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Marta del Castillo era una niña
normal y corriente en sus 17 años de edad, hasta que el pasado sábado, no
regresó a casa cuando debía. Los que tengan, como yo misma, hijos de esa edad y
alguna vez les haya pasado, estarán conmigo en que sus padres sufren una
verdadera pesadilla.
Cuando salen por las puertas de la
vida, sabemos cómo han salido y con quién, porque nos aseguramos de saberlo y
les decimos de todo, con cuidado que son adolescentes y están siempre irritables
y reñidores, que creen saberlo todo y conocer los trucos, que no aprenderán más
que cuando tengan sus propios hijos.
Tal vez por eso no entienden que lo
hacemos por su bien, porque tenemos en el cuerpo y en el alma sobaduras y
espinas de nuestro paso por la tierra y no queremos verlas reproducidas en
ellos.
Pero Marta, igual que mis hijos,
igual que los suyos, cerró la puerta de la seguridad de su casa y salió a la
calle a divertirse, lo normal, me dirán, pero hasta ahora no ha regresado.
Cuando mi hijo mayor, después de
darnos coba de la fina, a su padre y a mi, consiguió finalmente, que le
dejásemos ir con los amigos a tomarse una hamburguesa, no se le ocurrió mejor
idea que venir mas allá de las doce de la noche, cuando sólo le dimos permiso
hasta las nueve, como mucho las diez.
A las nueve y media ya nos pusimos
tensos y sin decirnos nada, a cada poco, mirábamos la puerta, como si esta
hablara, pero definitivamente cuando sobrepasó las diez, su padre y yo misma,
creímos que el corazón se nos comprimía como si lo hubiese aplastado una grúa.
Y es que te pones en lo peor, “¿qué
le habrá pasado?”, te preguntas, “¿será esto o aquello otro?” y todo lo que sale
de tu boca o es malo o aún peor.
Nerviosos perdidos, llamamos al
móvil de un amigo, llamamos a todas partes, a todos los sitios que se nos
ocurrió que podían estar, hasta que finalmente respondió uno de ellos riéndose,
porque decían que se habían perdido...
Ellos lo echaron todo a broma,
porque son jóvenes e irresponsables, porque la vida no les asusta, porque no le
ven los dientes podridos que le enseñó a la pobre Mari Luz, pero eso sí de la
bronca no se libraron, eso se lo puedo prometer, ni de estar castigados, por lo
menos mi hijo, que no saben ustedes lo bien que les viene un tiempecito de
reflexión.
Pero lo más grande del asunto es
que, ellos, los alegres adolescentes, no se dieron cuenta, en ningún momento,
del daño que nos estaban haciendo.
Yo no sé lo que le habrá pasado a
Marta y espero, sinceramente lo espero, que sea una chiquillada de esas que les
da por hacer algunas veces a las niñas, que se creen mujeres ya con 17 años, y
se van por ahí unos días con un noviete o unos amigos, y regrese y la puedan
abrazar sus padres... DIARIO Bahía de Cádiz
Porque la vida puede llegar a ser
maravillosa y espléndida, pero nadie te avisa de que cuando pasas los dolores de
parto, cuando te despiertas, noche tras noche, para darle de comer a un bebe y
cuando te duele la espalda de coger a tu hijo en brazos, no has siquiera
empezado a pagarle tu deuda a la vida por haberte dado tanta felicidad, sino
que ésta rencorosa y mezquina te prueba cada dos por tres, tirándolo en los
columpios, marcándole la cara en la guardería o el colegio al pegarle un bruto,
lo ves llorar porque le han dicho esto o lo otro, decepcionarse por las
traiciones de los amigos, pero jamás estás preparado para verlo marchar... Con
el tiempo, nos vamos acostumbrando a que se hagan mayores y los preparas para
que no sufran, para que se defiendan, para que intenten ser felices, pero nunca,
porque no puedes, te pertrechas el corazón para que un maldito día no regresen a
tu casa y consumas tus ojos con el llanto por no verlos llegar.
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