|
No hay más Reina que ella en su
territorio, porque es tanta su ferocidad y su rapidez, al matar, que todos la
temen, e incluso el macho tras aparearse con ella, repta rápido fuera de su
alcance, porque sino corre el riesgo de convertirse en el primer bocado
placentario de su embrionaria prole.
No tiene compasión, ni miedo, ni
sentimientos de culpa, porque es una máquina carnal perfecta, capaz de hacer
cualquier cosa para sobrevivir. Y sin embargo, llegado el momento de alumbrar a
su prole, busca un lugar tranquilo y alejado de su territorio de caza, se aparta
conscientemente, y teje un nido de hojas secas, pareciendo que encarna la danza
del vientre sobre el suelo arenoso, no quedándose quieta hasta que consigue
colocar todas las hojas en el lugar que le corresponde a cada una, para que el
nido esté seco y caliente, pero no demasiado, sóllo lo suficiente para perpetuar
la vida de los que parirá al instante.
Los huevecillos, relucientes y
ovalados, van naciendo de su cuerpo estrecho y alargado con la misma facilidad
que lo hace todo la naturaleza, siendo inmediatamente colocados con el amor de
un cuerpo que no tiene brazos, ni dedos, pero sí sabiduría eterna alojada en sus
escamas.
La Reina cobra permanecerá con ellos
hasta su eclosión, calentándolos con su propio cuerpo en las noches frías,
vigilante y despierta para que los depredadores no hagan presa de ellos. En los
días de mayor calor, se postrará como barrera, parasol reptil que no entiende de
maternidades, pero sí de subsistencia, de preservación de su propia especie.
Y así seguirá allí, sin moverse, ni
comer, famélica y desnutrida, con un hambre voraz devorándole pensamientos y
sueños, cada vez más irritada y nerviosa, cada vez más deseosa de probar bocado
de lo que sea, incluso de las propias cobras que están a punto de nacer bajo la
hojarasca, de su vientre agonizante y perdido.
Por eso, sabiendo que su naturaleza
la guía y que no será capaz de controlarla por mucho que quisiera, la Reina
cobra, justo en el momento anterior a la eclosión de los huevos, marcha de nuevo
a su territorio de caza, con el cuerpo desplegado y la mirada puesta al frente,
y sólo una sola vez, alzará su largo cuello y volteará la figura, como la mujer
de Lot, demasiado ansiosa por saber si todo ha salido como le dijeron.
Después, marchará de nuevo, a su
destino, sabiendo que hizo lo mejor, que las pequeñas cobras sobrevivirán,
porque ella ha hecho bien su trabajo.
Hay madres, como la Reina cobra, que
saben que su momento ha llegado cuando su hijo ha abierto los ojos y ha visto la
luz, cuando ya toma biberones que le puede dar cualquiera y cuando el cuerpo de
los dos ya no es esa masa humana, donde no hay una separación estricta entre
carne y corazón, entre sentidos y deseos.
Por eso algunas madres, cogen un día
a su hijo y lo llevan a una iglesia, sabiendo que empieza en minutos la misa,
que no hace frío, ni demasiado calor, y esperan agazapadas en cualquier parte a
que un vagabundo o un parroquiano o un cura de oronda figura, se dirija al
confesionario aquel, donde el niño llora con pulmones de acero, porque quiere
los biberones que su madre ha dejado en la bolsa de al lado, la que está
cuidadosamente limpia y llena de pañales.
Luego llegara el Samur y las
ambulancias, la policía local y nacional y la prensa, pero la Reina cobra ya se
habrá ido, porque ha cumplido con su ciclo humano de dar vida y regalar futuro,
porque ese niño estará bien, cuidado y atendido por unos padres que lo esperan
desde hace cientos de años, que han peleado con asistentes sociales, con
administraciones y con quien sea con tal de tenerlo entre sus brazos…
DIARIO Bahía de Cádiz
Eso
lo sabe bien la Reina cobra, igual que sabe, mientras sorbe lágrimas de sal, que
tendrá todo lo que quiera, estudios, comida ,trabajo, casa y dinero, porque su
madre le ha dado lo más grande que le podía dar…la posibilidad de soñar con un
futuro prometedor y codiciado.
ARTÍCULOS ANTERIORES
|