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Dos Españas se separaron por las
ideas, por los conflictos, por la guerra, y setenta años atrás, aún no
conseguimos ponernos de acuerdo, ni en cómo desenterrar a nuestros muertos.
El maestro republicano y el
banderillero anarquista -que murieron con Lorca- saben bien lo que es
enfrentarse al paso del tiempo, solos, en una tumba compartida. El otro
banderillero anarquista, que los acompaña, conoce lo duro que es morir, sin
tener hijos que lloren por tu vida, porque sino fuera por Lorca, por su fama,
fuera incluso de nuestras fronteras, nadie se habría preocupado por su
existencia, siendo un anónimo cadáver más, vagando bajo una nueva carretera,
bajo un parque infantil o abonando -por siempre- campos y siegas.
La familia de Loca no quiere que
exhumen su cadáver, quieren mas bien que todo quede cómo fue, arrojado el cuerpo
como marioneta del destino, por el empujón final del verdugo , maraña del sino
que no tiene compasión de nadie, por muy famoso que sea.
Hay muchos que sabían lo que había
pasado, muchos, que decidieron callar, para evitar el llanto y las penas, porque
Granada sabe guardar bien un secreto, cuando le va la vida en ello.
Secretos de sangre, de envidias, de
muerte y de traiciones, que, tal vez, haya llegado el momento de saldar, de
desempolvar arena, de tumbas olvidadas y quietas.
Muerte de Lorca, que se vistió de
tragedia griega, se puso túnica y antifaz, y saltó del teatro clásico a la vida
real, a los odios ancestrales, de pueblo arraigado en costumbres y tradiciones,
que más vale no romper o la vida se pierde. Drama éste, tantas veces narrado por
Federico, donde el sino, es protagonista y la desgracia, acecha, burlando la
buena suerte de un billete de barco para las Américas, que podría haber sido
salvoconducto del poeta.
Pero la muerte se empeñó en buscarle
y lo encontró en la casa de la familia Rosales, llevándoselo Ramón Ruiz Alonso,
Juan Luís Trescastro Medina, Luís García Alix, Sánchez Rubio y Antonio Godoy, el
Jorobeta.
“Se avecina una tormenta y me marcho
a mi casa, estaré fuera de peligro allí” -había dicho a los amigos, creyéndose
libre y seguro en su tierra, en la casa familiar, con los padres, los hermanos y
los amigos. Sin embargo, estaba inquieto y sombrío, triste y meditabundo, porque
la muerte acechaba en la madrugada y presenció, meses antes de la guerra, como
una piara de puercos, se abalanzaban y despedazaban a un cordero.
Un cordero irán a buscar la jauría
de cerdos, sin atreverse a matarlo, cobardes, sino a escondidas y de espaldas,
de madrugada y en un camino que conduce a la nada, solo acompañado por la mala
suerte, los banderilleros Francisco Galadí y Joaquín Arcollas, y el maestro
Dióscono Galindo González.
Terrible es la muerte que asquea y
espanta, muerte, con la que pagaron sus verdades de la España austera y
agobiante, narradas en ‘La Casa de Bernarda Alba’, de la crueldad de la Guardia
Civil española, de, tantas y tantas verdades, que escocían los oídos y hacían
sangrar las conciencias.
Tiros de gracia, saldaron deudas
pasadas y rencores escondidos, no fue Granada un refugio, sino preludio y origen
de una tumba, porque gente mala y gentuza de pueblo antiguo y mentes viejas, se
congratularon de ello, caducas y yermas, conciencias, que nunca perdonaron su
libertad, su brillantez , su homosexualidad, y, sobre todo, su impresionante
talento, que no pudieron ni borrar, ni destruir, con su muerte… pero sí su
cuerpo y sus sueños, que quedaron dormidos en un tumba sin nombre, en esa fosa
que no es anónima, porque nació con nombre de poeta universal y sentido, que
espera, la luz del conocimiento, para desvelarnos, su sufrimiento, su
frustración y sus últimos secretos. DIARIO Bahía de Cádiz
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