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 EL RUIDO Y LAS NUECES

La primera columna

 ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

 (Periodista y Profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla)

 

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

La columna tiene doble forro, como ciertas prendas de abrigo, se le despegan las mangas, se la voltea y el interior también nos vale para lucirlo. La columna tiene bolsillos múltiples, gorro para esconder las orejas. La columna tiene, como el arte del bilibirloque, o como el sombrero del mago, una capacidad infinita dentro del estrecho margen en el que el periodista o el escritor escribe. Pese a su espacio limitado, las posibilidades son infinitas. Es un género periodístico sin límites definidos. Pero también es un género literario.

 

El columnista no necesita refugiarse en la actualidad para interpretar la vida, porque la vida se escapa por doquier, y el columnista anda por el mundo vertiéndola en pequeños vasos que publica cada día en la misma sección, donde el lector la encuentra con facilidad, como quien busca la crema dental o el azucarillo a la hora del desayuno. El columnista tiene algo de confesor espiritual y algo de pregonero también, como aquellos pregoneros de pueblo que anunciaban los bandos municipales, anticipaban la dolida necrológica o cantaban en cada esquina la noticia ya esperada y ahora confirmada.

 

Tiene la columna la naturaleza del dietario, el escenario de la taberna repetida, la posibilidad remota del viaje nunca emprendido. Cabe la actualidad desmenuzada y próxima, pero también el argot de la vida cotidiana, los pecados inconfesables, la marchita posibilidad de desglosar cualquier sueño, de abrirlo a golpes como si fuera una nuez. Pero también cabe el ruido, es decir, el rumor, la desinformación, la noticia no contrastada. Porque, a veces, también la sospecha y el infundio son noticia y comentario, porque forman parte de la vida. Pero en la columna podemos evitar la difamación o proponerla, difundirla o derogarla. La columna tiene el rostro de quien escribe, el olor de un guiso reciente, los ingredientes de un plato improvisado pero cocido a fuego lento, como la vida que pasa despacio dejando el rastro sobre la nieve, sobre el barro, sobre nosotros, sin que apenas apercibamos que ha cruzado el patio un día de lluvia, cuando los cerezos florecen también en las postales o en los informativos audiovisuales.

 

Todo esto cabe en la columna, porque está escrita a sangre, como un poema, pero también es fruto de la reflexión, como le editorial, y de la documentación y la creatividad, como el reportaje. La columna es un cóctel variado,  un brebaje complejo de fórmulas no escritas. En la columna cabe el ruido y las nueces.

 

Acaso por eso esta primera columna sólo es un diagnóstico de intenciones, un pórtico abierto a la realidad y a la ficción, una tacita de plata donde podremos recoger mañana aquellos pedazos de sueño que se nos quedaron prendidos en el pellejo como los años, como la vida. Como se queda el polvo adherido a los muebles. La columna, esta columna, después de todo, tiene o quiere algo de todo eso. Que no es poco.

 

La actualidad se marchita, como las flores, pero la columna es perenne, como el florero. Pero un jarrón sin flores es como una bodega sin vino, como una guinda sin pastel, como un plato de crema sin pescado. La columna siempre será un complemento a cuanto ocurre, porque acaso sirve para contar lo que no ocurre, lo que se queda oculto detrás de los acontecimientos, lo que no se percibe a simple vista, lo que no está escrito en las páginas de información. Por eso este espacio nace con vocación de perpetuidad. No nace para siempre, pero mientras esté quiere ser, como diría Sabina, un torero en el aeropuerto o un aeropuerto en Isla de Pascua.

 

A estas alturas, sólo mantengo una duda para trabajar seguro: ¿Dónde encontrar un martillo para partir la nuez?


 

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