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 EL SECRETO DE COPÉRNICO

Brujos y dictadores

 ANA ISABEL ESPINOSA

 (Abogada, escritora y columnista  - http://anaisabelespinosa.blogcindario.com -) opinionanaespinosa@hotmail.com

 

ANA ISABEL ESPINOSA

Dicen que Franco tenía en sus filas una monja vidente y ubícua, que le seguía a todas partes y que le aconsejaba desde antes de la rebelión militar.

 

Al parecer era catalana y gustaba, como muchos otros santos y milagreros, de ir a varios lugares, al mismo tiempo. Pero con ser esta “cualidad”, algo muy destacado en cualquier mortal, no era lo mejor de ella, sino la visión del futuro que le confería poderes especiales, por los que Franco, muy metido en ese trajín del ocultismo y el otro lado, estaba dispuesto a apostar.

 

Franco, el “salvador de la patria” y católico ferviente, parece, por lo que dicen los historiadores, que gustaba más, de una visión y una reliquia, que Aramis Fuster o a Rappel, sino acuérdense ustedes del brazo incorrupto de Santa Teresa y la privilegiada posición, al lado de su cama.

 

Pero con todo, no es cosa nueva ésta de que los políticos se dejen aconsejar en sus decisiones de Estado por brujos y adivinos, por gente que dicen tener, en sus manos o en sus mentes, el poder de ver mas allá, de saber lo que va a pasar, antes de que ocurra, porque ya en nuestra misma España, sin ir mas lejos, que unos cientos de años atrás, se dieron múltiples casos de gente que decía poseer éste o aquel otro poder de conocimiento extraordinario, que codiciado o temido, daba con sus huesos en cárceles de la inquisición y en tormentos y torturas. Entre todos ellos, había muchos desgraciados de la vida, otros idos, dementes, desesperados y los más buscavidas, pero también hubo una monja que me viene ahora al recuerdo, pues igual que esta catalana, abrió su corazón y su convento a las veleidosas alas de la política y los gobernantes, eligiendo aquella la corte del Rey de Reyes, Carlos I, con la que entró en contacto, dada su gran fama de milagros y santerías, que protagonizó, para gozo de sus hermanas, que veían progresar las arcas del convento y del Prioral y el Provincial, que ansiaban fama y fortuna, igualmente.

 

Y tanto fue su acierto que llegó a aconsejar al mismo Rey a y a los Grandes de España, que estaban tan contentos con sus predicciones, que no dudaban, incluso, en guardar su correspondencia, como la reliquia, que ellos la consideraban.

 

Muchos prodigios hizo esta monja, el mayor de todos el recabar la envidia de sus propias compañeras de celda y oraciones, que la delataron al Santo Oficio, que tomó, prestamente, como era su natural, parte en el asunto, escuchando testimonios que juraban haber visto a la vidente hablando en sus aposentos con un joven hermoso y moreno, que la asesoraba sobre aquello que tenía que decir, pues juraban las novicias y  demás monjas del convento que se veía con cabrones y serafines y que cuando ya estaba encarcelada, se la vio rezar en la capilla del convento, pensándose en una fuga, pero encontrándola en los dos sitios, al mismo tiempo.

 

Mala suerte y malos tiempos, para la monja cordobesa que fue penada por lo que la monja catalana fue considerada milagrosa y divina, mala vida aquella que te recluye en un convento por ser mujer y pobre y querer tu familia preservar su honra a costa de tu libertad, malas envidias las que corroen el alma y no saben ver el empuje, la energía de alguien que tiene que plegarse a la voluntad de los demás y de dios, para hacer algo, que, por si misma, es imposible, por haber nacido mujer en unos años en que éstas no podían pensar ni acertar, no ya en política, sino en nada que tuviera mérito.

 

Monja catalana que muere pobre, pero en su convento, quizás olvidada por el dictador que sacó de ella todo su jugo; monja cordobesa, humillada, vencida, y condenada a servir a monjas amargadas, con el cuello a golpe de soga y tormento; dictador que teme a la puerta y a la llamada, al futuro y al destino, que se quedó prendido en los ojos de la monja, que le vio morir solo y atado a una cama, perpetuado en su ignorancia e ignominia, por los mismos que lo ordeñaban y vivían a  su costa. DIARIO Bahía de Cádiz


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