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En estos días que se inicia un nuevo
año, hay gente que lo prepara como si fuera un evento único en la vida, pensando
-quizás- en la posibilidad de que sí que lo sea realmente, de que se convierta
en una oportunidad mágica para cambiarlo todo, para echar por las ventanas lo
malo y recibir –de golpe- sólo lo bueno, lo deseado y sentido. No sé si sería
por eso, o por su ansia de limpieza, pero mi suegra, sólo era aparecer en el
calendario el mes de noviembre... ya estaba pintando, bajando lámparas de
cristal -que tenían que quedar como espejos- rascando ventanas, preparando
comida para un regimiento y decorando toda la casa.
También donaba la ropa que estaba en
buen estado y que no iba a usar, recogía para la basura trastos que no tenían
valor alguno, ordenaba los armarios, llamaba a la familia y los amigos, no
dejaba cuentas pendientes y sacaba un Belén más antiguo que ella misma y lo
ponía en el centro de una chimenea, que no vio la luz de la candela en toda la
vida de mi suegra.
Era extraño, entrar en su casa y ver
ese Belén -preciosista y barroco- enorme por otra parte, pues las cabezas de las
figuras rozaban la embocadura del hogar- pero sintiéndolo desnudo y frío, sin
paja, ni ramitas, en una casa donde no se rezaba, ni se iba a misa.
En la casa de mi abuela Juana,
sanadora y mujer profunda donde las hubiera, se quemaba romero en un brasero y
con el olor dulzón e intenso, se impregnaba cada una de las habitaciones,
invocando los buenos hados, para que las cosas fueran a mejor y los deseos se
hicieran realidad.
Conozco mil sortilegios que
publicaría si funcionasen o que patentarían si trajeran beneficios a alguien,
incluidos los míos, pero por mas que investigué -también en los conjuros de las
mujeres encarceladas por brujas- y por más voluntad con que me tomé las copas de
champán con algo de oro en su interior, por mas que vestí mi dura piel con ropas
encarnadas, por más que miré la primera estrella que parió el cielo en esa noche
o por más que quemé deseos fundidos en letras que abrasaron voraces las llamas
de una cerilla, al finalizar el prodigio de las campanadas que anunciaban el año
nuevo, nunca obtuve resultado alguno.
Hay cosas tan antiguas y tan
sagradas que no tienen que ver ni con la religión, ni con la raza, sólo con lo
que crees, lo que sientes y lo que deseas… Mi suegra creía en su familia, en su
marido y en que lo bueno se esconde tras la limpieza y la pulcritud, que las
cosas ordenadas son rápidamente encontradas y que lo mejor para los suyos era
vivir en la armonía que ella les proporcionaba.
Mi abuela, que dedicó la vida a
hacer el bien en los demás sin reparar en el suyo propio, jamás buscó otra cosa
que levantarse cada día y mirarse al espejo a recoger sus blancos cabellos en un
moño perfecto que enmarcaba su cara delgada y morena, de mujer valiente y
sensata, dura consigo misma y confiable hasta la saciedad.
Cada uno de nosotros intenta atarse
a la vida, montándola como el búfalo salvaje que es, apurando en las amarras, en
las bridas ,su esfuerzo, sus ilusiones, su entrega a los sueños más benéficos,
intentando no caerse, hincando lo pies con fuerza en sus costados, machacándonos
el alma y las esperanzas, en que todo nos vaya bien...
Y quizás, tal vez sólo quizás,
alguien en alguna parte viéndonos en ese noble empeño, días, meses y años, como
infelices mortales, se apiade de nosotros y un año -porqué no éste– nos conceda
la libertad de elegir y cumplir todos nuestros deseos sin necesidad de
sortilegios, sino sólo valiéndonos de la voluntad de soñar.
DIARIO Bahía de Cádiz
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