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Mientras la guerra continua en el
lugar que siempre debió ser el más pacífico del mundo, por lo mucho que
significa para las religiones del libro y por estar ligado al hombre que quiso
salvarlo, el año se va desangrando entre las arenas del tiempo, disolviéndose
ante nuestros ojos, hora a hora, y los minutos, trastocándose en segundos
perdidos.
Es el momento de plantearnos el
pasado o el futuro, es cuando nuestro correo electrónico se llena de mensajes
esperanzadores o de ritos mágicos que nos prometen salud, fortuna o felicidad
eterna, avalados por éste o aquel sortilegio, revenido del antiguo Egipto o de
la prodigiosa guija.
Los días se nos van a
apresuradamente y solo nos queda esperar lo mejor para nosotros mismos y todo lo
que queremos, en esa hipotética burbuja que es la vida de cada cual, en la que
la diferencia de metros o de kilómetros, la educación, o sin más, la suerte con
que nos envuelve el destino -al nacer- nos hace tener una u otra creencia, uno u
otro bando, mandar o recibir bombas, aceptar nuestro sino o luchar por un lugar
en el paraíso.
Puede ser que siempre vayamos
buscando la verdadera felicidad, ese sueño eterno del hombre, imposible de
alcanzar por muchos, pero sufrible y deseable meta para unos cuantos elegidos.
Y es que en estas épocas del año, en
que algo de nuestra vida -su esencia mortal- se va, tras el tiempo pasado, nos
planteamos cosas importantes, como balances de lo vivido o sentido, la
posibilidad de cambios cruciales, deseando -sobre todo, impiamente-la mejor de
las suertes para conseguirlo.
Este año que se nos va
apresuradamente, viste ropas de despidos y agobios, de paro y depresión, en
gente que solo quiere trabajar y ganar dinero, cosa, por otro lado, para qué más
sensata y sencilla.
La decadencia de lo que fue
esplendor en años pasados hace que comercios y construcciones, extras y regalos,
se vean mermados y racaneados por una crisis que ya es real y pegajosa,
despechada invitada en todas las fiestas a las que asiste, a las que amarga y
deprime.
Vamos buscando -aún así -algo que
nos caliente el alma y a veces tenemos la suerte de encontrarlo, cuando
caminando, a lo lejos, en una calle gris y melancólica, adornada con bombillas
apagadas y la promesa de una bruma que se convertirá en fina lluvia, una pareja
se abraza tiernamente, protagonizando una fotografía de esas que nos gusta
enmarcar y guardar -como un tesoro- en la mesa de nuestro despacho.
Cuando vemos los abrazos tan
intensos y a la vez tan amables, tan sentidos, no podemos tener envidia, porque
compartimos la felicidad, nos embriaga su poder y su presencia, nos da ánimos de
que las guerras se detengan y que un día el hombre se vea libre de esa maldita
plaga que es luchar por hambre, vida o libertad, sueños que nos vienen cosidos
al alma cuando llegamos a la vida y nos disponemos a respirar.
Tal vez si nos acercásemos a esa
pareja, que ya disuelve con tristeza su abrazo -porque las almas se niegan a
separarse una vez que se han unido- veríamos a un hermano mayor abrazando a su
hermana pequeña -enferma de síndrome de down- y se nos despejarían las dudas
sobre si el hombre puede alcanzar la paz y encontrar la verdad de lo que el amor
significa.
Seguramente sería éste un año que
acaba, lleno de esperanzas de que el próximo sea mejor , de que las cosas nos
vayan bien, de que los hombres nos amemos de verdad, porque hayamos visto el
presagio de bonanza de una pareja de hermanos fundiendo sus manos para andar en
una vida que no es fácil, pero que con amor y entrega plena ,puede llegar a
brillar, tan fuerte y esplendorosamente, como una bombilla nueva y limpia,
pletórica y festiva, alta y colorida, elevada a las alturas, mágicamente, en un
árbol de navidad. DIARIO Bahía de Cádiz
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