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Ahora que empieza a debatirse sobre
la idoneidad de separar a niños y niñas en la educación, me llegan ecos de
memoria, casi perdida, de unos tiempos en los que las niñas ,éramos eso,
“niñas”, con faldas, que no pantalón, dignos ejemplares a proteger, en un mundo
sólo hecho para los machos.
Se me enrabia el feminismo que
perdí, cuando comprendí que los hombres, más que elementos diferentes y
enemigos, eran vecinos del mismo barco de Calderón, dispuestos como víctimas
propiciatorias de otras tantas consignas diferentes, pero tan limitadoras y
asqueantes, como las de “las niñas”.
Hace mucho que rompí la aguja fina
de los tacones, que me rebelé a que la naturaleza y los demás dictarán cuando
podía o no ser madre y cuando era el momento propicio para hacer esto o aquello.
No recuerdo el día en que decidí
escribir y sí que cada mañana prometo dejar de hacerlo, cuando un estúpido
comenta complacido que solo escribo para las mujeres o que quién va a leer algo
que escribe una maría.
Siento dolor y se me abrasa la bilis
y se me secan los ojos y se me hiela el aliento, cuando una más muere, cuando la
sangre se derrama, cuando no se puede hacer nada, más que mordernos los puños
para acallar el llanto.
Hay días que deberían colgarse del
calendario con el rojo de la sangre y el rojo del carmín, para que nunca
olvidásemos de donde venimos y jurásemos en silencio, que nadie frenará nuestro
paso.
Hay vidas que merecen ser vividas y
momentos que nacen para recordarlos y ser recordados, y cada día, por qué no,
éste mismo, se puede iniciar uno.
Porque hay veces en que se necesita
una mano amiga y sólo se encuentra el vacío, y entonces dejamos de creer y
pensamos que todo esta acabado, que no llegaremos a nada, que nada importa y
menos nosotras mismas…
Pero todo eso ya acabó, la
incertidumbre, la duda, el “no podré”, el “no valdré”, el “no me querrán”,
porque si yo puedo, si yo valgo, si yo quiero y si yo me quiero,
conseguiremos arrancar de nuestras mejillas las lágrimas derramadas, agruparemos
fuerzas y fundiremos corazones, para que no vuelvan la intolerancia, ni los
prejuicios, los limites, ni los frenos ,nunca más las zancadillas y menos el
dolor o el rojo tiñendo el suelo…
No, mientras una de nosotras siga en
pie en la tierra, alimentando con su esencia los vientos nacidos en el mar.
No, mientras sigamos pariendo a los
hijos, de los hijos, del mañana.
No, mientras tejamos el destinos de
nuestros pasos, sin que nadie venga a decirnos basta o por aquí no.
No, mientras sepamos qué somos y en
qué nos hemos convertido.
No, mientras yo no me deje
vencer y tú estés ahí, construyendo una M mayúscula, de mujeres que no temen al
futuro, que no se dejan abatir por las derrotas, que sufren y protestan, que
caen y se levantan, y sobre todo, libres para amar y ser amadas, por alguien que
sepa valorar el aire puro del mar, que susurran las caracolas.
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