros hijos aprenderán para siempre dónde se esconden el cielo, el infierno y la Santísima Trinidad.


 

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