
La columna tiene doble forro, como ciertas
prendas de abrigo, se le despegan las mangas, se la voltea y el interior
también nos vale para lucirlo. La columna tiene bolsillos múltiples, gorro
para esconder las orejas. La columna tiene, como el arte del bilibirloque, o
como el sombrero del mago, una capacidad infinita dentro del estrecho margen
en el que el periodista o el escritor escribe. Pese a su espacio limitado, las
posibilidades son infinitas. Es un género periodístico sin límites definidos.
Pero también es un género literario.
El columnista no necesita refugiarse en la
actualidad para interpretar la vida, porque la vida se escapa por doquier, y
el columnista anda por el mundo vertiéndola en pequeños vasos que publica cada
día en la misma sección, donde el lector la encuentra con facilidad, como
quien busca la crema dental o el azucarillo a la hora del desayuno. El
columnista tiene algo de confesor espiritual y algo de pregonero también, como
aquellos pregoneros de pueblo que anunciaban los bandos municipales,
anticipaban la dolida necrológica o cantaban en cada esquina la noticia ya
esperada y ahora confirmada.
Tiene la columna la naturaleza del dietario, el
escenario de la taberna repetida, la posibilidad remota del viaje nunca
emprendido. Cabe la actualidad desmenuzada y próxima, pero también el argot de
la vida cotidiana, los pecados inconfesables, la marchita posibilidad de
desglosar cualquier sueño, de abrirlo a golpes como si fuera una nuez. Pero
también cabe el ruido, es decir, el rumor, la desinformación, la noticia no
contrastada. Porque, a veces, también la sospecha y el infundio son noticia y
comentario, porque forman parte de la vida. Pero en la columna podemos evitar
la difamación o proponerla, difundirla o derogarla. La columna tiene el rostro
de quien escribe, el olor de un guiso reciente, los ingredientes de un plato
improvisado pero cocido a fuego lento, como la vida que pasa despacio dejando
el rastro sobre la nieve, sobre el barro, sobre nosotros, sin que apenas
apercibamos que ha cruzado el patio un día de lluvia, cuando los cerezos
florecen también en las postales o en los informativos audiovisuales.
Todo esto cabe en la columna, porque está
escrita a sangre, como un poema, pero también es fruto de la reflexión, como
le editorial, y de la documentación y la creatividad, como el reportaje. La
columna es un cóctel variado, un brebaje complejo de fórmulas no escritas. En
la columna cabe el ruido y las nueces.
Acaso por eso esta primera columna sólo es un
diagnóstico de intenciones, un pórtico abierto a la realidad y a la ficción,
una tacita de plata donde podremos recoger mañana aquellos pedazos de sueño
que se nos quedaron prendidos en el pellejo como los años, como la vida. Como
se queda el polvo adherido a los muebles. La columna, esta columna, después de
todo, tiene o quiere algo de todo eso. Que no es poco.
La actualidad se marchita, como las flores, pero
la columna es perenne, como el florero. Pero un jarrón sin flores es como una
bodega sin vino, como una guinda sin pastel, como un plato de crema sin
pescado. La columna siempre será un complemento a cuanto ocurre, porque acaso
sirve para contar lo que no ocurre, lo que se queda oculto detrás de los
acontecimientos, lo que no se percibe a simple vista, lo que no está escrito
en las páginas de información. Por eso este espacio nace con vocación de
perpetuidad. No nace para siempre, pero mientras esté quiere ser, como diría
Sabina, un torero en el aeropuerto o un aeropuerto en Isla de Pascua.
A estas alturas, sólo mantengo una duda para
trabajar seguro: ¿Dónde encontrar un martillo para partir la nuez?
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