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Cuando Kafka muere de tuberculosis
en 1924 no puede llegar a imaginarse, ni el éxito que tendrían sus obras, ni lo
mucho que se buscarían, tras su muerte.
Jamás se lo habría imaginado, entre
otras cosas, porque él mismo, sabedor de su enfermedad y de lo que le vaticinaba
para el futuro, le pidió encarecidamente a su albacea Max Brod, amigo desde la
infancia, que las destruyera.
Pero, no sabemos si por amistad y buena fe, creyendo en la maravilla que
representaban los escritos de Kafka y lo ominoso que hubiera sido destruirlos,
sin permitirles ver la luz de la publicación y el calor con el que fueron
acogidos por el publico, o bien porque esa empresa, incipiente en un principio,
llegó a convertirse en un muy lucrativo negocio, Max Brod hizo oídos sordos a
las peticiones de su amigo y los guardó en una maleta, huyendo de Praga ante el
asalto de los nazis, preservándolos y trasladándolos a Israel, donde hoy día
duermen en un sótano, custodiados por montones de gatos.
No sabemos si es una paradoja del
destino o uno de esos giros “kafkianos”, pero al igual que el hombre que muere
desangrado por los picotazos del pájaro del que no quiere, o no sabe huir,
Esther Hoffe, secretaria de Brod y guardadora, a su muerte de todo lo atesorado
por éste, acumuló una gran cantidad de papeles, borradores y pertenencias
personales del escritor durante casi 40 años, frustrando a archivistas y
académicos que, con honorables intenciones, querían conseguirlos, para sus
bibliotecas o Museos.
Cuando Hoffe, murió el año pasado, a la considerable edad de 101 años, se abrió
la posibilidad de que los seguidores de su obra- finalmente- pudieran acceder a
la intimidad del autor, pero no fue así , porque las hijas de Esther, Ruth y
Hava Hoffe, de más de 70 años, cada una, se resisten a los pedidos de los
archivistas alemanes e israelíes, de entregar los restos de su legado, junto con
un cúmulo de papeles del amigo y albacea de Kafka, y también escritor, Max Brod.
Los israelíes apelan al honor nacional, alegando el judaísmo de kafka; los
alemanes, de los que heredó cultura y tradiciones, además de lengua escrita, en
la que está casi la plenitud de su obra, sacan la chequera, para pagar en
efectivo.
No son nuevos estos tejemanejes comerciales, ni para el archivo alemán, que ya
posee el manuscrito de “El proceso” de Kafka, ni tampoco para la fallecida
Esther Hoffe, que lo vendió en una subasta de Sotheby's, realizada en Londres en
1988, por USD1,98 millones, una nada despreciable cantidad, por guardar una
maleta llena de papeles viejos.
El Estado de Israel, por su parte, ha exhortado a las hermanas a entregar los
documentos -o por lo menos copia de los mismos- a la Biblioteca Nacional y
Universitaria Judía, de Jerusalén.
Curiosamente, cuando Brod murió, en
1968, dejó los documentos a Esther Hoffe, quien rechazó totalmente los pedidos
de los académicos que estudiaban a Kafka y se aventuró -de tiempo en tiempo- a
vender algunos textos y ya en la década de 1980 fue arrestada en el aeropuerto
Internacional Ben Gurion, bajo sospecha de que sacaba del país documentación
importante, de contrabando.
Solo las hijas de Esther saben qué documentos siguen en poder de ellas, o
incluso si son legibles, tras haber sido confinados a un departamento húmedo y
oscuro.
El departamento de planta baja de
Hoffe solo alberga a los gatos en estos días. La hija de Esther, Hava, es quien
va diariamente a alimentar a los felinos, cuyos maullidos llenan el corredor.
Ella nunca da entrevistas y evita a la prensa.
Ella es la única que tiene la llave
de la memoria de Kafka, quien posee la información que tanto ansían archiveros y
conservadores, que creen encontrar en esos papeles la misma alma controvertida y
enigmática del artista que supo ver mas allá de la presión familiar, del
desapego, de la critica y las envidias, aquel que lucho contra si mismo, más que
contra sus propios miedos, que nos dejó tantos y tan inquietantes relatos que se
nos meten debajo de la piel y escarnecen nuestros sentidos.
DIARIO Bahía de Cádiz
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