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Y es que se ve en todos lados y nos
parece tan normal que hacemos la vista gorda o escondemos la cabeza, como el
avestruz, hasta que nos toca.
El otro día me tocó compartir
espacio vital con una chica que ponía una denuncia contra un maltratador,
hinchada por igual cara y vientre por las ansias del “presunto”.
Su hermana entró unos minutos con
ella a la sala de denuncias, supongo que para calmarla o hacerle alguna
indicación, y los hijos de ambas quedaron solos en el salón donde se espera. No
tardaron ni dos segundos, los más chicos, en hacer alguna trastada, algo por
otro lado de lo más normal, en críos de esa edad, que es casi imposible que se
estén quietos, pero que fueron contestados con una agresión en toda regla por el
primo algo mayor, dándoles sendas cachetadas que dejaron a los chiquillos
llorando a moco tendido.
Nadie de los que estábamos allí le
dijo nada, como si nada hubiera ocurrido porque a nadie nos escocieron sus
lágrimas, ni su lamento, ni su impotencia, y sólo un hombre de mediana edad le
dijo, muy lentamente:
- Eso no está bien… ¿Por qué le has
pegado?¿Sólo porque eres mayor que ellos?
El niño decía que no, que era porque
se portaban mal y era “su trabajo “, que lo era el cuidarlos, para que no les
pasase nada.
De repente llegó la hermana, la
madre del chiquillo agresor, y viendo lo que había sucedido, llevada por los
nervios, la vergüenza o por lo que fuera, le dio treinta y tres más una, al
agresor infantil, quedando ya definitivamente como agredido.
A todos los que estábamos allí se
nos quedó claro que en aquella familia se solucionaba todo de la misma manera,
pero a mi me dio por pensar en Ana Orantes y en su hijo, agresor, en cómo murió
ella y en cómo pego su hijo a su mujer, siendo preso por ello, para perpetuar la
barbarie y el odio.
Porque nunca he podido entender como
alguien puede dar de mamar de sus pechos sólo violencia y crueldad, y no
entiendo que cuando una mujer dice que su pareja le pega pero sigue con él por
sus hijos, por darles de comer, no vea que sus hijos -al mismo tiempo que el pan
o la leche- están comiéndose la violencia, los abusos, los malos tratos, con los
que la regala su agresor, de cada día.
Los mismo pasa con la educación, que
damos por hecho que son niñerías y tontadas, esas de pegarse y pelearse, esas de
insultar y hacerle la cuerda a uno, entre todos, o de pegarle hasta reventarlo
mentalmente, y si no se es de una raza diferente o marginado social o la cosa
llega a Marte, parece que no preocupa a nadie más que a los padres y por
supuesto al que se le pega, al que se le insulta y al que se degrada, para que
al final de curso el profesor te diga, “bueno son cosas de chiquillos, es que a
veces se pasan”.
¡Y tanto que se pesan y que los
dejamos que se pasen!, porque nos da miedo poner una denuncia, por lo que dirán
en el colegio, porque nos da miedo los padres del otro cafre que insulta y sus
acólitos, nos da miedo excluirnos socialmente y quedar como los malos en el
instituto, los problemáticos que siempre van con las denuncias por delante…
cuando lo más importante del mundo son nuestros hijos y su educación, que
debería ser también los mas grande para todo el mundo, educar en paz y en
comprensión, en respeto a todos, y en erradicar de una vez esa lacra que es la
violencia, no con palabras, sino con hechos, porque mas vale un castigo a
tiempo, cuando se ha merecido, que no una cárcel o un reformatorio, cuando ya se
han traspasado todos los limites por la edad.
“Carne de cañón”, dice un amigote
que es funcionario de prisiones, viendo a los que se escapan de los institutos y
los que agraden a compañeros y no respetan normas, “carne de cultura” es lo que
digo yo, que pienso… ¿qué harán sus padres para sofocar el incendio que se les
vienen encima?, quizás mirar para otra parte y sus pirar; ¿qué harán sus
profesores?, más que quejarse de que las ley no les dé más mano y de que no
pueden hacer otras cosa; ¿qué hago yo?.. más que desear que mis hijos pasen los
cursos rápidos y los engendros se queden repitiendo y se conviertan en la
pesadilla de otra madre o de otro profesor. DIARIO Bahía
de Cádiz
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