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Juró que nunca volvería a amar a
nadie más, porque era demasiado dolorosa la experiencia como para volverla a
repetir, pero el amor, no el rosa y dulzón, sino el verdadero, decidió asomarse
a su puerta.
Cuanto pudo lo esquivó, le cerró
entradas y balcones, y lo mandó a paseo, pero nada funcionó, porque se había
instalado en su piel y no tenía visos de marcharse.
Y así se acostumbró a sus besos, a
los paseos de la mano, a mirar a las estrellas juntos y a escuchar el latido del
mar, cuando agoniza, con la entrada del día.
En las pocas veces que se separaban,
extrañaba su olor, buscándolo en mil rincones, de su propio cuerpo, su aliento,
con sabor a salitre y a menta y sus ojos, tan profundamente negros…
Y así, un día, como sin quererlo, se
vio, pensando en él, retratada en el cristal de un escaparate y no se reconoció,
porque no se veía a si misma en aquella joven de aspecto aniñado y, tan feliz,
que parecía una princesa salida de un cuento de hadas.
Pero la bruja malvada o la
fatalidad, o simplemente la vida, vino a jorobarles el juego de cielo que entre
dos se habían montado y dejó preso a él de un encantamiento del que no lo
curarían besos mágicos, ni pociones divinas, sino solo el avance rápido y
urgente de la medicina o un milagro, de esos de antes, de que dejáramos de creer
en todo.
Y ella reniega de su mala suerte,
del hado de miseria que socava su vida, y se resiste, y llora y pelea, consigo
misma, con su corazón, para intentar lo imposible…que el amor no duela.
Y ya no ve su sonrisa reflejada en
los cristales de las tiendas de moda y ya no siente más que rugir al mar, entre
los pliegues de sus sabanas, porque amarguea el pensar en perder aquello que
tanto se ama.
Pero el día que le ve, se borra la
escarcha de sus ojos, cicatrizan de golpe las heridas y corre el corazón al
vuelo, olvidándose de todo y a todos ,enfermedad y médicos, terapeutas,
enfermeras, hospitales y agonía de no vivir, por no querer vivir sin él, la
vida.
Y ahora que ha pasado el tiempo y la
enfermedad rastrera y torticera, sigue su curso inalterable, aún confía, no ya
en que el amor no duela, de tanto querer, sino de que de tanto como duele, sane
lo que nunca debió estar enfermo.
Y coge los días a cuestas y sube los
caminos corriendo, en tacones de fina punta, porque siempre está pensando en
él, y él, que se muere, le da vida. Porque no piensa en él, como si fuera un
enfermo, ni deja que crezca el contagio de la tristeza que rompe corazones
matando los sueños y enturbiando los recuerdos…¡¡¡¡No y mil veces no!!!!-se
dice, en silencio-porque ella sabe lo que quiere y lo que quiere es sentirse
viva a su lado, aspirar su vida y vivirla con él, por entero. No dejar que el
tiempo se lleve lo que es suyo y solo suyo, no permitir que la enfermedad empañe
y ciegue, lo que nunca debió, no ya empañar ni cegar, sino ni siquiera mirar,
con sus ojos vacíos.
Porque éste es un juego solo de
ellos, un amor compartido, sin nada más que la pasión y la entrega, sin nada más
que lucha, por llegar a ver un nuevo día, en la esperanza de que habrá otro
detrás y otro detrás de ese.
Así se recoge como una concha herida
y piensa en qué es más la vida que esperar que todo siga bien, que el mundo siga
girando, porque nos creemos infalibles y eternos y no somos más que marionetas
del destino…
Pero aún así, sabiéndolo y
aceptándolo, vive cada minuto, exorcizando el desánimo y combatiendo la
desesperación, viéndolo desfallecer, poco a poco, como el príncipe del cuento,
aquel al que una malvada bruja echó un maleficio mortal, pero que la princesa
pudo romper con mucho amor, de ese, del que de tanto querer, duele.
DIARIO Bahía de Cádiz
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