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Yo no creo en el cielo, sino en la
tierra. Creo que la estamos matando, poco a poco, al introducir cemento en sus
entrañas, al pudrir sus océanos y al apestar sus ríos, y que, aun así, ella nos
sigue regalando, como buena madre que es, lo mejor de si misma.
Yo creo en la gente que pasa doce
horas, cada día, en un trabajo que no le gusta, mal pagado, por dar mejoría a
los suyos, igual que creo en el que va en bicicleta a orilla de la playa o por
mitad del campo, aún no despertada la primavera, porque creo definitivamente en
la vida.
Creo, que, en nuestros pasos, nos
cruzamos con ángeles y diablos y que ninguno de ellos tienen alas, sino piernas
y pensamientos; unos, nos besan en la boca y otros nos dan patadas y hasta
pellizcos.
El dueño de Play Boy ha comprado la
tumba contigua a la de Marilyn, para que den con sus huesos en ella, una vez
haya muerto. Pero el hombre que más mujeres ha desnudado, para jamás ver el alma
femenina, no encontrará la paz, ni el sosiego, junto a los huesos descompuestos
de Marilyn, sino sólo el olor a tierra removida y la oscuridad eterna.
En cambio, Amalia Quirós, sabe bien
de la temporalidad del cielo y de la eternidad de los recuerdos, por eso en su
nueva exposición, que se inaugura el día 5 en Cádiz, en el centro la Merced, ha
plasmado la sabiduría de mujer eterna de su madre, su risa, sus ojos, sus
cuentos y sus poesías, clavando con ardorosas punzadas en el cuadro que sirve de
cartel para la exposición, unos claveles que bordó su madre y unos botones que
le compró al Peña, junto con chapas de Cruzcampo y mucha, muchísima ilusión.
Esa mujer, ave fénix, nos podría
contar mucho del cielo y del infierno en la tierra, visto a través de sus ojos,
en pinturas coloristas y amables, en obras de arte, desgarradoras y rotundas,
que nos acercan a su corazón y a sus vivencias.
Su madre, vino del campo a la
ciudad, como mi abuela, como casi todas las madres o abuelas de gaditanas, que
engrandecieron la cuidad con su sabiduría, con sus ganas de trabajar, de
prosperar, de tener hijos a los que educar y ver crecer… Esa madre eterna que
bordó claveles con sus manos, que lloraría de emoción al verlos en la obra de su
hija, que heredó su corazón y su talento, la sensibilidad y el esfuerzo, que la
han hecho llegar hasta aquí y que la encumbrarán al cielo.
Porque creo en los amigos, en la
tierra y en los colores chillones que adoraba mi abuela, en las plantas, en los
árboles, en los eternos abriles que despuntan los pechos de los árboles en
borbotones de flores, que polinizarán las abejas, que transformarán las copas en
generosas frutas , que pintará Amalia, que los ángeles nos donan para que
vivamos en una tierra que es fértil y buena y que es temporal...tan temporal
como mi concepción de la vida, tan eterna como duren nuestros recuerdos, nuestra
voluntad, nuestro ADN. Porque Marilyn no está viva en una tumba pútrida y
absurda, ni en las oraciones vacías y sin sentido, tampoco en las fotos de los
que comercializan su imagen y la venden y revenden, igual que hicieron en vida,
y sin embargo, Marilyn está vida por siempre, mientras yo tenga memoria y
sentimientos y me siga expresando ternura y candidez, porque me siento mujer con
ella, con sus desgracias, con sus amoríos frustrados, con su deseo de ser madre
y no poderlo ser, con querer brillar mas que el cielo y sentir cómo todo se te
cae encima.
Y el alma de una mujer no se mira en
una foto que reproduce pechos y piernas y sexo y muslos y nalgas, porque eso no
es una mujer, sino un fetiche; una mujer es una sonrisa, unos ojos, unas manos,
una madre, mirando con su hija las nubes del cielo, mientras le teje el alma,
con fantásticas narraciones, mientras le pinta los sueños, imaginándolos en
forma de azules y rosas, blancos apergaminados y rotundos celestes.
- ¿Amalita, ves el cielo? -le dirá-
porque lo han hecho para ti mi niña, justo para ti y tus sueños de mujer.
DIARIO Bahía de Cádiz
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