
La escritora
y periodista Rosa Montero estuvo en Sevilla presentando su última novela,
Historia del rey transparente. Como es lógico, además de hablar de su
última obra, los informadores le preguntaron por esa polémica infinita que une
y separa sin condiciones periodismo y literatura. Para la autora madrileña, la
narrativa y el periodismo son habitaciones separadas. Aunque una y otro se
sirven del mismo instrumento –la escritura- la autora madrileña no permite que
la profesional de la prensa se inmiscuya en las faenas de la narradora. Rosa
Montero lo tiene claro: “Es muy raro el autor que cultiva un solo género, pero
hay muchas diferencias entre unos y otros. En el periodismo, por ejemplo, la
claridad es un valor; en la narrativa, el valor es la ambigüedad”.
La polémica,
sin embargo, siempre está sobre la mesa. Y siempre hay jugadores dispuestos a
forzar las apuestas más arriesgadas con tal de que ese mundo ambivalente donde
conviven periodismo y literatura no se cuartee o se despedace. O utilizando un
término robado a Aznar, siempre hay algún desaprensivo esperando impaciente a
que este mundo de la creatividad se balcanice como si se tratara de la
península ibérica.
Nunca entendí
bien del todo esta afición de unos cuantos de mantener indisolublemente unidos
mundos tan dispares como periodismo y literatura. En realidad, comparten
espacios comunes, pero más cierto es que mantienen más diferencias que
afinidades. En ocasiones simplificamos, y reducimos el periodismo sólo al
escrito, cuando la profesión aborda otros ámbitos, como el audiovisual y el
digital. Y cuando el perfil del periodista abarca nuevos ámbitos y
competencias que se extienden también a los gabinetes de comunicación y a la
comunicación en las organizaciones. El periodismo tradicional sólo es la
esquina de un mundo que crece y evoluciona al ritmo de las nuevas tecnologías
y cuyas difusas fronteras aún hoy es arriesgado acotar.
Sabemos
además que no todos los periodistas escriben, porque la escritura sólo es una
región en el mapa inmenso del periodismo. Muchos periodistas se dedican a
localizar o crear noticias, a contrastarlas y jerarquizarlas, a adjudicarles
un espacio en el diario impreso o unos minutos en el informativo audiovisual.
Como dice Rosa Montero, el periodismo informativo se viste de claridad porque
quiere llegar a una inmensa cantidad de lectores. Y viste de claridad la
realidad, los acontecimientos extraordinarios que modifican la vida del ser
humano, esa crónica de primera página que narra el destino de miles de seres
humanos o esa breve noticia perdida en una página interior que cuenta sin
literatura el asesinato de una mujer en una ciudad del sur.
Tiene el
periodismo escrito el número del pasaporte de nuestras vidas, la fotografía
dibujada con tinta indeleble de quienes buscan más allá de las fronteras una
vida digna, el curso de un río desbordado en el que los cadáveres se asoman a
la deriva, la posibilidad remota de que aquí no se repita la tragedia que ha
castigado aquel otro rincón del planeta. La realidad son las vísceras de las
que se nutre el periodista, el agua con la que calma su sed. Los
acontecimientos no son musas que inspiran al informador. Sólo son golpes
inevitables que traducimos en titulares y en cifras, en ciudades arrasadas y
víctimas anónimas. A fin de cuentas, es la vida la que se nos mete por las
mangas de la camisa, por las cámaras de los informativos, por la pantalla del
ordenador.
La
literatura, en cambio, se nutre de la fantasía. Con la imaginación también se
puede describir la vida. De hecho, se describe la vida. Pero, como quien mete
las manos en el barro, también ésta se puede diseñar a nuestro antojo, podemos
cambiar el rostro a este personaje, el nombre a aquella ciudad, su destino
insoslayable a cualquier ser humano. La novela, a diferencia del reportaje,
nos da licencia para cambiar la vida. Pero el reportaje sólo nos permite –ni
más ni menos- describir la vida o la muerte.
Tiene el reportaje, cuando se escribe, ese espacio vacío de una
estación de ferrocarril, esa espera impaciente del tren que silba a lo lejos
pero cuya silueta no alcanzamos a dibujar en el horizonte, ese espacio de
página en blanco que sólo la vida sabe emborronar de rojo o de negro, esa
sensación certera de que la imaginación no tiene cabida aquí, aunque por
momentos los tremendos acontecimientos que apercibimos nos confirmen que la
realidad, una vez más, supera a la fantasía.
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