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 EL SECRETO DE COPÉRNICO

La Reina cobra

 ANA ISABEL ESPINOSA

 (Abogada, escritora y columnista  - http://anaisabelespinosa.blogcindario.com -) opinionanaespinosa@hotmail.com

 

ANA ISABEL ESPINOSA

No hay más Reina que ella en su territorio, porque es tanta su ferocidad y su rapidez, al matar, que todos la temen, e incluso el macho tras aparearse con ella, repta rápido fuera de su alcance, porque sino corre el riesgo de convertirse en el primer bocado placentario de su embrionaria prole.

 

No tiene compasión, ni miedo, ni sentimientos de culpa, porque es una máquina carnal perfecta, capaz de hacer cualquier cosa para sobrevivir. Y sin embargo, llegado el momento de alumbrar a su prole, busca un lugar tranquilo y alejado de su territorio de caza, se aparta conscientemente, y teje un nido de hojas secas, pareciendo que encarna la danza del vientre sobre el suelo arenoso, no quedándose quieta hasta que consigue colocar todas las hojas en el lugar que le corresponde a cada una, para que el nido esté seco y caliente, pero no demasiado, sóllo lo suficiente para perpetuar la vida de los que parirá al instante.

 

Los huevecillos, relucientes y ovalados, van naciendo de su cuerpo estrecho y alargado con la misma facilidad que lo hace todo la naturaleza, siendo inmediatamente colocados con el amor de un cuerpo que no tiene brazos, ni dedos, pero sí sabiduría eterna alojada en sus escamas.

 

La Reina cobra permanecerá con ellos hasta su eclosión, calentándolos con su propio cuerpo en las noches frías, vigilante y despierta para que los depredadores no hagan presa de ellos. En los días de mayor calor, se postrará como barrera, parasol reptil que no entiende de maternidades, pero sí de subsistencia, de preservación de su propia especie.

 

Y así seguirá allí, sin moverse, ni comer, famélica y desnutrida, con un hambre voraz devorándole pensamientos y sueños, cada vez más irritada y nerviosa, cada vez más deseosa de probar bocado de lo que sea, incluso de las propias cobras que están a punto de nacer bajo la hojarasca, de su vientre agonizante y perdido.

 

Por eso, sabiendo que su naturaleza la guía y que no será capaz de controlarla por mucho que quisiera, la Reina cobra, justo en el momento anterior a la eclosión de los huevos, marcha de nuevo a su territorio de caza, con el cuerpo desplegado y la mirada puesta al frente, y sólo una sola vez, alzará su largo cuello y volteará la figura, como la mujer de Lot, demasiado ansiosa por saber si todo ha salido como le dijeron.

 

Después, marchará de nuevo, a su destino, sabiendo que hizo lo mejor, que las pequeñas cobras sobrevivirán, porque ella ha hecho bien su trabajo.

 

Hay madres, como la Reina cobra, que saben que su momento ha llegado cuando su hijo ha abierto los ojos y ha visto la luz, cuando ya toma biberones que le puede dar cualquiera y cuando el cuerpo de los dos ya no es esa masa humana, donde no hay una separación estricta entre carne y corazón, entre sentidos y deseos.

 

Por eso algunas madres, cogen un día a su hijo y lo llevan a una iglesia, sabiendo que empieza en minutos la misa, que no hace frío, ni demasiado calor, y esperan agazapadas en cualquier parte a que un vagabundo o un parroquiano o un cura de oronda figura, se dirija al confesionario aquel, donde el niño llora con pulmones de acero, porque quiere los biberones que su  madre ha dejado en la bolsa de al lado, la que está cuidadosamente limpia y llena de pañales.

 

Luego llegara el Samur y las ambulancias, la policía local y nacional y la prensa, pero la Reina cobra ya se habrá ido, porque ha cumplido con su ciclo humano de dar vida y regalar futuro, porque ese niño estará bien, cuidado y atendido por unos padres que lo esperan desde hace cientos de años, que han peleado con asistentes sociales, con administraciones y con quien sea con tal de tenerlo entre sus brazos… DIARIO Bahía de Cádiz

 

Eso lo sabe bien la Reina cobra, igual que sabe, mientras sorbe lágrimas de sal, que tendrá todo lo que quiera, estudios, comida ,trabajo, casa y dinero, porque su madre le ha dado lo más grande que le podía dar…la posibilidad de soñar con un futuro prometedor y codiciado.


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