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María se casó, enamorada y ciega,
preñada y engañada, por un niñato de veinte años que le susurraba al oído,
palabras de deseo, que ella confundió con un amor de película, aún no estrenada.
Sólo algún que otro empujón, o una
frase mal sonante, le había regalado, en el corto tiempo de novios, en el que se
achuchaban en el portal de la casa - pobre y desvencijada- que alquilaba su
madre, viuda y seca, por la misma vida que le aguardaba, sin saberlo, a la
propia María.
Ya en la noche de bodas, con una
abombada barriga de seis meses, estallándole el camisón que le bordó su madre,
le pegó la primera bofetada, que resonó en el techo de la habitación como
disparo de cartucho, atronándole los oídos y haciéndola llorar, mucho tiempo
después de que él se hubiera dormido...
Nunca supo el porqué de aquella
primera puñalada trapera, pero sí que se sucedieron otras en su vida de casada,
como hojas caídas al impulso del viento, o del invierno, al envite de
frustraciones y desencantos, que él vertía en ella, como causa elegida para
todos sus males.
Pasaron los años, viendo su madre su
agonía y tormento, callando para no que no la echara de su lado, pues tanto era
su miedo, que sólo era oírla renegar de él, que ya empezaba a temblar por
entero, mandándola lejos.
Llegaron las hijas, y los meses se
tornaron en años, tan rápidos, que casi no se dio cuenta de que se hacía una
joven vieja.
Un día, se encontró tendida en el
suelo y sollozando, con la boca manando sangre y protegiéndose con las manos el
rostro macilento... Entonces, vio como su hija mayor, lentamente, tomaba un
cuchillo de la mesa en la que estaban comiendo, cuando comenzó la pelea y le
decía, mirándolo fijamente, una frase que ella mas de cien veces había soñado
con pronunciar:
-Si vuelves a hacer daño a mamá, te
la cortó.
Nada se oyó, en mitad del comedor,
ni siquiera el susurro de una mosca.
Y de repente, su padre le embistió
con furia, intentando arrebatarle el cuchillo, y su otra hija, fue rápida a
ayudar a la primera, su madre se fue al lado de ellas y, la más pequeña, la
levantó como pudo del suelo, tirando fuerte hacia arriba.
Todas le miraban con asco y
desprecio, abrazadas y enteras, todas, le enfrentaron como una sola...
DIARIO Bahía de Cádiz
Y el hombre no se atrevió a levantar
la cara, ni la voz, cuando tantas veces lo había hecho, porque lo acallaba -no
el filo de un cuchillo- sino la determinación en los ojos de las presentes.
Se vio y se supo solo, se creyó
muerto, en su reino de miseria y basura, y ciertamente estaba muerto, lo estuvo
durante muchos años en los que fingió -desde aquel día- ser buen padre y buen
marido, en los que llevó a sus hijas hasta el altar y acunó a sus nietos entre
sus brazos, hasta que una enfermedad mortífera y asesina- como su misma furia-
acabó con él.
Hay quien dirá que su mujer le echa
de menos, que –al fin y al cabo- nunca le volvió a levantar la mano, desde aquel
día en que la muerte le volvió la cara y deseó besarle en la boca por entero,
pero sólo unos pocos sabrán que en el cementerio -aún- una viuda seca por la
vida, le maldice, cada minuto, en silencio, porque aún le duele su hija y los
bofetones y las palizas, sorbidas entre lagrimas de rabia, en amargo rencor,
duro y ciego, y aún le rechinan los dientes de aguantar y callarse, de ver
llorar a su hija con el “mamá cállate, que nos mata a las dos, ¿no ves que está
como loco?” y ni la muerte, ni la sepultura, le hacen olvidar tanto tormento.
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