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El viernes pasado era tan intenso el
viento que parecía que derrumbaría el mundo de las espaldas de Atlas y se
torcerían las mismas estrellas del cielo.
Los días de fuerte levante son
presagio de Carnavales, de frustrados días de playa, de remolino de surferos, a
pie de orilla empolvada de arena, pero, desgraciadamente, también en la pasada
semana, fueron mortaja de un subsahariano, que tuvo la mala fortuna de morir en
la valla de Ceuta.
Hay mucha gente que se pregunta el
porqué alguien arriesga todo por cruzar las puertas del cielo, yo no me lo
pregunto porque lo veo, lo leo, en las caras de los subsaharianos que transitan
los vagones del metro de Madrid, a ras de fin de la tarde, recogiéndose de un
trabajo, que dura doce horas; lo veo, en el saltar apresurado y en el recoger de
bártulos al llegar a su parada ,porque saben que en casa les espera la familia y
tendrán algo para darles de comer.
No me lo pregunto, porque los veo
llevando a sus hijos al colegio con los míos y les leo en la mirada lo mismo que
contaba mi abuelo de su viaje a América, de la Pola Negri y del bienestar que se
trajo de allí para los suyos.
Muchas veces se nos olvida que somos
un país hecho a trozos, con gente muy diversa y diferente, gente que anduvo por
todas partes y después se afincó aquí, que no tuvo una misma religión, ni unos
mismos orígenes y que, precisamente, en eso, está nuestra fortaleza, en nuestra
mezcolanza.
No debería olvidársenos que somos lo
que pensamos y lo que sentimos, no nuestra raza, ni nuestra religión y que es
nuestro país, aquel en que nacen y crecen nuestros hijos
Yo soy nieta de un inmigrante
ilegal, de una excelente persona que con veinte años se zambulló en un buque de
carga, sin pagar embarque y terminó alimentando fogones, hasta llegar a la
soñada América, donde decían que a los perros se ataban con longanizas y las
mujeres eran las mas hermosas del mundo.
Ahora, no solo está el boca a boca,
que, como canto de sirena ,escuchó mi abuelo, sino también las antenas
parabólicas y las televisiones, que ,desde cualquier poblado africano,
reproducen realidades inciertas de películas americanas donde policías de tres
al cuarto, tienen lujosas mansiones y donde cualquiera, sea quien sea, puede
llegar a ser muy rico, con muy poco esfuerzo.
Quizás el chico de vente años que
saltó la valla y quedó enganchado a ella, veía las mismas series que veo yo y
deseaba tanto como mi hijo estudiar y tener una casa grande y una hermosa mujer,
criar a sus hijos libres de miseria y en paz y libertad, en un lugar donde no se
conociese la pobreza, ni el odio.
Yo no se lo podría reprochar, porque
yo haría cualquier cosa por el bienestar de los míos, saltaría vallas,
recorrería millas y me la jugaría con el Estrecho, que es devorador de almas
incautas y marinos, nada avezados en corrientes y mareas, como seguramente
pensaría hacer él, perseguido y acosado por las fuerzas policiales marroquíes
que se toman muy en serio su función de vigilancia y hostigamiento, de los
campamentos asentados cerca de las vallas fronterizas.
Y puedo ver su cara de miedo
escalando la valla y puedo sentir el levante rugiendo junto a él y puedo verlo
cruzar la primera y engancharse en la segunda, puedo verlo fallar lo que creía
seguro y batirse sobre el metal lacerado, como una marioneta rota ,para gritar
sin ser oído , sangrando y muriendo en soledad.
Todos nacemos solos y algunos mueren también en agria soledad, como este
guerrero, este luchador de su propia vida y su empeño en hacerla claudicar a su
favor, para cumplir sueños, que contar a sus nietos en su vejez, sueños que
quedaron presos de una valla metálica, bandeada por el levante implacable, que
sacaría al mundo de las espaldas de Atlas y hasta torcería a las estrellas del
cielo. DIARIO Bahía de Cádiz Ana Isabel Espinosa
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