|
La gran mayoría de nosotros estamos
presos de algo o de alguien: del trabajo, de los hijos, de la edad, de la
cobardía, de la ambición, de los proyectos o de las deudas.
Estamos limitados, porque nuestro
cuerpo o nuestra mente nos absorben hasta tal punto que no nos dejan volar en
paz, a donde nuestros pies nos llevarían, sin dudarlo, ni por un solo instante.
Pero un ciudadano marroquí, ya preso
por la edad, las limitaciones físicas y mentales, ha caído también preso de la
intolerancia y la injusticia, porque Ahmed Nasser ha muerto en una silla de
ruedas, sobre sus propias inmundicias, tras las rejas de la cárcel de Settat.
Son 95 años demasiados para soportar
la vejación de una cárcel, es una silla de ruedas, lastre pesado de llevar si
ella te condena a la inmovilidad perpetua, pero si ya la mente huyó hace
demasiado tiempo y solo tu familia socorre el hilo tenue que te separa del otro
lado, nadie debería condenarte a morir en soledad, menos aún por atentar contra
los valores sagrados de tu patria.
Dicen los hijos de Ahmed que se
subió a un autobús, en fechas de Ramadán para visitar a un hermano. En el
trayecto, tuvo un altercado con un gendarme, se enfadó y profirió insultos
contra el Rey. Antes de que llegara a su destino le detuvieron, le aplicaron la
ley por medio de un juicio sumarísimo y ya no salió de entre rejas, mas que para
trasladarse a otra prisión más cercana al entorno familiar, única prebenda
judicial que ha conseguido su hijo, que se ha afanado en estos larguísimos meses
en recurrir la sentencia, alegando que su padre padecía demencia senil,
confirmada por veredictos médicos, desde hacia más de veinte años, que se
encontraba pésimo de salud, entre otras cosas obligado a usar pañales, y que no
merecía tamaña condena.
La mayoría de nosotros estamos entre
rejas invisibles, que nos impone la sociedad cuando nos excluye por nuestro
color, por nuestro sexo, por nuestra condición, por ser diferentes o por no ser
tan iguales como debiéramos…
Muchos de nosotros estamos tras las
rejas de nuestra cobardía de no decir lo que pensamos, de no hacer lo que
queremos, de no gritar cuando estamos hartos o de no dar algunos cabezazos al
cielo, hartos ya de que siempre sea igual de injusto el mundo contra nosotros.
Algunos creemos que la vida es dura
y difícil, porque parece burlarse de nuestra condición humana poniéndonos más y
más asfixiantes pruebas.
Pero solo unos pocos de entre todos,
están presos de la intolerancia y la barbarie, enrejados ante nuestra
permisividad y nuestro hastío ,viéndose morir día a día, lejos o cerca de
nosotros, viejos o enfermos, olvidados por todos ,menos por sus familias
,ajusticiados bajo sentencias leves, moralmente envilecidos y rotos, dejados de
la mano del hombre, que creyó en la justicia y la justicia le condenó a muerte,
por unos insultos y unas voces, por pensar de diferente manera, en un diferente
lugar, muriendo entre mugres y heces, entre desolación y amargura, con la cabeza
perdida y llevándose consigo, mucha de nuestra dignidad, como sociedad justa y
civilizada.
ARTÍCULOS ANTERIORES
|