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Parecía que le habían puesto nombre
de copla, porque estaba hecha de puro arte. Para darte cuenta de ello, no había
más que verla moverse con salero o dar unos pasos, para ver la sangre de reyes
gitanos, corriendo con premura por sus venas. Morenita y de ojos rajados,
pequeñita y menudita de carnes, pero bonita y risueña. Así era nuestra Mary Luz.
Pero se nos fue, como se van las
arenas de la playa entre las manos, como se fue Camarón entre brumas de sueños
perdidos, como se van los que más queremos, porque son demasiado buenos, para
permanecer entre nosotros por más tiempo, haciéndose tierra y olvido.
Mary Luz fue a confundirse con las
estrellas, meciéndose sobre las olas del mar; fue a hacerse una con la madre
naturaleza, porque era demasiado libre para verse atada a un cuerpo y un tiempo
finito.
Nadie puede entender cómo pasan
estas cosas, cómo puede alguien hacerle mal a un niño, cómo alguien puede
arrebatarnos su risa, sus manos cálidas, abrazándose a nuestro cuello y su
aliento, a fresa y a jazmín, enredándose en nuestra cara ,cuando nos regalan un
beso.
¿Quién puede hacerle mal a un niño?,
¿quién puede arrebatarnos lo que más queremos?
No puedo dejar de pensar en el dolor
de los padres y se me sube el llanto y se me hiela la bilis… No puedo dejar de
hacerlo, porque sólo los que somos padres sabemos lo que duelen los hijos y que
te falten un segundo a tu lado, que boquees su nombre y no te respondan a la
llamada, ya hace nacer en ti la zozobra y el desaliento, cuánto más,
infinitamente más, cuando después de días de desesperada búsqueda, tu hija
aparece muerta.
Los padres habrán pasado un calvario
que nunca merecieron, días de llanto y desesperación y noches en vela, pero todo
lo hubieran soportado con gusto y buen animo, estoy segura, porque apareciera su
niña.
Ahora rezarán por ella e
inmortalizarán su nombre en letras de oro, sobre piedras quietas, abrazarán su
foto y guardarán su ropa y su habitación, como la dejó ella… Se sentarán en su
cama y rozarán el atisbo de olor que quedó en el hueco de la almohada, que rozó
su negro cabello, buscándola, presos del dolor, aunque sea solo en su recuerdo.
Muchos, no olvidarán nunca su
nombre, ni su rostro, entre ellos los que perdieron a Yeremi, el niño canario,
que hizo un año desaparecido, justo cuando enterrábamos a Mary Luz.
Muchos se dolieron cuando
encontraron muerta a la niña, pero los que querían a Yeremi y los que lo
esperan, recibieron un mazazo, venciendo sus esperanzas y sus ilusiones, también
aquellos que los buscaron infructuosamente a los dos, los que pidieron por su
vuelta, los que respondieron a los teléfonos de ayuda, los que dieron donativos
para facilitar la búsqueda, los que pusieron sus fotos por doquier, los que
peinaron sus pasos, deseando encontrarlos y retornarlos a sus casas, de donde
nunca debieron faltar.
Muchos nos dolimos con nuestra niña
muerta, con el dolor de sus padres, con la tristeza de una perdida que no
olvidaremos por mucho tiempo que pase, sobre nuestras cabezas. Muchos, aún
confiamos en que aparezca Yeremi, con sus ojos picaros y su risa traviesa.
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